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¿DÓNDE ESTÁN LOS 43 ESTUDIANTES DE AYOTZINAPA?

A 7 años de la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas en el sur de México

La noche del 26 de septiembre de 2014, un grupo de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, se hicieron pacíficamente de buses del transporte público con la intención de trasladarse desde Iguala hacia Ciudad de México, para participar en la protesta del 2 de octubre en conmemoración a los 45 años de la masacre de Tlatelolco, otra matanza cometida contra estudiantes.

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Durante la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre, los buses fueron interceptados por la policía municipal de Iguala, quienes arremetieron contra los estudiantes, dando muerte a 7, uno de ellos, con evidentes signos de tortura.

El resto de los estudiantes, futuros profesores de las escuelas públicas rurales, fueron detenidos y desaparecidos por la policía.

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Recientemente se logró identificar a un nuevo estudiante, llevando hasta la fecha solo 3 de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos.

Sus nombres:
Christian Alfonso Rodríguez Telumbre
Alexander Mora Venancio
Jhosivani Guerrero de la Cruz

FUENTES.

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-14352018000200013

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-14352018000200013

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A 45 AÑOS DEL ASESINATO A ORLANDO LETELIER

Este 21 de septiembre se cumplen 45 años del asesinato a Orlando Letelier, quien fuera canciller y ministro de Relaciones exteriores, Interior y Defensa durante el gobierno de Salvador Allende.

Orlando Letelier, militante socialista, en 1971 fue nombrado embajador de Chile en Estados Unidos, tocándole la delicada misión de representar las decisiones del gobierno de la Unidad Popular, en cuanto a las transformaciones económicas, políticas y sociales de gran envergadura, como la nacionalización del cobre. 

En 1973, fue designado por Salvador Allende como ministro, sucesivamente, en las carteras de Relaciones Exteriores, Interior y Defensa Nacional. 

Una vez iniciado el golpe de Estado igual que otros funcionarios de Gobierno de la Unidad Popular, Letelier fue torturado y detenido. 

Su primer lugar de presidio fue el campo de prisioneros de Isla Dawson, al año siguiente fue trasladado a Santiago y recluido junto a 8 prisioneros más en la Academia de Guerra Aérea. Finalmente, todo el grupo de prisioneros de Isla Dawson fue enviado a Ritoque, balneario popular construido por Salvador Allende, transformado por la dictadura en campo de concentración.

Tiempo después, fue finalmente liberado y enviado al exilio en Venezuela.

Meses más tarde, junto a su familia, viaja a Estados Unidos para integrarse al Instituto de Estudios Políticos (Washington), desde donde denunció las violaciones a los Derechos Humanos que se cometían en Chile y  criticó el modelo y las transformaciones económicas que comenzó a implementar la dictadura.

25 días antes de su asesinato, publicaba un ensayo titulado “Los Chicago Boys en Chile. ‘Libertad económica y represión política’: dos caras de un mismo modelo”.

Allí, en Washington, Orlando Letelier encontró la muerte tras un atentado: una bomba puesta en su automóvil terminó con la vida de él y su compañera de trabajo, Ronni Moffit.

El ataque fue perpetrado por la DINA el 21 de septiembre de 1976.

FUENTES.

https://web.museodelamemoria.cl/informate/en-memoria-de-orlando-letelier-del-solar-1932-1976/

https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2016/09/23/ee-uu-entrega-documentos-desclasificados-sobre-muerte-de-letelier/

https://www.ciperchile.cl/2016/09/12/orlando-letelier-el-que-lo-advirtio/

https://www.ciperchile.cl/2016/09/23/documento-de-la-cia-revela-como-pinochet-manipulo-a-la-corte-suprema-en-el-caso-letelier/

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“Mátame de frente porque quiero verte para darte el perdón”

Padre Joan Alsina, 19 de septiembre de 1973.

Joan Alsina, sacerdote Catalán de 31 años de edad, fue fusilado por una patrulla del Ejército en el Puente Bulnes, Santiago. Su cuerpo tras la ejecución cayó al río Mapocho y fue encontrado una semana después en el Servicio Médico Legal. 

El Padre Joan Alsina llegó a Chile en enero del 68 como misionero poco después de su ordenación sacerdotal en Gerona, su región de origen en España.

Provisoriamente su destino fue San Bernardo, en una sede dónde vivían otros 13 sacerdotes catalanes. Luego, ya en la década de los 70, migra hacia la comuna de San Antonio para compartir el trabajo parroquial con el de empleado en el Hospital del Puerto, atendiendo pastoralmente a los enfermos y con la marcha interna del establecimiento.

Su opción por los pobres, como cura obrero, es la que lo trajo a Santiago, cuando el Vicario de la Zona Rural Costa lo pone en la disyuntiva de dejar el trabajo en el hospital o el sacerdocio. 

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Una vez en Santiago, continúa trabajando en un hospital público, esta vez, en el San Juan de Dios. 

Con domicilio en la población José María Caro, vive junto al Padre Alfonso Baeza, defensor de los Derechos Humanos y de la causa obrera. 

Viviendo y trabajando en la población, asume como Asesor del Movimiento Obrero de Acción Católica (MOAC) y de la Juventud Obrera Católica (JOC), además de colaborar con Parroquias vecinas que no contaban con curas, como escribió a sus antiguos compañeros de San Antonio en una carta enviada para ellos.

El golpe de Estado lo sorprende siendo Jefe de Personal del Hospital San Juan de Dios. 

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Los días 15, 17 y 19 de septiembre de 1973, tempranamente iniciada la dictadura, se desarrollaron tres operativos militares al interior del hospital con el fin de detener a un total de ocho funcionarios del recinto, entre ellos el cura Joan Alsina. 

Los detenidos fueron llevados hasta el Internado Nacional Barros Arana, desde donde se dirigieron al Puente Bulnes, donde fueron ejecutados y lanzados al río Mapocho. Algunos de ellos, como Joan, fueron encontrados en el Servicio Médico Legal, otros fueron identificados tras las exhumaciones en el Patio 29 sin embargo, uno de ellos permanece desaparecido hasta el día de hoy. 

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Sus nombres:

Pablo Ramón Aranda Schmied

Raúl Francisco González Moran 

José Lucio Bagus Valenzuela 

Joan Alsina Hurtos 

Manuel Jesús Ibáñez García 

Jorge Rolando Cáceres Gatica 

Manuel Briceño Briceño  

Juan Elias Cortes Alruiz  

FUENTES.

Sureda, M. J. (2001). Martirologio de la Iglesia Chilena: Juan Alsina y sacerdotes víctimas del terrorismo de Estado. Lom Ediciones.

https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/judicial/asesino-de-sacerdote-joan-alsina-debera-pasar-cinco-anos-en-la-carcel/2005-10-18/102159.html

https://web.museodelamemoria.cl/wp-content/files_mf/1545402918Yungay.pdf

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Canto que ha sido valiente, siempre será canción nueva.

16 DE SEPTIEMBRE.

A 48 años de su asesinato, Victor Lidio Jara Martínez, presente.

Victor Jara, de origen humilde y campesino, fue actor y director de teatro, folclorista y cantor popular, detenido, torturado y asesinado por la dictadura cívico militar en 1973.

Fue detenido junto a profesores y estudiantes en la Universidad Técnica del Estado, luego trasladado al ex Estadio Chile, hoy estadio Victor Jara.

Allí, torturado durante horas, permaneció detenido durante cuatro días. Estando preso compuso su último poema, una denuncia de la tortura y del presidio vividos en el ex Estado Chile, “Somos cinco mil”.

Victor encontró la muerte un día como hoy, 16 de septiembre del año 1973.

44 balas terminaron con su vida, pero no con su canto. 

El canto tiene sentido cuando palpita en las venas del que morirá cantando, las verdades verdaderas

Fuentes.

 1. Fotografía recuperada en 

https://www.rockaxis.com/chile/clasico/28450/el-derecho-de-vivir-en-paz-victor-jara/

2.

https://www.elmostrador.cl/agenda-pais/vida-en-linea/2016/09/16/video-vida-un-dia-como-hoy-pero-en-1973-se-extinguia-la-voz-y-musica-del-cantautor-nacional-victor-jara

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Desenterrar la historia: recuperar a los desaparecidos en dictadura

Las conmemoraciones y las performances de resistencia en septiembre de cada año refrescan la memoria, transmiten los crímenes ocurridos en Chile a partir de un martes 11 de septiembre de 1973. Se recuerdan las privaciones arbitrarias de libertad, las ejecuciones masivas, los centros de tortura, las fosas clandestinas, los cuarteles, los lugares de exterminio de la vida, las inhumaciones ilegales, la persecución, los crímenes y asesinatos de todas y todos aquellos que no pudieron regresar a sus hogares y con sus familias.

A lo largo y ancho del territorio nacional son muchas las historias y, asimismo, las preguntas al respecto. Las verdades aún no son lo suficientemente claras, no hay justicia generalizada, no habría reparación posible, ni menos perdón ni olvido; las muertes no son transables. Fueron personas sometidas por las fuerzas represivas, atravesando la detención, el desplazamiento, la tortura, la muerte y el abandono a través del ocultamiento de los cuerpos.

Tomando en cuenta el universo de los casos que han sido denunciados, se estima que más de 35.000 personas fueron víctimas de la violencia política, la violencia política sexual y la constante violación de sus derechos humanos fundamentales. De estas, 2.095 fueron ejecutados y no se ha podido establecer la ubicación de alrededor de 1.102 detenidos desaparecidos. Es decir, más de mil casos y familias que en estos años han demandado y requerido la realización de procesos de búsquedas y la recuperación de los cuerpos.

La especificidad de este ambiente fue conformando experiencias traumáticas en las que la muerte impactó de manera brutal, ya que la condición de los desaparecidos –la ausencia de los cuerpos– conlleva a una falta sistemática de esclarecimientos y de verdades, puesto que, muertos bajo el contexto de asesinatos con motivos políticos, además de la paralización y desaparición de sus aparatos biológicos, se pretendió el desplazamiento y la eliminación total de sus identidades socioculturales. Esto rápidamente trajo consigo repercusiones y movilizaciones por parte de los familiares y parte de la población, en primer lugar, para saber las verdades sobre los hechos ocurridos, con los fines de recuperar los cuerpos de las detenidas y los detenidos desaparecidos. Para resolver las situaciones en que sus vidas fueron arrebatadas –las formas en cómo murieron–, para realizar una despedida y, de alguna manera, realizar los rituales mortuorios correspondientes. En conjunto de buscar vías para hacer justicia, para tener pruebas que faciliten la realización de procesos judiciales y la apelación de sentencias para los responsables directos e indirectos.

En este sentido, dentro del tratamiento político de muertes bajo aquel contexto de persecución y exterminio, quienes han cumplido un rol “vital” en el acompañamiento, colaboración y la reestructuración de las verdades y los procesos de búsqueda y la recuperación de sus cuerpos (o restos de ellos), son las y los profesionales forenses, que desentierran las omisiones y los intentos del olvido, por medio de lo que algunos han llamado la arqueología del terror.

En este marco, la desaparición forzada de personas constituye un hecho dramático, siniestro y devastador para aquellos en los que la violencia política y estatal se vio reflejada en múltiples planos sociales y personales. Los detenidos desaparecidos, los ejecutados políticos, los fusilados, exiliados, sus familiares y las personas que vivieron aquel fragmento histórico de dilemas institucionales, de masacres y de constantes violaciones a los derechos humanos, constituyen hechos marchitos en el que muchas personas se vieron obligadas y destinadas a vivir en la incertidumbre, el terror y el miedo.

A partir de ello, con el paso del tiempo, la labor y servicios forenses se han articulado con los familiares, a través de relaciones intersubjetivas brindando un soporte que posibilite devolverles a los restos humanos un nombre y reconstituirlos dentro del mundo social con el objetivo de darle fin –dentro de lo posible– a la incertidumbre de los y las familiares a través de soportes emocionales y vínculos afectivos. Con ello se materializan las identidades de los nombres sin cuerpos –desaparecidos– y se proporciona el derecho a su historia y su lugar en este país y en el mundo, con el derecho a su inhumación con el acompañamiento de sus seres queridos y la realización de las ceremonias mortuorias que cada familia estime conveniente.

Es importante recalcar que una de las cosas importantes para el desarrollo y continuidad de los procesos de búsqueda es la necesidad de ruptura de los pactos de silencio. Si bien se han realizado procesos de judicialización y criminalización, son variados y conocidos los casos de impunidad total o parcial. Aquellos victimarios, quienes cometieron los secuestros permanentes y responsables de crímenes atroces en el contexto de la dictadura, se encuentran en libertad, con arrestos domiciliarios o privados de libertad en “cárceles” de élite independientes como el Centro de Detención Preventiva y Cumplimiento Penitenciario Especial Punta Peuco, con privilegios que siguen dando cuenta de las desigualdades del país, en comparación con los demás centros penitenciarios.

Aún en la actualidad, a 48 años del comienzo de la dictadura, no se ha podido dar con el paradero de todas y todos los desaparecidos, por lo que la necesidad de hacer las investigaciones correspondientes sigue siendo más que imprescindible, en conjunto de su financiamiento, como la adquisición de las mejores herramientas y tecnologías para poder realizar las pericias. Las manifestaciones y los actos públicos cada año presionan por la necesidad de un conjunto de medidas y de políticas públicas reales y concretas que expresan las obligaciones del Estado frente a la desaparición forzada y posicionen los procesos de exhumación como un tema de alta importancia no sólo para los familiares, sino que también para la población en general.

El acto del desentierro, las exhumaciones y su reconocimiento son el resultado de procesos históricos y sociales. Su importancia se construye dentro de profundos cambios en los que la resolución de las búsquedas adquiere una significación propia, siendo entre otras cosas una sanación colectiva que se gesta a través de los vínculos que se han construido con los años, en los que se revaloran las diversas dimensiones afectivas y sentimentales del colectivo. Las y los detenidos desaparecidos, mientras tanto, permanecen como cuerpos anclados en una pena de esperanza, con duelos cerrados y suspendidos,  y se hacen presentes cada septiembre, en los recuerdos y sentimientos de sus familiares y del colectivo, invitando a pensar y sentir nuestra historia reciente, mirando atrás y pensando el futuro y la importancia de la búsqueda y recuperación de sus cuerpos para reconstruir y transformar aquellas acciones cometidas en manos de la institucionalidad que hasta hoy sigue violando los derechos humanos y causando la ruptura de importantes lazos.

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Nicolás Riquelme Pastenes, Estudiante de Antropología en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del proyecto Fondecyt «Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, encabezado por la docente Laura Panizo.

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Investigadora de la Escuela de Antropología UAHC vincula trabajo académico sobre la muerte con la poesía

Ritual de la muerte entre héroes y desaparecidos.

La antropóloga Laura Panizo, docente de la Escuela de Antropología UAHC, dialogó con el diario argentino Página 12 sobre su área de especialización relativo a la antropología de la muerte, los ritos fúnebres y sobre su obra poética, también vinculada a este trabajo de campo. Licenciada en Antropología Social y doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente, Panizo es investigadora del CONICET-IDAES y del proyecto Transfunerario (2020-2023) sobre rituales colectivos de re-inhumación en contextos postconflicto, de la ANR de Francia. Por la Academia, lleva a cabo el Proyecto Fondecyt “Cuerpos ausentes / cuerpos presentes: experiencias de familiares de detenidos – desaparecidos en Chile” y autora de los poemarios “Lo demás, rodea” y “Por donde entra la mirada”.

Desde su trabajo con el caso Argentino, se refiere a cómo hicieron los familiares de detenidos-desaparecidos para enfrentar la muerte en ausencia de cuerpo: “La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella: cuándo y cómo sucedió, y quiénes fueron los asesinos. Muchas veces, los familiares logran construir ciertas verdades acerca de lo sucedido, a partir de testimonios o procesos judiciales. Asimismo, se produce una apertura de la realidad y se encuentran caminos y formas de explicación posible. Los sueños y las apariciones, por ejemplo, dan mensajes y guían la acción de los familiares. La forma de tramitar los procesos de duelo dificultosos, en estos casos, depende mucho de cómo se ha tramitado la experiencia, y de los recursos a nivel social y familiar”.

-¿Qué características tienen esos procesos en el caso de los desaparecidos chilenos?

-Tratamos con procesos muy similares. Estamos hablando también de detenciones clandestinas, torturas, asesinatos y desapariciones en el marco de un terrorismo de Estado. Los familiares pasaron por los mismos procesos de búsqueda, primero de aparición con vida y luego de los cuerpos. Aparecen las mismas ambigüedades respecto a lo que implica la desaparición y también la obstaculización de las prácticas rituales. Lo que une a los familiares es esa búsqueda continua, ese dolor que guía e impulsa a la búsqueda de la verdad y la justicia. Ese reinventarse a través y por el amor. Asimismo, hay muchas diferencias en cuanto a las formas de denuncia y tramitación de la pérdida en el espacio público, que tienen que ver con la sociedad. Muchos símbolos dominantes se repiten, como el de cargar la foto de su familiar desaparecidos en el espacio público. Pero otros no.

Algo simbólico en Chile, que forma parte de sus prácticas rituales de memoria y denuncia, es el baile de la “Cueca sola”, donde la mujer baila “La cueca”, pero sola, expresando la ausencia de su compañero. Otra práctica que hace también a la identidad de muchos familiares es la realización de arpilleras. Con el bordado, las mujeres tramitan su pérdida, expresan sus emociones, cuentas sus historias y las llevan a la esfera pública. Pero también, como en todos los casos, muchos familiares no se integran en grupos de identidad ni encuentran espacios colectivos en los cuales estén acompañados y atendidos, y que brinden herramientas para expresar sus emociones colectivamente y tramitar las pérdidas.

Entre héroes y caídos

La pandemia del Covid-19 introdujo cambios en la forma de enfrentar la “mala muerte”, plantea la académica, quien cita su trabajo anterior con la antropóloga Valerie Robin Azevedo en torno a cómo las comunidades enfrentan las muertes extraordinarias, los duelos dificultosos u otros casos de muertes cercanas. “Los profesionales de salud, en este sentido, sumaron al objetivo de salvar vidas, las preocupaciones por el cuidado digno en los procesos del morir. Así, también los cientistas sociales y varios sectores de la sociedad comenzaron a poner en agenda el tema del derecho de la muerte digna y los cuidados paliativos, sumándose a las preocupaciones que hace años vienen teniendo muchos profesionales. En ese sentido, vale destacar el trabajo realizado por la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida del CONICET”, destaca.

-¿De qué modo tus experiencias en el trabajo de campo dialogan con tu producción poética?

-Desde que inicié la carrera, mi producción poética se vio influenciada por mi experiencia antropológica que es, por sobre todas las cosas, corporal. El trabajo de campo me enseña constantemente, me sorprende, me desestructura, me cuestiona. Se mete en mí cuerpo y de ahí no sale. Llevo en mi vida cotidiana mis angustias y la de los otros. Es inevitable. Y la poesía me permite expresar ese mar de emociones y experiencias de una forma que es imposible hacerlo en el escrito académico.

https://www.facebook.com/watch/?v=426321398699924

La poesía, como todo lo simbólico, condensa múltiples significados y emociones. Es sintética e inabarcable a la vez. Tal vez para mí sea catártica, como muchas veces lo es el ritual. Y también, como el ritual, transformadora e inacabada, ya que incluso en la poesía no dejo de preguntarme.

Panizo explica que “la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales habituales, como el velatorio, el entierro, la cremación y la despedida”, pero remarca que, al mismo tiempo, “esta obstaculización propone cambios, reconfiguraciones y nuevas prácticas para dar lugar a lo que queremos dar lugar, para denunciar, recordar, honrar y generar nuevos lazos”.

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Equipo Fondecyt de Antropología recopila testimonios y memorias de familiares de víctimas de la dictadura

El equipo del proyecto Fondecyt N°11190259 “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, Matías Rastelli y Paloma Vargas, adjudicado por la profesora de Antropología UAHC, Laura Panizo, publicó una sensible reflexión sobre la semiótica de la historia de detenidos/as desaparecidos/as y sus familiares. El texto, compartido por la Radio Universidad de Chile y que indaga en un asunto complejo e histórico que persiste en las democracias de Latinoamérica, conmemora también el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas determinado el 30 de agosto por la ONU a partir de 2010.  

Las imágenes de madres encadenadas, mujeres marchando en el frontis de La Moneda y una larga marcha cada 11 de septiembre nos interpela a un camino de retratos paralizados en el tiempo y diversas emociones en el cuerpo. El duelo suspendido de los familiares de detenidos desaparecidos por la Dictadura desató acciones invisibilizadas, tanto así que se generaron lazos que no se pueden romper porque la memoria se ha quedado “hasta la raíz”.

Este 30 de agosto se conmemora el Día Internacional del Detenido Desaparecido, fecha que desde el 2006 se celebra formalmente en nuestro país. Ya en la década de los años 80 la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM) instaló este día para unificar las demandas por verdad y justicia ante la desaparición forzada de 90.000 latinoamericanos (Corporación Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, 1997).

La represión de la Operación Cóndor dejó un saldo de cuatro millones de exiliados en el cono sur (Informe de DD.HH de Argentina, 1990), donde familias completas cambiaron sus vidas y nacionalidades para arrancar del terrorismo de Estado dirigido por Estados Unidos. Otras familias se quedaron, como las madres de Plaza de Mayo quienes hicieron del pañuelo un símbolo internacional de la lucha de las mujeres por los Derechos Humanos.

Mientras que en nuestro país, más de cuatro mil nombres se encuentran inscritos en el memorial del detenido desaparecido y ejecutado político del Cementerio General. En este sitio de memorias, la frase del poeta Raúl Zurita: “Todo mi amor está aquí y se ha quedado: pegado a las montañas, las rocas y el mar” inauguró el 26 de febrero de 1994 como un gesto simbólico de la “justicia a medida de lo posible”, consigna del gobierno de la transición del demócrata cristiano Patricio Aylwin.

Pese a que la deuda del Estado por las demandas de “justicia plena” de parte de las familiares ha sido truncada por el pacto de silencio de militares y civiles, la incansable lucha por la verdad y el reconocimiento ha sido transmitida a las siguientes generaciones. Las raíces, sostenidas por las agrupaciones y colectivos que comenzaron a entrelazarse y familiarizarse entre sí, generando una red que unificó a quienes se encontraban en búsqueda solitaria, la cual aportó en la contención emocional e incentivo económico hacia las miles de mujeres que se encontraban sin trabajo y sin un apoyo debido a la pérdida de sus seres queridos. Esto se tradujo en ventas de arpilleras, creación de comedores populares, ollas comunes y la conformación del grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

“No hay dolor inútil”, lleva por título un libro de experiencias de familiares de detenidos desaparecidos de la región del Bío- bío organizado por la AFDD de Concepción. El título expresa cómo la tristeza y la pena fueron un motor de cambio para las vidas de las esposas, madres, hijas y compañeras que perdieron a sus seres queridos durante la dictadura de Pinochet. Hablamos en femenino, porque la mayoría fueron mujeres quienes emprendieron la búsqueda en comisarías, regimientos, casas militantes y familiares. Algunas, incluso estando embarazadas, sin trabajo y sin apoyo, tomaron las fotografías de los desaparecidos y las clavaron en su pecho, marcando pasos, buscando pistas, viajando de un lado a otro a lo largo del país.

Una experiencia completamente estresante, frustrante y difícil para ellas. El cuidado de hijos y familiares, el trabajo y las reuniones se hicieron una rutina diaria que incluso postergó el dolor, la tristeza y la rabia en algunas. En otras ocasiones, también formaban parte de la rutina los golpes en la vía pública por un carabinero en el contexto de una marcha o inclusive, ser perseguida por agentes del Estado con seguimientos y allanamientos a cualquier hora del día.

Un testimonio hace visible la revictimización provocada por los agentes de Estado, la cual muchas veces terminaba en una tortura psicológica hacia las mujeres que se encontraban en la calle, exigiendo el cuerpo de sus familiares y justicia:

“La última detención que tuvimos fue traumática para mí porque nos subieron a un carro, nos anduvieron trayendo todo un día y nos daban vuelta. Al final nos perdimos del lugar de las calles dónde estábamos y en un momento los policías nos dijeron si teníamos hijos, nosotras dijimos que sí y nos pidieron que nos despidiéramos de nuestros hijos porque hasta ahí no más llegábamos”.

Quizás uno de los símbolos más relevantes y representativos para los familiares de los detenidos desaparecidos es portar una fotografía junto con el nombre del familiar, a veces también acompañados de un clavel rojo (o blanco según los casos). Con estas formas de visibilizar en la arena pública, desde la imagen, se vinculan los rostros con proyectos, sueños, trabajos, relaciones, y sobre todo, juventud. Una acción que invita a la reflexión y a ejercitar las memorias para dar continuidad a un período que fue truncado, marcando un antes y un después no solo en las familias y en nuestro país, si no en el mundo entero.

Este legado de lucha continúa y sigue presente, desde quiénes sobrellevaron el dolor creando agrupaciones, colectivos y diferentes expresiones artísticas. Como grupo de investigación acompañamos esta tristeza, frustración, dolor y rabia, y conmemoramos a quienes fueron torturados, ejecutados y desaparecidos por los agentes del Estado durante el periodo de la dictadura cívico-militar. Porque la raíz que se forjó en todos estos años de lucha por la verdad y justicia de los desaparecidos, hizo que las memorias de quienes sostuvieron la búsqueda sea inquebrantable y que esta se encuentre viva, construyendo lugares de memorias, construcción, transformación y participación de la historia invisibilizada. Con esta lucha, las raíces permitieron que el olvido nunca fuese una opción. Sin embargo, el negacionismo que hoy se expresa en el convencional UDI Jorge Arancibia, ex almirante de la Marina, es la impunidad que se arrastró durante los 30 años de “transición” a la democracia.

Hoy, acompañamos a quienes hacen visible nuestra historia y memoria, mediante la denuncia y acciones de cambio, en un contexto de estallidos sociales y conformación de una nueva constitución, donde es momento de pensar en las futuras generaciones, porque la esperanza es el sueño de los despiertos.

Artículo de Matías Rastelli y Paloma Vargas, integrantes del proyecto Fondecyt N° 11190259 “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”. Adjudicado por la Dra. en Antropología Social, Laura Marina Panizo, Investigadora del CONICET (UNSAM, Argentina). Docente de la carrera de Antropología UAHC.