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Sentir el patrimonio: entre una ley antidemocrática y el proceso constituyente

(*)El artículo fue realizado por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”,Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano. 

https://laneta.cl/sentir-el-patrimonio-entre-una-ley-antidemocratica-y-el-proceso-constituyente/

En este artículo escrito por estudiantes e investigadores del Proyecto “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”(*), de la escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano, se ahonda en la resignificación y descolonización del patrimonio, además de una lectura crítica a la ley de patrimonio cultural y un análisis a las memorias que se levantaron tras el “despertar” de la ciudadanía en octubre de 2019.

La fuerte aparición de candidatos independientes electos y el voto de castigo a los partidos tradicionales demostró la fuerza de los símbolos que se extendían en las calles durante las manifestaciones de la revuelta de octubre del 2019. Dentro de estos símbolos, la disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural (Boletín N° 12.712-24). 

Hoy, con nuevas caras a una Convención Constitucional, diversas interrogantes se instalan en la conformación de una nueva Carta Fundamental, una de ellas es el patrimonio y memoria. ¿Quiénes deciden sobre los recursos para conservar y exponer los elementos que nos identifican? o mejor dicho ¿Cómo es la forma más adecuada de iluminar, conservar y referir los diferentes espacios sentidos?

«La disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural».

El jueves pasado el proyecto de ley de Patrimonio Cultural fue aprobado por 7 votos contra 6 en la comisión de cultura de la cámara de diputados, un proyecto que se podría tildar de reaccionario a las memorias instaladas de la movilización de millones y pueblos originarios. Primero, porque cambia la composición del Consejo Nacional de Patrimonio donde la sociedad civil no es considerada como un actor fundamental y en su lugar se encuentran académicos y funcionarios del gobierno. Una postura completamente antidemocrática, que no busca la participación sino la resignación, sobre todo de la voz indígena, ausente desde la discusión de este proyecto de ley(1) y también en su aplicación, pues no tendrán representación en el futuro Consejo Nacional del Patrimonio Cultural. 

Otro aspecto a considerar es que el proyecto de ley pretende cambiar las categorías de protección, cambiando la definición de “sitio de memoria” al separarla de la categoría de Derechos Humanos desde la eliminación del informe y requerimiento previo emitido por la subsecretaría de Derechos Humanos. Si bien, a simple vista pareciera ampliar esta categoría desde su autonomía, lo cierto es que la coarta al no vincular el reconocimiento del Estado con los crímenes de lesa humanidad cometidos ayer y hoy.

Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad.

Es así como vemos, en este contexto actual, cómo se entrelaza la institucionalidad estatal promotora de un proceso democrático inédito, con aquella misma institucionalidad que corrompe la democracia que pregona y levanta barreras a la representatividad de la sociedad civil. Por un lado, vemos la irrupción de “lo popular” y su triunfo electoral, en relación a la gran cantidad de escaños logrados por candidatos independientes en la convención. Como también el importante precedente que significa la paridad de género, algo nunca antes ocurrido en ningún proceso constitucional del mundo, y la presencia asegurada de representantes de pueblos indígenas que buscarán instaurar la plurinacionalidad en Chile. Mientras que, por otro lado, somos testigos de cómo se busca apartar a la sociedad civil de su posición fundamental con la tramitación de la nueva ley de patrimonio cultural.

«Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad».

Según Prats (1997), el patrimonio es un artificio ideado por un colectivo en algún lugar y momento. Se trata de una representación simbólica de la identidad de una sociedad determinada cuya intención busca crear una realidad con sentido propio. Esta identidad se descontextualiza y recontextualiza según la legitimación social y así lo vimos venir masivamente en octubre del 2019.

Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los iconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad. La expresión política, artística y cultural de los manifestantes cuestionó la validez y transformó la retórica de los monumentos y del patrimonio material cultural, causando una intervención estética de espacios comunes, y la necesidad de legitimar un nuevo legado como objeto en la construcción de la memoria histórica.

«Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los íconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad».

Un ejemplo de ello fue la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Baquedano) como epicentro de las movilizaciones en la capital nacional, donde cada viernes se intentaba derribar o dañar la imagen de la estatua del general Manuel Baquedano, lo cual llevó a que el Consejo de Monumentos Nacionales ordenara el retiro de la estatua del epicentro de las manifestaciones. Como sostiene la académica y antropóloga Francisca Márquez, los derribamientos de monumentos, contra monumentos o monumentos insurrectos nos recuerdan también que los relatos de la nación se hacen también de dolorosa subalternidad. Se trata de la actualización una y otra vez de la Plaza, la cual desdibuja el sueño higienista y monumental que impone el colonialismo europeo, republicano y patriarcal a cambio de la transgresión y desmonumentalización de iconos de la historia oficial (Márquez, Colimil, Landeros, Martínez, 2020). Así, detrás del retiro de la estatua aparece por un lado un cambio político como señala Verdery (1999), la estatua del famoso al ser retirada cambia de su temporalidad y de la protección de la historia oficial. En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad. Un ejemplo de nuestro sentir colectivo y la aparición de un lugar de memorias es el colorido memorial de Mauricio Fredes en la esquina de Alameda con Irene Morales, el cual se ha instalado como un espacio de emociones y memorias de lucha en conmemoración al obrero de la construcción asesinado por la policía.

Por otro lado, a través de estas acciones, en donde se proyectan los proyectos políticos ideológicos de los grupos (ibid.) se ponen en escena diferentes formas de sentir, manifestar, purificar, y hacer catarsis. Douglas (1973) sostiene que la restricción está destinada a proteger lo profano, donde el acto de ensuciar y profanar consiste en la instalación del desorden, o, mejor dicho, en la instalación de un nuevo orden simbólico.

«En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad».

Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego. 

La quema de estaciones de metro, grandes cadenas de supermercados, comisarías, vehículos policiales, y los escombros convertidos en barricadas, no solamente traen consigo la evidente imagen de la destrucción, sino un sentido político de transformación y purificación de un espacio que causa rechazo, cuyo fuego es sinónimo de resignificación. Forma parte de una performance de resistencia milenaria y un elemento movilizador que se reproduce y expande en diversos escenarios. Así, cada vez que prende, se configura como un elemento central de alta integración simbólica que transmite y estimula emociones y reflexiones sobre la historia y entre otras cosas, sobre el dilema de las dimensiones representativas de la institucionalidad.  

Durante la revuelta, en las cercanías de Plaza de la Dignidad distintos espacios de entretención y memoria actuaron como un centro de asistencia y resistencia de símbolos. Estos espacios se convirtieron (o reconvirtieron) en nuevos lugares de memoria. Uno de ellos fue el Centro Cultural Gabriela Mistral, que en 1972 el gobierno de Allende inauguró como sede para la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (UNTAC) y que durante el Golpe fue ocupado como centro de operaciones del régimen, bautizándose bajo el nombre Edificio Diego Portales. Durante el gobierno de Michelle Bachelet el edificio se levantó como centro cultural después de un gran incendio, siendo un espacio de la juventud y también de punto de encuentros de marchas y manifestaciones. También, un espacio de memorias ha sido Londres 38, centro de detención y exterminio de la DINA, el cual tuvo un rol importante en la resignificación simbólica de las demandas de la rebelión con la consigna “toda la verdad, toda la justicia” ante los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el último gobierno de Sebastián Piñera. En el periodo de revuelta Londres 38 funcionó como un centro de asistencia médica para los manifestantes heridos y también como un espacio de activismo político y social, apropiándose de distintos tiempos en un solo lugar. Un palimpsesto de memorias.

El contenido político de estos lugares de memoria se ha diferenciado de los sitios de memoria que han sido instalados por el régimen o gobiernos de turno para legitimar un discurso hegemónico(2). Los lugares de memoria, al contrario, resignifican y hacen presente la ausencia desde el espacio público con el uso, desuso y abuso del contexto convulso (García, 2020).

«Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego».

Las resignificaciones y descolonización de nuestro patrimonio y nuestras memorias se han levantado con el “despertar” de millones desde octubre de 2019, junto con ello las historias se tejen en arpilleras de barrios y poblaciones contra la represión policial como en la comuna de Peñalolén, bailan la cueca sola cada 11 de septiembre con pañuelos verdes en algún sitio donde queramos recordar a quienes quisieron ausentar o también viaja al corazón del Wallmapu en un movimiento subterráneo de tomas de tierras ancestrales. Es decir, las historias entran en escena a través de las emociones y se expresan políticamente en un lugar. Se tejen, se bailan, golpean, derriban, construyen y hacen del pasado y del presente espacios públicos de despliegue de la memoria colectiva y social. Hoy, quizás, después de la ebullición de emociones a partir del estallido social, tengamos la posibilidad de reflexionar con mayor profundidad sobre nuestras acciones para interpretar el pasado, dar lugar al presente sentido y construir nuevos saberes para el futuro patrimonial. 

Pie de página:

1.De acuerdo con el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, ratificado por Chile en el año 2008, señala que debe existir una consulta indígena ante cualquier proyecto que provoque una afectación directa en cualquier aspecto sobre la vida de los pueblos indígenas.

2.Los sitios de memoria son los lugares donde ocurrieron asesinatos o ejecuciones extrajudiciales, procedimientos previos a la desaparición forzada de personas, o donde se ejerció la tortura y la prisión política. Algunos otros simbolizan simbolizan también para la comunidad o familiares, el recuerdo de esos hechos (IPPDH, 2012). Así, los sitios de memoria son definidos por un vínculo entre la evocación y la historia, realizado por quienes dan significado al lugar, y que se expresa en placas, grutas, señales y otras marcas. En este universo de espacios diversos están aquellos reconocidos por el Estado como lugares de violaciones a los derechos humanos y, dentro de ellos, los definidos como monumentos históricos (informe anual del INDH del 2018). 

3.Se agradece la atenta lectura de Francisca Márquez y de Adriana Goñi Godoy.

Referencias mencionadas: 

Douglas, M. (1973) Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Siglo XXI. España. 

García, C. (2020) Caminar el presente, intervenir el pasado: de lugares a espacios de memoria. Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 27 / 2020 / 7-20

Márquez, F; Colimil, M; Jara, D; Landeros, V; Martínez, C. (2020). Paisaje de la Protesta en Plaza Dignidad de Santiago, Chile. Revista Chilena de Antropología 42: 112-145

Prats, L. (1997). Antropología y Patrimonio (A. Antropología, Ed.). Barcelona.

Verdery, K (1999) The Political Lives of Dead Bodies. Reburial and Postsocialist Change .

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Laura Panizo. Ritual de muerte entre héroes y desaparecidos

Entrevista

Por Gabriela Naso, en

https://www.pagina12.com.ar/338511-laura-panizo-ritual-de-muerte-entre-heroes-y-desaparecidos

La antropóloga, investigadora del CONICET y poeta analiza los obstáculos y reconfiguraciones de los procesos de duelo dificultosos del pasado reciente y da cuenta del abordaje de esas experiencias, en un diálogo entre el trabajo de campo y la producción artística.

Los rituales son fundamentales. A través de ellos tramitamos colectivamente las crisis, los cambios de estados, nos ajustamos a esos cambios, nos expresamos, nos acompañamos, compartimos y, también, nos diferenciamos”, sostiene la antropóloga, investigadora del CONICET y poeta Laura Panizo, quien desde hace 19 años trabaja sobre temas vinculados a la muerte, con foco en situaciones violentas y extraordinarias.

En conversación con el Suplemento Universidad, Panizo explica que “la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales habituales, como el velatorio, el entierro, la cremación y la despedida”, pero remarca que, al mismo tiempo, “esta obstaculización propone cambios, reconfiguraciones y nuevas prácticas para dar lugar a lo que queremos dar lugar, para denunciar, recordar, honrar y generar nuevos lazos”.

Licenciada en Antropología Social y doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente es investigadora del CONICET-IDAES y del proyecto Transfunerario (2020-2023) sobre rituales colectivos de re-inhumación en contextos postconflicto, de la ANR de Francia. También es docente de la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y de la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Como poeta, publicó los libros “Lo demás, rodea” y “Por donde entra la mirada”.

Su prosa, investigaciones y trabajo de campo se articulan con la producción poética, como modos distintos y complementarios de interpretar y describir lo social.

-En el caso argentino, ¿cómo hicieron los familiares de detenidos-desaparecidos para enfrentar la muerte en ausencia de cuerpo?

-La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella: cuándo y cómo sucedió, y quiénes fueron los asesinos. Muchas veces, los familiares logran construir ciertas verdades acerca de lo sucedido, a partir de testimonios o procesos judiciales. Asimismo, se produce una apertura de la realidad y se encuentran caminos y formas de explicación posible. Los sueños y las apariciones, por ejemplo, dan mensajes y guían la acción de los familiares. La forma de tramitar los procesos de duelo dificultosos, en estos casos, depende mucho de cómo se ha tramitado la experiencia, y de los recursos a nivel social y familiar.

-¿Qué características tienen esos procesos en el caso de los desaparecidos chilenos?

-Tratamos con procesos muy similares. Estamos hablando también de detenciones clandestinas, torturas, asesinatos y desapariciones en el marco de un terrorismo de Estado. Los familiares pasaron por los mismos procesos de búsqueda, primero de aparición con vida y luego de los cuerpos. Aparecen las mismas ambigüedades respecto a lo que implica la desaparición y también la obstaculización de las prácticas rituales. Lo que une a los familiares es esa búsqueda continua, ese dolor que guía e impulsa a la búsqueda de la verdad y la justicia. Ese reinventarse a través y por el amor. Asimismo, hay muchas diferencias en cuanto a las formas de denuncia y tramitación de la pérdida en el espacio público, que tienen que ver con la sociedad.

Muchos símbolos dominantes se repiten, como el de cargar la foto de su familiar desaparecidos en el espacio público. Pero otros no. Algo simbólico en Chile, que forma parte de sus prácticas rituales de memoria y denuncia, es el baile de la “Cueca sola”, donde la mujer baila “La cueca”, pero sola, expresando la ausencia de su compañero. Otra práctica que hace también a la identidad de muchos familiares es la realización de arpilleras. Con el bordado, las mujeres tramitan su pérdida, expresan sus emociones, cuentas sus historias y las llevan a la esfera pública. Pero también, como en todos los casos, muchos familiares no se integran en grupos de identidad ni encuentran espacios colectivos en los cuales estén acompañados y atendidos, y que brinden herramientas para expresar sus emociones colectivamente y tramitar las pérdidas.

Entre héroes y caídos

-En el caso de los caídos en Malvinas, ¿cómo fueron tramitadas esas muertes por los familiares? ¿Observás similitudes y/o diferencias con los familiares de los detenidos-desaparecidos?

-En ambos casos, estamos hablando de muertes violentas en el marco de una dictadura militar, donde la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales tradicionales y los familiares se enfrentan a ciertas ambigüedades respecto a la información sobre lo acontecido. Pero el reconocimiento o legitimidad social sobre las muertes es muy distinto. No solamente desde el Estado, sino también desde diferentes sectores de la sociedad. Entonces, las herramientas y los recursos para tramitar las muertes son diferentes. En el caso de Malvinas, las figuras de héroe y del sacrificio fueron fundamentales para que los familiares se enfrenten a la muerte, a pesar de la ausencia del cuerpo, a través de diferentes prácticas.

-¿Cómo es la relación con los caídos por parte de los familiares y de los excombatientes?

-En ambos casos son relaciones muy importantes, pero que se construyen a partir de hitos diferentes. En el caso de los familiares, estamos hablando de una relación que se construyó antes de la guerra y en donde esa historia de vida previa jugó un rol fundamental, también, para el entendimiento de la muerte. El caso de los excombatientes, se trata de una relación de camaradería con los caídos que se construyó en el campo de batalla. Ellos vieron morir a sus compañeros, a quienes en muchos casos tuvieron que enterrar. No hay historia previa, pero sí un querer contar a partir de la guerra. Por otro lado, está la relación que el excombatiente tiene con su propia muerte, porque después de la experiencia de guerra los sentidos sobre la vida y la muerte cambiaron.

Tenemos una cantidad muy grande de excombatientes que, sin haber sido familiares, han impulsado las identificaciones de los caídos, movidos por el lazo de camaradería. Se trata de un reclamo fundamentado en la búsqueda de la verdad y la dignidad. Más allá de que para muchos familiares y excombatientes la dignidad refiere a los cuidados que se hicieron en el cementerio en general y a prácticas que rinden culto a los caídos en la vida cotidiana, para otros la dignidad requiere reconvertir las muertes que entienden como violentas, injustas o evitables, porque el sacrificio no se concibe como voluntario, sino impuesto. Entonces, una de las mejores formas de reconvertir eso es a través del derecho a la verdad y la identidad.

“La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella”.

-¿La pandemia de covid-19 introdujo cambios en la forma de enfrentar la “mala muerte”?

-Como dijimos con mi colega Valerie Robin Azevedo, quienes no formábamos parte de esa comunidad que se ha venido enfrentando a las muertes extraordinarias y duelos dificultosos, u otros casos de muertes cercanas, sentimos por primera vez que la muerte podía tocar la puerta de nuestra casa. Y el miedo o indignación frente a la soledad, o la muerte indigna en el morir, pasó a ocupar un lugar central en los imaginarios y representaciones de quienes vemos ese tipo de muerte como realidad posible.

Los profesionales de salud, en este sentido, sumaron al objetivo de salvar vidas, las preocupaciones por el cuidado digno en los procesos del morir.

Así, también los cientistas sociales y varios sectores de la sociedad comenzaron a poner en agenda el tema del derecho de la muerte digna y los cuidados paliativos, sumándose a las preocupaciones que hace años vienen teniendo muchos profesionales. En ese sentido, vale destacar el trabajo realizado por la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida del CONICET.

Un abordaje poético

-¿De qué modo tus experiencias en el trabajo de campo dialogan con tu producción poética?

-Desde que inicié la carrera, mi producción poética se vio influenciada por mi experiencia antropológica que es, por sobre todas las cosas, corporal. El trabajo de campo me enseña constantemente, me sorprende, me desestructura, me cuestiona. Se mete en mí cuerpo y de ahí no sale. Llevo en mi vida cotidiana mis angustias y la de los otros. Es inevitable. Y la poesía me permite expresar ese mar de emociones y experiencias de una forma que es imposible hacerlo en el escrito académico. La poesía, como todo lo simbólico, condensa múltiples significados y emociones. Es sintética e inabarcable a la vez. Tal vez para mí sea catártica, como muchas veces lo es el ritual. Y también, como el ritual, transformadora e inacabada, ya que incluso en la poesía no dejo de preguntarme.

-En tanto expresión artística, ¿la poesía contribuye a reparar las heridas que tenemos como sociedad en relación con nuestra historia reciente?

-Claro que sí, y en varias dimensiones. Primero, a nivel más colectivo. Es otra forma de comunicación que nos acerca, en mi caso, al pasado reciente. Pero también a nivel más personal. En mi época de estudiante, a punto de iniciar mi investigación sobre los desaparecidos, leí la tesis doctoral de Ludmila da Silva Catela sobre los desaparecidos de La Plata y recogí, entre muchas de sus contribuciones, el hecho de trascribir las entrevistas en su totalidad y pasárselas a los familiares para que ellos objetivasen su discurso. Fue algo que nunca dejé de hacer. Entendí la importancia del texto, de la puesta de la experiencia en la escritura, como herramienta de reconstrucción de identidades, al igual que el acto de testimoniar. La poesía también juega ese rol, aunque trate al mismo tiempo de la experiencia mía y la del otro.

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Autores Biblioteca Laura Panizo

LOS CAMINOS DEL DOLOR: LA DESAPARICIÓN Y LA MUERTE EN TODAS SUS DIMENSIONES

LOS CAMINOS DEL DOLOR: LA DESAPARICIÓN Y LA MUERTE EN TODAS SUS DIMENSIONES

Laura Marina Panizo
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET), Argentina
Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC),
Faculdad de Ciencias Sociales, Escuela de Antropología, Santiago, Chile

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Nunca más bailando solas: A 43 años del 8 de marzo de 1978 que visibilizó la lucha de las mujeres contra los crímenes de la Dictadura.

Por Equipo de Investigación Fondecyt de iniciación 2019 “CUERPOS AUSENTES / CUERPOS PRESENTES: EXPERIENCIAS DE FAMILIARES DE DETENIDOS- DESAPARECIDOS EN CHILE», radicado en la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Publicado: 8 de marzo 2021

http://www.academia.cl/comunicaciones/noticias/nunca-mas-bailando-solas-a-43-anos-del-8-de-marzo-de-1978-que-visibilizo-la-lucha-de-las-mujeres-contra-los-crimenes-de-la-dictadura

Desde el equipo de investigación queremos saludar a todas las mujeres que se han enfrentado a distintos episodios de violencia. A quienes dentro de la acción colectiva y desde el movimiento de mujeres y por los derechos humanos han mantenido la memoria viva de nuestro pasado y presente.

Un 8 de marzo de 1978 en el Teatro Caupolicán, el grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) da a conocer por primera vez la manifestación de la cueca sola en señal de protesta por la aparición con vida de sus seres queridos. El acto organizado por la Asociación Nacional de Empleadas Particulares junto con los Departamentos Femeninos de las distintas Federaciones de Trabajadores puso en evidencia la lucha de las mujeres en marco al año por los derechos humanos convocado por la Iglesia Católica de Santiago.

Con esta manifestación y tantas otras, desde los orígenes del Golpe de Estado de 1973 y hasta la actualidad, las mujeres sobrevivientes, familiares, amigas y compañeras de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, han puesto su cuerpo, espíritu y energías, contra el negacionismo e impunidad del régimen heredado por la dictadura militar.

Detrás de la extensa búsqueda se tejieron redes, rondas y nudos de resistencias que se pueden evidenciar en la conformación de lazos de solidaridad a través de la integración de ellas en diversos grupos de identidad (comités de cesantes, grupos folclóricos y arpilleristas) en dónde se evidencian las experiencias vividas durante la Dictadura.

Yo lo que más siento es que la familia se desintegró de sobremanera”, señala la hermana de un detenido desaparecido recordando el dolor de su madre durante las noches de toque de queda. Otro relato de una hermana de un detenido desaparecido relata la experiencia que tuvo desde pequeña en una “ratonera” conviviendo algunos días con los agentes del Estado, mientras su madre era obligada a ofrecerles comida y lavado de ropa a los represores.

También recordamos a las mujeres sobrevivientes, militantes y compañeras que testimonian su experiencia, quienes fueron carne de ajusticiamientos brutales, donde el juez y parte muchas veces fue la cicatriz patriarcal por “involucrarse donde no debían”. A las terceras generaciones, quienes escuchando los relatos de ellas y otros prisioneros volvimos a patear las piedras en octubre del 2019 y continuamos exigiendo el juicio y castigo para los responsables políticos y materiales de las violaciones a los derechos humanos de ayer y hoy.

La palabra resiliencia queda pequeña para estas mujeres. Ellas, las luchadoras del duelo, las que vieron sus núcleos familiares destruirse y trabajaron para reconstruir/construir viejos/nuevos lazos. Ellas, las que continúan la búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia, a pesar de los 50 años de pacto de silencio.  Ellas, las de la primera, segunda, y tercera generación, que han crecido en la sublime herencia de esta búsqueda tripartita. Queremos saludarlas y apoyar su huelga, su grito o su silencio.  Acunamos el hilo de la historia que están tejiendo con los nombres de sus compañeras que han fallecido en la lucha y en la espera. Paro, arte, memoria, duelo. Acompañamos una vez más el movimiento transcendente de la ronda y nos sumamos a las diversas manifestaciones para el día internacional de la mujer:  las recordamos, nos recordamos y continuamos tejiendo, para que nunca más, bailen solas.

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Autores Biblioteca Laura Panizo

Ausencia y desaparición: el caso de los desaparecidos de la última dictadura militar en Argentina

Ausencia y desaparición: el caso de los desaparecidos
de la última dictadura militar en Argentina

Laura Marina Panizo

Laura Marina Panizo / Argos Vol. 29 Nº 57. 2012 / pp. 94-125

Antropóloga. Doctora por la Universidad de Buenos Aires con mención en antropología social. CONICET/DAES-UNSAM.

En este trabajo se observará la forma en que familiares del organismo “Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas” dan
sentido a la muerte de sus seres queridos desaparecidos. Observaremos así,
un tipo de enfrentamiento con la muerte que denomino desatendida, en
tanto que, por la falta del cuerpo y la ausencia de su reconocimiento oficial,
no es procesada a través de rituales que articulen adecuadamente el acontecimiento de la muerte, y atiendan al muerto y a los deudos en espacios de contención social. Esta muerte desatendida genera una ambigüedad existencial en el ámbito privado y una resistencia política a la aceptación de las
muertes por la desaparición de los cuerpos, en la arena pública.

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Poesías

Haiku de metal

Laura Marina Panizo. 2016. “Haiku de Metal”. Obra seleccionada en el concurso “vivencias” de la Asociación Letras con Arte (CIF Nº G86911393) para formar parte una antología. Madrid, España.

Imaginé escuchar que tuvo tres nacimientos. Cuando su madre lo trajo, cuando un sorteo lo alistó, y cuando ella entró en su cuerpo a buscar un lugarcito cómodo y pequeño, para hacer arder, pero no matar. Eran dos las que llegaron y sólo una entró para quedarse. Desde ese tercer parto, fue creciendo una esencial contradicción: amar las tierras patrias/ odiar la guerra. Es en esa contradicción, que se aloja la esquirla. Migaja de la granada,  haiku de metal, astilla de guerra.

No la puede mostrar, pero la tiene. Está como si fuese un quiste que nadie quiere tocar para no avivar al resto. No la puede exhibir como quienes exponen sus trofeos de guerra en los museos o en los estantes de la habitación. Ella está encapsulada en el cuerpo del sobreviviente. Prisionera de guerra, también. Blanqueada en la radiografía. Vidriera del hospital.

Su madre, el sorteo (759) y la contradicción. Tres inicios del eterno retorno.  Y solo con el alma del tercero, su cuerpo se queda. Se queda con un alma/cuerpo que como su madre, tiene nombre de mujer. A veces sueña que la mira desde adentro. Otras veces ella lo sueña a él.  Llegar a ella es como penetrar la realidad. Entonces sueñan ambos que se respiran y se suceden.

Pero él despierta también, no sólo sueña. Despierta porque fue su compañero quien se llevó de la granada la mayor parte. Granada del enemigo. Pero…  ¿quién es “el enemigo”? se pregunta. Y al tiempo que pregunta arrastra en cada paso, las denuncias de los torturados en la guerra y en los centros clandestinos de detención.

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Artículos

La muerte en casa

2017. Laura Marina Panizo. “La muerte en casa: Sobre el genocidio y  las muertes extraordinarias”. En Sociales en Debate,   Facultad de Ciencias Sociales, UBA. http://www.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/7LamuerteenPanizzo.pdf

Puedes revisar el artículo completo, pinchando aquí

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Sobre Nubia, y “Una mujer en Villa Grimaldi”

Columna de Laura Panizo, publicada en The Clinic

“Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él”.

“Yo no puedo leer este libro. Soy cobarde, no me atrevo aún a abrirlo y leer lo que está ahí escrito, a pesar de que han pasado más de cuarenta años de los que en Una Mujer en Villa Grimaldi se cuenta”. Así empieza la edición 2018 del libroque Betzie Jaramillo no había podido leer. No había podido porque la tortura y el exterminio en la dictadura de Pinochet había cambiado su vida para siempre. Cambió su vida, porque Betzie, es hija de Nubia Becker. Y Nubia Becker es esa mujer de Villa Grimaldi.

Leí esas íntimas palabras de Betzie y dudé sobre avanzar con la lectura. Sentía temor en hacerlo. Lo sentía porque sabía que en el libro iba a encontrar dolor por sobre todas las cosas. Dolor y sufrimiento iban a ser inevitablemente los estados que debía atravesar la lectura. Entonces decidí, antes de continuar, volver a la imagen de Nubia cuando la conocí. Hicimos un conversatorio organizado por los chicos del Museo de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi. Fui a contar mi trayectoria de investigación sobre la experiencia de familiares de desaparecidos bajo la última dictadura militar en la Argentina y las preguntas e hipótesis que guiaban el proyecto de investigación en Chile. Fui muy agradecida por estar escoltada de Paloma, Nico, y Mati, los estudiantes que desde que se unieron al proyecto han acompañado en este difícil y enriquecedor recorrido. Estábamos los cuatro, muy inquietados por cómo podía resultar esta experiencia de “conversar” con familiares de desaparecidos y ex detenidos. Y el resultado para nosotros fue tan asombroso como alentador. No podía haber sucedido en un contexto mejor. Con el exquisito desayuno que prepararon los chicos del museo. Con la cálida y sumamente grata presencia de familiares y sobrevivientes que compartieron sus experiencias, se conocieron, re conocieron, lloraron y se rieron también. Pero sobre todo, el encuentro había sido en ese espacio simbólicamente denso: el lugar de la tortura y exterminio. El lugar de los temblores, los gritos, los dolores, los miedos, la muerte y la supervivencia.

Nubia estaba ahí, en el conversatorio.  Recuerdo cuando la vi llegar, esbelta y con un caminar pausado. Se sentó silenciosamente para escuchar y compartir. Y con la misma delicadeza y armonía de su cuerpo, se fue. Recuerdo que su figura se fue perdiendo lentamente en ese espacio habitado. Tiempo después con Nubia tuvimos una conversación desde nuestras computadoras. Recordarla a Nubia en Villa Grimaldi y recordarla después de nuestra charla me dio muchas fuerzas para continuar con la lectura del libro. Decidí avanzar a pesar del temor porque Nubia estaba ahí, tenía todavía su lugar en el mundo. Había sobrevivido a las detenciones y las torturas y había sobrevivido a los años que le siguieron a esa experiencia traumática. Nubia había sobrevivido y escribió su historia, editada tres veces bajo un seudónimo. Pero finalmente, en el 2018, aparece la primera edición en la que sale del anonimato. Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él.

Como dice Raúl Zurita, en el prólogo del libro, la escritura de Nubia es una prueba irrefutable, de que a pesar de la “portentosidad del mal”, de lo inconsolable de la muerte y el asesinato, de lo asfixiante de la tortura, la “fragilidad de nuestros cuerpos golpeados” es “indestructible” porque es “solidaria de todas las fragilidades de esta tierra”. La escritura de Nubia, da cuenta de la capacidad de aquello que llamamos “humano”, dice Zurita, la capacidad de levantar en medio del suplicio y la muerte las increíbles imágenes del amor. Este miércoles un día para recordar y resistir la violencia contra la mujer. Y por eso, nada mejor que dar cuenta, a través del libro, de los comportamientos “crueles” del hombre torturador “excitado por la violencia”.  Nada mejor para mí, que escribir en este día sobre este libro. La escritura desde una mujer y su cuerpo torturado y violentado. La escritura después de las situaciones límite, la escritura del trauma, del sacrificio y la resistencia. La escritura a través de la cual Nubia desentierra la humanidad del pozo en el cual se la había sumergido. La levanta tirando del hilo de la ternura de ese “hombre milagroso”, Osvaldo, de quien se aferró en el encierro y se aferra hasta el día de hoy. Nubia saca a la humanidad del pozo y su escritura nos demuestra una vez más que sí puede haber poesía después de Auschwitz. Porque ella, esbelta, silenciosa, dulce, delicada y mujer, se transformó en poema, para poder caminar después de la tortura por el parque de Villa Grimaldi. Nubia transformó el dolor, más allá del sufrimiento y, como todo poema, llegó al conversatorio con extraordinaria elocuencia y se fue de él dejando en mí, múltiples sensaciones.

* Laura Marina Panizo es investigadora del CONICET (IDAES-Argentina), directora del proyecto FONDECYT “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes” (https://lamuerteyelmorir.com/, Escuela de Antropología, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile) y docente colaboradora del Magíster en Antropologías Latinoamericanas de la Universidad Alberto Hurtado  (Chile).

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Tejiendo redes: Mujeres, rondas y nudos de resistencia frente a la violencia en familiares y víctimas de la represión

Por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”, Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Publicado en Le Monde Diplomatique

En cada reunión que tenemos como equipo de investigación nos preguntamos por la forma adecuada de abordar la violencia. Cómo preguntar, acompañar, “atender”, entender y producir conocimiento cuando lo que atraviesa cada palabra, cada gesto, cada intervención artística, cada política de las memorias, cada manifestación, cada ritual de recuperación de cuerpo, es el sentir de la experiencia traumática. Nos preguntamos cómo seguir, cuando ya estamos en el camino, porque cuando tratamos de conocer y entender las experiencias de los familiares de los detenidos desaparecidos de la dictadura de Pinochet, sentimos que el dolor mueve las agujas del reloj de cada encuentro. ¿Para qué? También nos preguntamos ¿De qué sirve llegar, entrar a lo sensible, conocer, describir, interpretar si no generamos al menos un puente entre sus historias, las otras y las nuestras? 

Este 25 de noviembre se conmemora un nuevo aniversario del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En este pequeño homenaje intentamos responder algunos de esos por qué y para qué. Porque hoy el puente, que lleva de cuerpo en cuerpo dolores arrastrados, pretende proyectar la sensibilidad acumulada en el trabajo de campo para que, las que “se juegan” como nos dijo Nubia Becker (una de las mujeres víctimas de tortura y vejaciones en los centros clandestinos de detención), lo sigan haciendo, sabiendo que “son muchas” en “esta ronda”. Muchas con conciencia política y voluntad de acción, que a pesar de las diferencias sociales interpelan el negacionismo y la impunidad. Muchas son las que resignifican la historia familiar de las víctimas del Estado, permaneciendo alejadas de la conformidad y la resignación.

El 25 de noviembre se conmemora la fecha en que las hermanas Mirabal fueron asesinadas por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. El motivo de esta conmemoración comienza reconociendo el carácter político de la violencia contra la mujer ante el aleccionamiento de las tres hermanas Mirabal, quienes eran activistas sociales. Las nombramos a ellas y vienen las imágenes de las ejecutadas, ex detenidas, esposas, hermanas, hijas y madres de desaparecidos y ejecutados de la dictadura de Pinochet.

Pensamos en ellas porque en Chile, la dictadura de Pinochet aleccionó a las mujeres activistas sociales y militantes bajo la tortura sexual, la violación, la ejecución y la desaparición forzada. Un tipo de violencia específica, sistemática, dirigida e intencionada: la violencia política sexual contra la mujer disidente, la que contravino la norma de la mujer-doméstica y se convirtió en mujer-política, mujer-comandanta, mujer del pueblo. Mujer castigada, torturada por la dictadura. Mujer sobreviviente, presente.

Violencia y violación de la integridad corporal y sexualidad de las mujeres, dirigidas por agentes del Estado (especialmente la DINA) en los distintos centros clandestinos de Detención Selectiva (periodo 1974-1977), como Londres 38, Tres y Cuatro Álamos y la Venda Sexy o “la discoteca”. Este último el más doliente, donde la tortura sexual con perros amaestrados y violación por parte de los torturadores, también tuvieron rostro y nombre de mujer: Ingrid Olderock. Ella, siniestra, ex mayor de carabineros, se hizo conocida por la forma de torturar y violentar político-sexualmente a las prisioneras con su perro Volodia, entrenado para violar a las presas políticas.

Pensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunPensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunidad durante los 30 años de transición de una democracia cuestionable.

Traemos a ellos, nuestros interlocutores en el trabajo de campo, y recordamos las historias otras víctimas de público conocimiento: la de Lumi Videla, militante del MIR, cuyo cuerpo torturado fue arrojado a la embajada de Italia en noviembre de 1974; la de Marta Neira, detenida desaparecida por reivindicar los derechos sexuales y reproductivos con la promoción de la píldora anticonceptiva en la portada de la revista Ramona; la de Carmen Gloria Quintana, quien sufrió graves quemaduras tras ser rociada con gasolina por patrullas de militares en una protesta nacional contra la dictadura en 1986; la de la profesora militante del Partido Comunista, Marta Ugarte, a quien la prensa empresarial encubría su muerte llamando su asesinato un “crimen pasional”, mientras que su cuerpo hablaba de los terroríficos vuelos de la muerte. Todas ellas, mujeres activistas y militantes junto a quienes tomaron la “militancia de la búsqueda” verdad y justicia han sido de alguna y otra manera violentadas por agentes estatales e institucionales.

Hilamos “historias” y seguimos construyendo puentes, cuando leemos las duras palabras de Nubia Becker en su libro[1] cuando describe a los guardias en su detención clandestina. Los relata riéndose brutal y cruelmente de ella al verla desnuda, débil, totalmente manipulada, mientras le chorreaban entre sus piernas la sangre de su menstruación. No lo vivimos nosotros “en carne propia” pero somos capaces de evocar esa imagen de piernas de mujer. Hasta podemos, las mujeres del proyecto, sentir la humedad entre nuestras propias piernas, tras las vendas de la historia en el pasillo de la humillación. Nos empoderamos entonces con esa imagen de mujer, golpeada, violentada, despreciada, pero sosteniéndose de ese hilo que teje la ronda.

Y entonces, al tiempo que retenemos esa y tantas imágenes que no podemos soltar, engrandecemos y visualizamos la lista de las múltiples formas en que el Estado ejerció una violencia especifica contra las mujeres en su condición de mujer. Reproducimos la lista con imágenes y experiencias y nos volvemos a preguntar, cómo entrar y salir de la violencia. Y seguimos entonces generando puentes.

Lo hacemos porque hoy, la misma violencia que denunció el movimiento feminista latinoamericano de la década de los ochenta y que llevó a reivindicar el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer en la ONU, se refleja en los motores del MEMCH-83 con la demanda contra la precarización de la vida tras la crisis económica de 1982 y la exigencia de una democracia en Chile. A esto último se sumó la exigencia a la democracia desde las casas, aludiendo al término de la violencia machista en ámbitos privados.

La lucha contra la violencia estructural que visibilizó el movimiento internacional de mujeres con la performance “Un violador en tu camino” del colectivo Las Tesis, en noviembre del año pasado, hace referencia a la discusión contra los discursos culturales de la violencia machista, la cual no se traduce solamente con la violencia individualizada, sino también a la violencia estatal con represión, torturas, lesiones y asesinatos hacia activistas sociales; la precarización de las condiciones de vida con la inestabilidad laboral, los bajos salarios y la crisis de los cuidados junto con la permanente cifra de femicidios y la violencia interior del hogar que se prolonga como una respuesta de parte de este sistema de doble explotación y opresión.

Tomamos así, el dolor de nuestro registro etnográfico y buscamos reproducir la consigna “No estamos todas, faltan las asesinadas”. Alzamos en este texto, entonces, las demandas de medidas de protección por parte del Estado que hoy no son suficientes ya que van aumentando los casos de femicidios consumados y frustrados. Seguimos haciendo puentes porque no dejamos de preguntarnos cómo acompañar, “atender” y producir conocimiento, cuando lo que atraviesa cada registro es el sentir de las experiencias traumáticas. En Chile, la demanda por la liberación de las y los presos políticos nuevamente cae en manos de familiares y activistas, muchas de ellas son las madres quienes vieron por última vez salir a sus hijos a las calles el 18 de octubre del 2019. Ellas, a causa de la persecución sistemática hacia la protesta y lucha social, y de la privación de la libertad, son distorsionadas de su flujo cotidiano dando origen a un cambio en el ambiente familiar. Nuevamente con el ejercicio ilegítimo del poder hegemónico, como consecuencia del arresto, el Estado somete a un amplio sector de la población y se debe asumir la adaptación a un proceso condensado de pena, rabia y de contención en el que las actividades del hogar se transforman y suscitan bajo el sufrimiento, la angustia y por, sobre todo, la esperanza.

Nos preguntamos por la violencia y damos cuenta de que la intención de quebrar, romper, fraccionar, las identidades y comunidades genera por el contrario la construcción de nuevos lazos, nuevas banderas de lucha, que se asientan con fines de corromper las condenas y cadenas de la prisión, la tortura y la muerte. Entonces nos sostenemos en la red de relaciones para seguir generando nudos de resistencia que tiendan puentes y las nombramos a todas ellas para abrazarlas en la misma ronda. Las traemos aquí para que sigan tejiendo el movimiento colectivo de sangre, memoria y amor, ese de hacerse fuerte por y a pesar de la silla vacía, el clavel rojo y la humedad entre las piernas.

[1] Nubia Becker, “Una Mujer en Villa Grimaldi”, El Garaje Ediciones, 2020, Madrid.

Agradecemos la valiosa lectura de Francisca Fernández antes de su publicación.

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Poesías

Por donde entra la mirada

Laura Marina Panizo. Editorial Alción. 2020

Dulce o amarga la yerba

tiembla en la boca

porque cuando uno bebe

se arrastra al antepasado

con la bombilla

y se lo besa.

Y cuando uno ceba

se abre el circuito del mana

(alma del intercambio)

y se sirve como en bandeja

la palabra.