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Neltume, sueños de poder popular: a 48 años del caso Liquiñe

Por: Paulo Cuadra | Publicado: 10.10.2021

https://www.eldesconcierto.cl/opinion/2021/10/10/neltume-suenos-de-poder-popular-a-48-anos-del-caso-liquine.html

12 de septiembre de 1973. Mientras Santiago se recuperaba del agitado día anterior, en la zona cordillerana de la Región de Los Ríos, se orquestaba el primer acto de resistencia armada en contra del naciente régimen militar. Un grupo de jóvenes del lugar, pertenecientes al MIR, se organizaba para rodear al retén policial de la localidad de Neltume y comenzar el ataque. Entre ellos se encontraba el célebre “Comandante Pepe”, gran líder político insurgente y revolucionario que posteriormente fue víctima de la Caravana de la Muerte. A pesar de no registrarse víctimas fatales de ese enfrentamiento armado, el régimen reaccionó con gran fuerza a ese intento de respuesta popular armada, a través de una serie de acciones de inteligencia militar asociadas a detenciones, ejecuciones y desapariciones de civiles. A esto se sumó, como motivo de alarma para el régimen, el hecho de que en esta zona se había demostrado una gran participación política del pueblo dentro de los procesos de reformas agrarias.

El Complejo Forestal y Maderero Panguipulli, ubicado en las cercanías del pueblo de Neltume, surgió a partir del proceso de tomas de predios y fábricas por parte de los trabajadores durante los primeros años de gobierno de la UP. Los trabajadores, de manera inédita, comenzaron a reclamar el control de los principales medios de producción del país. En la zona cordillerana de Valdivia llegaron a ser 22 los predios forestales tomados. El Estado hizo su parte y, sometido a las presiones de los sectores opositores, tomó cartas en el asunto y decidió expropiar estos fundos y estatizar las empresas productoras. Esto dio paso a la primera experiencia de poder popular en Chile con participación directa del Estado en el otorgamiento de poder de control y de planificación de la producción a los trabajadores.

Durante la madrugada del 10 de octubre de 1973 un convoy militar formado por un vehículo del Servicio Agrícola Ganadero (SAG), una ambulancia y un auto particular facilitado por el civil Luis García, se dirige al sector de Liquiñe y sus alrededores a realizar una serie de detenciones. El ministro Alejandro Solís, juez a cargo de una serie de casos emblemáticos de violaciones a derechos humanos, estableció que en estos hechos participaron efectivos de la Fuerza Aérea de Temuco junto con carabineros locales. Durante esas horas fueron detenidas 16 personas: quince trabajadores del Complejo Forestal y Maderero Panguipulli y una profesora de la escuela de Puerto Fuy. Todos fueron inculpados como sospechosos de participar del ataque al retén. Algunos fueron secuestrados de sus domicilios en la localidad de Liquiñe y otros detenidos directamente en su lugar de trabajo en el complejo.

Una vez realizadas las detenciones, los vehículos se agrupan en el cruce a Coñaripe y emprenden rumbo hacia Temuco. Al pasar por sobre el puente Rodrigo de Bastidas, que cruza el nacimiento del río Toltén en la ciudad de Villarrica, el convoy se detiene y se ordena la bajada de los 16 detenidos. Allí todos son formados, mientras permanecían amarrados y vendados. Estaba oscuro, nadie circulaba por las calles a esas horas, cuando de pronto una ráfaga de disparos rompió la calma del lugar: los 16 cayeron muertos sobre el puente. Acto seguido, a los uniformados se les instruyó lanzar los cuerpos al cauce del río, no sin antes amarrarlos a pesadas piedras para que no flotaran. No obstante, temprano por la mañana, boteros del lugar divisaron algunos cuerpos que fueron arrastrados hasta la orilla, quedando atrapados entre la vegetación. Cuando dieron aviso a Carabineros, estos les ordenaron empujar los cuerpos hacia el cauce del río perdiéndose en sus profundidades. El tránsito del puente fue cortado y se les ordenó a los bomberos limpiar la sangre acumulada en el sector. Hasta el día de hoy, ninguno de los cuerpos ha sido recuperado. Estos hechos son conocidos entonces como el “Caso Liquiñe”.

De esta manera el régimen militar puso fin al sueño de miles de trabajadores de ejercer el legítimo derecho de controlar sus destinos a través de la ejecución de un proyecto inédito de participación obrera en la producción nacional.

En una conversación con Raúl Lagos, hijo de Luis Lagos Torres, me describió cómo fueron los hechos previos a la desaparición de su padre. El día anterior ambos son detenidos y trasladados a Valdivia. Allí fueron golpeados e interrogados en busca de información sobre la emboscada al retén Neltume: “Nos tomaron en la casa y nos soltaron allá en Valdivia, nos llevaron a la fiscalía militar, ahí nos tenían presos”, señaló. Luego de eso fueron liberados bajo amenazas: “Ahí llegamos a nuestra casa. Estábamos más o menos tranquilos porque nos hicieron firmar una declaración jurada a todos los que estábamos ahí. Así que dijimos: con esta cuestión estamos libres ya. Pero igual, decía yo, mi papá no se encontraba muy tranquilo… y ahí como a las 11 de la noche llegan ellos…”. El relato de Raúl, como el de tantos otros familiares, se construye a partir del profundo dolor de una herida que no ha sanado.

Los intentos de impartir justicia, por parte del ministro Alejandro Solís, se vieron reflejados en su libro Plaza Montt-Varas sin número. Memorias del ministro Alejandro Solís, donde relató los hechos ocurridos, en cuya sentencia, dictada en enero de 2006, condenó al teniente coronel del Ejército Hugo Guerra Jorquera a la pena de 18 años de presidio mayor en su grado máximo, “la más alta fijada por violaciones a los derechos humanos hasta entonces”, y a pagar una indemnización de 250 millones de pesos en su calidad de autor de once delitos de secuestro calificado. También fue condenado el civil Luis Osvaldo García Guzmán, como autor del delito de secuestro calificado en la persona de Luis Armando Lagos Torres, a la pena de 5 años y 1 día de presidio mayor en su grado máximo. Sin embargo, la Corte Suprema, aplicando el estatuto de la media prescripción, otorgó a ambos individuos el beneficio de libertad vigilada. Ninguno de los culpables de este caso pasó un solo día en la cárcel.

El “Caso Liquiñe” se enmarca, como tantos otros casos de violaciones a los derechos humanos, dentro de un contexto de ensañamiento militar en contra de la clase trabajadora. La misma clase que durante los años previos había cumplido el sueño de controlar los medios de producción y equilibrar la balanza en base a la justicia social. La colaboración y/o participación de civiles en estos casos da cuenta de una suerte de venganza de parte de los latifundistas que habían sido afectados por la Reforma Agraria y las expropiaciones. El premio por su colaboración sería retribuido en forma de devolución de las tierras expropiadas, durante la contrarreforma agraria del régimen militar.

El involucramiento y la participación política de la clase trabajadora durante aquellos ajetreados años de la década del 70 remeció las bases tradicionales de la estructura social chilena, provocando un temor inédito en los sectores dominantes de la sociedad que sólo pudo ser apaciguado por el golpe de Estado y la sanguinaria dictadura posterior: las  Fuerzas Armadas, a través de un proceso orquestado por el imperialismo norteamericano y por la oligarquía chilena, devolvieron los beneficios a los poderosos en desmedro de un pueblo políticamente muy culto y, por ende, extremadamente peligroso para las élites de la época.

Neltume será recordado por la historia, como tantos otros casos, como un lugar donde se hicieron realidad los sueños de poder popular de la clase trabajadora. Hoy, a 48 años de ocurridos estos crímenes, recordamos a los 16 asesinados del río Toltén y a todas aquellas familias que debieron seguir adelante luchando contra el negacionismo y el odio que les arrebató a sus seres queridos: obreros y trabajadores que vivieron el sueño de ser dueños de su futuro.

De este modo, y considerando el contexto electoral actual, resulta prudente reivindicar la conciencia política que el pueblo chileno construyó previo a la dictadura e involucrarse en los procesos democráticos con los que contamos hoy en día. No da lo mismo quien gobierne, y quien lo haga debe luchar contra el negacionismo y los pactos de silencio de las cúpulas militares. Sólo así la sociedad chilena puede avanzar hacia la construcción de una memoria histórica con base en la verdad, justicia y reparación.

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Paulo Cuadra

Estudiante de Antropología Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del equipo de investigación del proyecto Fondecyt «Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, encabezado por la docente Laura Panizo.

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Laura Panizo por detenidos desaparecidos: “La ausencia del cuerpo obstaculiza que familiares se enfrenten a la muerte a través de prácticas rituales”

Por: Laura Panizo / Publicado: en radiousach.cl

[Extraído de radiousach.cl / link al audio de la entrevista aquí]

La antropóloga señaló que las restituciones de los cuerpos con las identificaciones producen mucha apertura además de cierres, como es el reclamo de la justicia y empezar a sanar la experiencia traumática de los deudos.

La investigación «Cuerpos presentes, cuerpos ausentes» busca dar cuenta de las formas en que los familiares de los detenidos desaparecidos en Chile se enfrentaron a las pérdidas de sus seres queridos desde la desaparición de los cuerpos hasta la recuperación de los mismos en los casos en que fue posible. Estación Central conversó con la antropóloga Laura Panizo sobre esta experiencia de duelo.

La profesora de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, señaló que “la ausencia del cuerpo obstaculiza que los familiares se enfrenten a la muerte a través de las prácticas rituales establecidas por la sociedad” y que se produce una búsqueda constante de estos deudos, lo que provoca un desgate constante, “porque el calendario de la vida cotidiana está trazado por la temática” donde se reactivan las experiencias traumáticas con una justicia que no llega o lo hace de una forma no adecuada.

La antropóloga dijo que desde el proyecto han acuñado el concepto de “muerte desantendida” que explicó que es cuando se sabe que ocurrió porque que es enfrentada a través de la pérdida, pero no es atendida a nivel ritual ya que no se producen las instancias colectivas,  sociales que presten atención al muerto a través del cuerpo y a los deudos que atraviesan por esa situación.

La investigadora comentó que con los detenidos desaparecidos se produce un peso generacional del trauma mediante la transmisión de la memoria, donde hijos o nietos se hacen cargo de la búsqueda pendiente y muchos quieren revindicar la historia familiar.

“Las restituciones de los cuerpos con las identificaciones producen mucha apertura además de cierres, como es el reclamo de la justicia y el activar experiencias traumáticas que se tienen que empezar a tramitar de otra manera” dijo la experta en muerte, duelo y memoria.

Vuelve a escuchar la entrevista AQUÍ

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11 de septiembre de 1973: En Somos Memoria recordamos los 47 años del Golpe de Estado

Por: Nicolás Valenzuela / Publicado: Radio Santo Tomás

[Extraído de radiosantotomas.cl / link al audio de la entrevista aquí]

En una nueva edición de Somos Memoria, recordamos el duelo de los familiares de los miles de detenidos desaparecidos y analizamos la actual constitución de 1980 redactada en dictadura militar.

El luto y el duelo es un proceso de lucha constante para aquellos familiares de detenidos desaparecidos. Es desde aquí que nace la investigación “Cuerpo ausente y cuerpo presente” y que profundizamos con uno de los investigadores, antropólogo e historiador, Nicolás Valenzuela.

Mientras que en medio de este proceso constituyente del 2020, aprovechamos de recordar y analizar cómo se gestó y qué tan legítima es la constitución de 1980, con el académico Miguel Muñoz.

Además, sabemos sobre la resistencia de las mujeres en tiempos de dictadura militar. Cómo se organizaban y sobre una gran convocatoria a mediados de los ’80.

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El duelo colectivo en Chile: pasado, presente y futuro.

El duelo colectivo en Chile: pasado, presente y futuro.

Por: Laura Panizo* y Adriana Goñi Godoy** / Publicado: en NODAL

A 47 años del golpe de 1973 y a casi un año de la revuelta que literalmente despertó al país, Chile ha vuelto a sufrir la represión de Estado con militares en las calles armados de fusiles de guerra, toque de queda y un estado de sitio. La pandemia ha dejado la revuelta en suspenso pero la muerte ha vuelto al centro de la arena social.

En dictadura, después de las detenciones clandestinas y torturas, más de 1200 desaparecidos fueron asesinados. Muchos fueron enterrados clandestinamente en fosas comunes o tumbas NN, otros fueron quemados, explosionados o lanzados  al mar. Pasaron los años y los familiares siguen transitando las pérdidas traumáticas en la búsqueda de la verdad, la justicia y la dignidad. A través de manifestaciones públicas han dado cuenta de un duelo colectivo y prolongado.

Con las revueltas de octubre de 2019, el trauma colectivo de la desaparición y la violencia volvió a activarse en la sociedad. Los estudiantes evadieron los molinetes del metro en reclamo contra el alza de la tarifa. Le siguieron manifestaciones en denuncia de la injusticia social, a las cuales se sumaron varios sectores de la sociedad. Las manifestaciones de los días viernes en memoria por los detenidos desaparecidos, se vieron ahora engrosadas por un sector mucho más amplio de la sociedad. Nuevamente los jóvenes secundarios, universitarios, pobladores, mapuche, las mujeres y los sobrevivientes de la dictadura, los familiares y descendientes de los ejecutados, desaparecidos, presos políticos y exiliados, revivieron las antiguas luchas en las calles, plazas, aulas y en el nuevo terreno de combate: las redes sociales. Las víctimas directas de la dictadura unieron sus causas a las causas que hoy defienden sus hijos y sus nietos.

Frente a las movilizaciones de octubre, el Estado declaró la guerra a un enemigo poderoso e implacable y desplegó sus fuerzas armadas y de orden contra las multitudes desarmadas. La impunidad, la tortura, la prisión política, la violencia sexual, más de 460 casos con trauma ocular y 34 personas reportadas oficialmente como fallecidas,  ha sido el resultado de esta embestida. El Estado fue denunciado por organismos internacionales de Derechos Humanos al tiempo que la movilización, activa y multitudinaria hasta el inicio de la pandemia, logró un hito fundamental: la posibilidad del cambio de la Constitución impuesta por Pinochet en el año 1980. Se convocó entonces para octubre 2020 un plebiscito que ha radicalizado las posiciones políticas e ideológicas de todos los sectores.

Pero las voces y los cuerpos no tuvieron otra opción que replegarse por la pandemia. Las medidas preventivas del gobierno y la política del miedo a la contaminación impactaron sobre el sector movilizado y volvió la amenaza del duelo tramitado en soledad.

Ante la falta de contención social para afrontar la muerte por COVID, transitar el duelo en las redes sociales ha sido para muchos una posibilidad confortable. El espacio virtual es un nuevo espacio habitado por una diversidad de personas, comunidades, organizaciones e instituciones. Las nuevas tecnologías digitales, por medio de comentarios, imágenes, videos y canciones compartidos, devuelven al fallecido a la comunidad. Entonces, estos muertos se acoplan a los mutilados y los muertos del estallido social de 2019 y a los muertos siempre presentes víctimas de la dictadura.

En el tratamiento de los muertos hay una diferencia sustantiva. El Servicio Médico Legal, que es el mismo que se encarga de las identificaciones y restituciones de los cuerpos de detenidos-desaparecidos de la dictadura, hoy puede conservar los cuerpos identificados hasta que los familiares puedan realizar las ceremonias con el acompañamiento social presencial.

Ante situaciones dramáticas, las sociedades siempre han encontrado alternativas para socializar el dolor y la pérdida. En Chile hoy nuevas formas de lucha, creativas y eficientes, se están desarrollando de la mano de jóvenes defensores de derechos humanos sociales y ambientales. Sus rostros ya no están cubiertos con capuchas protectoras ante la represión sino con mascarillas y barbijos multicolores con los símbolos de la revuelta impresos en la tela. La solidaridad y el fortalecimiento de lo colectivo se expresan en todos los espacios como manifestación de una nueva forma de vida.

La primera línea de la resistencia en la dictadura militar se reproduce en la memoria colectiva, en las restituciones, y re-entierros. La primera línea del estallido social no está hoy en día en las plazas pero sí presente, aunque mutilada, con prácticas cotidianas de solidaridad barrial. La primera línea del COVID  también está en los hospitales y en las calles. Y todas ellas, que siguen resistiendo la violencia, interactúan en un mismo espacio social en donde pueden proyectar los duelos colectivos.

En contexto de COVID, como antes en condiciones de desastres catastróficos, guerras y terrorismo de Estado, el duelo supone la necesidad de enfrentar otras muchas pérdidas además de la ruptura en las relaciones sociales en la vida cotidiana. El duelo tiene un sentido amplio; implica la ruptura de un proyecto de vida, con una dimensión no sólo familiar, sino también social, económica y política. El “duelo colectivo” implica entonces una atmósfera emocional de sufrimiento que afecta a toda la comunidad.

*Antropóloga, Escuela de Antropología de Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile. Integrante de la “Red de Cuidados, derechos y decisiones en el final de vida” del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina. Mail: laura.m.panizo@gmail.com

** Antropóloga, Universidad de Chile. Mesa Sitios de Memoria Colegio de Arqueólogas/os de Chile. Mail adrianagonigodoy@gmail.com

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Anonimato y memoria: el Patio 29

Por: Camila Maulén / Publicado: 10.09.2020 en Eldesconcierto.cl

El Patio 29, como fosa común, era el patio de los desechables, de los no reclamados, de los NN. Y la dictadura ocupó ese discurso para hacer desaparecer los cuerpos, utilizando un espacio que, antes de ser sometido a una política de desaparición forzada, condenaba al olvido a sus primeros habitantes anonimizados.

Septiembre hay para todos los gustos (y disgustos). Es el inicio de la primavera, el mes “patrio” (harina de otro costal la crítica a la patria impuesta) y el mes aniversario del golpe de Estado. Para algunas/os, septiembre es tricolor. Para otras/os, septiembre es negro.

Septiembre nos convoca y tiene tantos colores como emociones, algunas de ellas fechables: hay quienes son del 11, otras/os del 18, y otras/os del 29, que no es fecha sino un lugar, un patio de tierra, común: una fosa. Clandestina.

El Patio 29 fue desde el año 1953 una fosa común, que luego la dictadura (1973-1990) utilizó clandestinamente para ocultar los cuerpos (e identidades) de ejecutados y detenidos desparecidos.

El actual Monumento Histórico (desde 2006), si bien no está abandonado, se enfrenta a la problemática del olvido. O viceversa: sin estar olvidado se enfrenta al problema del abandono. Aquella ex fosa común ubicada en el Cementerio General, de no ser por la solidaria y coordinada acción de recuperación y limpieza llevada a cabo los primeros sábados de cada mes, estaría tan disonante como el resto de las fosas comunes (e inclusive patios de tierra) del Cementerio General.

Disonante con la monumentalidad de los mausoleos, que hicieron del cementerio un patrimonio arquitectónico antes que patrimonio de la memoria. No es de extrañar que el destino de los pobres sea un nicho de cemento o de tierra, y que la maleza, sin querer serlo, se convierta en la mejor aliada del abandono institucional.

La dimensión de las fosas comunes nos hace pensar en los expulsados del sistema, en los primeros NN que dentro del imaginario social son los habitantes por antonomasia de una fosa común: los así llamados indigentes, pacientes siquiátricos y los, famosos sin serlo, cuerpos no reclamados, desechados. Son Los Nadies de Galeano, que cuestan menos que la bala que los mata.

Hay, si se quiere, un correlato entre la vida, la muerte, la desaparición forzada y aquellos cuerpos destinados a permanecer anónimos en una fosa común. Y cementerios como el General, en tanto ciudades de los muertos (necrópolis), se encargan de prepararnos durante el camino con inmensas construcciones para los muertos, hasta llegar sin mucho asombro a los confines de tierra.

No es casual que a los desaparecidos de la dictadura los haya recibido, en este espacio de la muerte que es el Patio 29, todo este mundo de gente valiosa cuya muerte es tan política como las otras, sólo que tal vez más marginales y anónimos, pues sus primeros habitantes habían sido ya arrebatados de su identidad. Despojo originario que marca así la esencia de una fosa común: la condena del olvido.

El Patio 29, como fosa común, era el patio de los desechables, de los no reclamados, de los NN. Y la dictadura ocupó ese discurso para hacer desaparecer los cuerpos, utilizando un espacio que, antes de ser sometido a una política de desaparición forzada, condenaba al olvido a sus primeros habitantes anonimizados.

Todo esto es septiembre. Este viernes es 11, el siguiente ya es 18. Es el mes del tiempo. Su espacio, un patio, dónde los cuerpos e identidades permanecen hijas/hijos del despojo,  arrebatados una y otra vez de su descanso eterno. Tiempo, espacio y color: donde la batalla por la memoria, lucha incansable, dignificará sus muertes.

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La cueca sola, ayer y hoy.

Por: Paloma Vargas / Publicado: 10.09.2020 en Eldesconcierto.cl

La “cueca sola” es una de las más persistentes y emblemáticas manifestaciones culturales y de resistencia contra la dictadura militar. Su origen comienza desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos a fines de los años 70 y, al día de hoy, ha sido un testimonio tomado por las nuevas generaciones a través de los nuevos movimientos sociales.

A casi un año de la revuelta de octubre 2019, y a 50 años del aniversario de la Unidad Popular, las constantes denuncias a las violaciones de derechos humanos han tomado relevancia a través de distintas manifestaciones por justicia, verdad y castigo a los responsables políticos y materiales de estos crímenes de lesa humanidad. Una de las manifestaciones que ha tomado vigencia durante estos últimos años es la “cueca sola”, que se ha transformado en un dispositivo de denuncia contra la herencia dictatorial y la violencia machista en las últimas marchas por “Ni Una Menos”.

Recordamos que en la dictadura militar de Pinochet familiares de más de mil detenidos desaparecidos buscaron el paradero de sus seres queridos, mientras que el régimen negó y ocultó los cuerpos apelando a una Ley de Amnistía frente a los hechos ocurridos entre el 11 de septiembre de 1973 y marzo de 1978.

A 47 años de la dictadura cívico militar, apenas se ha revelado el paradero de 170 detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, siendo éste un secreto de Estado sellado por los gobiernos de la ex Concertación, luego de llegar al poder tras conversar con la élite nacional, compuesta entre militares, partidos políticos y empresarios.

Sin embargo, la constante pelea de los familiares de detenidos desaparecidos y sobrevivientes de la dictadura se ha vuelto un emblema de la lucha contra el olvido a través de distintas manifestaciones por la permanencia de memorias en disputa de una historia fragmentada. Así como “El Siluetazo” que utilizaron las Madres de la Plaza de Mayo junto a familiares de detenidos desaparecidos en Argentina para manifestarse desde una práctica artístico-política contra la dictadura de Jorge Rafael Videla, “la cueca sola” ha sido una danza de resistencia que comenzó en 1978 por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos ante el “oasis” de opresión y represión instalado en dictadura.

Esta singular danza -rescatada por el cantante británico Sting a fines de los 80, en su canción de protesta a Pinochet «They Dance Alone»- toma las raíces del baile nacional desde la ausencia del cuerpo de compañeros, amigos y familiares, denunciando los crímenes cometidos por la dictadura militar y, también hoy, por el reclamo de la presencia de las mujeres que han sido asesinadas durante estos últimos 10 años a través del reimpulso del movimiento feminista. La canción de Sting dice: «¿Por qué están aquí / Danzando solas? / ¿Por qué hay tristeza en sus miradas? / Hay soldados también ignorando su dolor / Porque desprecian el amor / Danzan con los muertos, los que ya no están / Amores invisibles no dejan de danzar».

La “cueca sola” se caracteriza por la contraposición al sentido festivo de la cueca, restituyendo la huella de un cuerpo ausente en una danza de a dos, la que nos interpela a la recuperación de nuestras memorias y los lazos de solidaridad que alguna vez nos arrebató la dictadura. En su lugar, la “cueca sola” expresa un ritual del duelo visibilizando la soledad, la espera y tristeza. Una politización del dolor que lo hace colectivo en las calles y espacios sociales, y que nos ubica en el lugar del desaparecido o de la víctima de un feminicidio para evitar que esta historia se repita.