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Haiku de metal

Laura Marina Panizo. 2016. “Haiku de Metal”. Obra seleccionada en el concurso “vivencias” de la Asociación Letras con Arte (CIF Nº G86911393) para formar parte una antología. Madrid, España.

Imaginé escuchar que tuvo tres nacimientos. Cuando su madre lo trajo, cuando un sorteo lo alistó, y cuando ella entró en su cuerpo a buscar un lugarcito cómodo y pequeño, para hacer arder, pero no matar. Eran dos las que llegaron y sólo una entró para quedarse. Desde ese tercer parto, fue creciendo una esencial contradicción: amar las tierras patrias/ odiar la guerra. Es en esa contradicción, que se aloja la esquirla. Migaja de la granada,  haiku de metal, astilla de guerra.

No la puede mostrar, pero la tiene. Está como si fuese un quiste que nadie quiere tocar para no avivar al resto. No la puede exhibir como quienes exponen sus trofeos de guerra en los museos o en los estantes de la habitación. Ella está encapsulada en el cuerpo del sobreviviente. Prisionera de guerra, también. Blanqueada en la radiografía. Vidriera del hospital.

Su madre, el sorteo (759) y la contradicción. Tres inicios del eterno retorno.  Y solo con el alma del tercero, su cuerpo se queda. Se queda con un alma/cuerpo que como su madre, tiene nombre de mujer. A veces sueña que la mira desde adentro. Otras veces ella lo sueña a él.  Llegar a ella es como penetrar la realidad. Entonces sueñan ambos que se respiran y se suceden.

Pero él despierta también, no sólo sueña. Despierta porque fue su compañero quien se llevó de la granada la mayor parte. Granada del enemigo. Pero…  ¿quién es “el enemigo”? se pregunta. Y al tiempo que pregunta arrastra en cada paso, las denuncias de los torturados en la guerra y en los centros clandestinos de detención.

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Por donde entra la mirada

Laura Marina Panizo. Editorial Alción. 2020

Dulce o amarga la yerba

tiembla en la boca

porque cuando uno bebe

se arrastra al antepasado

con la bombilla

y se lo besa.

Y cuando uno ceba

se abre el circuito del mana

(alma del intercambio)

y se sirve como en bandeja

la palabra.

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Un murmullo cada vez más alto

 Al Equipo Argentino de Antropología Forense.

Exhumación

donde la figura del árbol desplazado

opera sobre la palabra.

Y con tanta calidad

se invade la tierra

que se alza la posibilidad

de un nombre

como si se usara

en vez de pala

su sombra

para no dañar los restos.

Exhumación de cualidades

donde los datos se dilatan

sobre la extensión del día

donde los insectos distraídos

no dicen de quién saben comer

(se les ruega que hablen)

y se alejan.

Conducir los ojos

donde restauración y origen

conviven en el mismo sitio.

Oficio de la perfección:

cuando vienen los nombres

como pájaros

a reconocer sus propios cuerpos.

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Desapariciones

Los entierro cada día

deslumbrándolos.

Y se alza sagrada

mi palabra

para cercenar sus límites difusos.

Los nomino árbol, oquedal, pineda

porque soy incapaz

de verlos suspendidos.

Pero son ingobernables:

ligeros

como vegetales alados.

Los condenso

y los desplazo

en el mismo escalofrío.

¿Acaso los volveré a ver

en la próxima parada?

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Mirada azul

No es violento el mar.

Es violenta la noche

sobre el mar

                         y el baile distraído de la tierra

                         los buques de guerra

                         el hambre del pez

                         la culpa del hombre

                         las brisas y sus antepasados.

No es violento el mar

es violento ser ajeno

no saberse en él

y hacerse trizas

sólo con la sal de las pestañas.

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Quisieran ser

Los muertos

que no están

bien muertos

se dibujan

asimismo.

La misma cosecha

que los silencia

les regala plumas,

y se elevan al tiempo

que permanecen

sin vuelo.

Nosotros

que por vivir

dormimos

despertamos

en el gesto desgarrado

de sus alas.

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Por donde entra la mirada

Qué podemos hacer

nosotros

que sólo escribimos

después de la violencia

y cortamos de tajo

la hora

para sacarle el jugo.

Entremos

con la palabra

a la guerra

para poder volver.

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El viaje

A mi maestro Pablo Wright

El asombro es el lugar

donde a veces nos sentimos muy a gusto

aunque degollemos lo que es nuestro.

Y allí donde por instantes

perdemos casi todo,

caminamos entre los cuerpos decapitados

de las estructuras

y espiamos cuando ellas, los conceptos y otras aves

sin rostro y sin cabeza

se chocan, se expulsan, se irritan

 se amontonan.

Muchas veces sólo podemos escribir

sobre los paisajes que en el asombro encontramos.

No podemos sacar fotografías

ni posar para los ausentes.   

Y nos incorporamos al ambiente

y del ambiente salimos

algo tímidos y algo acomodados.

Y muchas veces

cuando volvemos a nuestras casas

traemos felizmente

bolsitas de celofán

con los conceptos decapitados.

Las cargamos entusiasmados

como si fueran suvenires

para obsequiar a nuestros padres

o a otros maestros inquietos y agraciados

de pasaportes esotéricos.

Porque al asombro llegamos

y de él volvemos

si nos enseñaron a viajar.