Categorías
Prensa

Neltume, sueños de poder popular: a 48 años del caso Liquiñe

Por: Paulo Cuadra | Publicado: 10.10.2021

https://www.eldesconcierto.cl/opinion/2021/10/10/neltume-suenos-de-poder-popular-a-48-anos-del-caso-liquine.html

12 de septiembre de 1973. Mientras Santiago se recuperaba del agitado día anterior, en la zona cordillerana de la Región de Los Ríos, se orquestaba el primer acto de resistencia armada en contra del naciente régimen militar. Un grupo de jóvenes del lugar, pertenecientes al MIR, se organizaba para rodear al retén policial de la localidad de Neltume y comenzar el ataque. Entre ellos se encontraba el célebre “Comandante Pepe”, gran líder político insurgente y revolucionario que posteriormente fue víctima de la Caravana de la Muerte. A pesar de no registrarse víctimas fatales de ese enfrentamiento armado, el régimen reaccionó con gran fuerza a ese intento de respuesta popular armada, a través de una serie de acciones de inteligencia militar asociadas a detenciones, ejecuciones y desapariciones de civiles. A esto se sumó, como motivo de alarma para el régimen, el hecho de que en esta zona se había demostrado una gran participación política del pueblo dentro de los procesos de reformas agrarias.

El Complejo Forestal y Maderero Panguipulli, ubicado en las cercanías del pueblo de Neltume, surgió a partir del proceso de tomas de predios y fábricas por parte de los trabajadores durante los primeros años de gobierno de la UP. Los trabajadores, de manera inédita, comenzaron a reclamar el control de los principales medios de producción del país. En la zona cordillerana de Valdivia llegaron a ser 22 los predios forestales tomados. El Estado hizo su parte y, sometido a las presiones de los sectores opositores, tomó cartas en el asunto y decidió expropiar estos fundos y estatizar las empresas productoras. Esto dio paso a la primera experiencia de poder popular en Chile con participación directa del Estado en el otorgamiento de poder de control y de planificación de la producción a los trabajadores.

Durante la madrugada del 10 de octubre de 1973 un convoy militar formado por un vehículo del Servicio Agrícola Ganadero (SAG), una ambulancia y un auto particular facilitado por el civil Luis García, se dirige al sector de Liquiñe y sus alrededores a realizar una serie de detenciones. El ministro Alejandro Solís, juez a cargo de una serie de casos emblemáticos de violaciones a derechos humanos, estableció que en estos hechos participaron efectivos de la Fuerza Aérea de Temuco junto con carabineros locales. Durante esas horas fueron detenidas 16 personas: quince trabajadores del Complejo Forestal y Maderero Panguipulli y una profesora de la escuela de Puerto Fuy. Todos fueron inculpados como sospechosos de participar del ataque al retén. Algunos fueron secuestrados de sus domicilios en la localidad de Liquiñe y otros detenidos directamente en su lugar de trabajo en el complejo.

Una vez realizadas las detenciones, los vehículos se agrupan en el cruce a Coñaripe y emprenden rumbo hacia Temuco. Al pasar por sobre el puente Rodrigo de Bastidas, que cruza el nacimiento del río Toltén en la ciudad de Villarrica, el convoy se detiene y se ordena la bajada de los 16 detenidos. Allí todos son formados, mientras permanecían amarrados y vendados. Estaba oscuro, nadie circulaba por las calles a esas horas, cuando de pronto una ráfaga de disparos rompió la calma del lugar: los 16 cayeron muertos sobre el puente. Acto seguido, a los uniformados se les instruyó lanzar los cuerpos al cauce del río, no sin antes amarrarlos a pesadas piedras para que no flotaran. No obstante, temprano por la mañana, boteros del lugar divisaron algunos cuerpos que fueron arrastrados hasta la orilla, quedando atrapados entre la vegetación. Cuando dieron aviso a Carabineros, estos les ordenaron empujar los cuerpos hacia el cauce del río perdiéndose en sus profundidades. El tránsito del puente fue cortado y se les ordenó a los bomberos limpiar la sangre acumulada en el sector. Hasta el día de hoy, ninguno de los cuerpos ha sido recuperado. Estos hechos son conocidos entonces como el “Caso Liquiñe”.

De esta manera el régimen militar puso fin al sueño de miles de trabajadores de ejercer el legítimo derecho de controlar sus destinos a través de la ejecución de un proyecto inédito de participación obrera en la producción nacional.

En una conversación con Raúl Lagos, hijo de Luis Lagos Torres, me describió cómo fueron los hechos previos a la desaparición de su padre. El día anterior ambos son detenidos y trasladados a Valdivia. Allí fueron golpeados e interrogados en busca de información sobre la emboscada al retén Neltume: “Nos tomaron en la casa y nos soltaron allá en Valdivia, nos llevaron a la fiscalía militar, ahí nos tenían presos”, señaló. Luego de eso fueron liberados bajo amenazas: “Ahí llegamos a nuestra casa. Estábamos más o menos tranquilos porque nos hicieron firmar una declaración jurada a todos los que estábamos ahí. Así que dijimos: con esta cuestión estamos libres ya. Pero igual, decía yo, mi papá no se encontraba muy tranquilo… y ahí como a las 11 de la noche llegan ellos…”. El relato de Raúl, como el de tantos otros familiares, se construye a partir del profundo dolor de una herida que no ha sanado.

Los intentos de impartir justicia, por parte del ministro Alejandro Solís, se vieron reflejados en su libro Plaza Montt-Varas sin número. Memorias del ministro Alejandro Solís, donde relató los hechos ocurridos, en cuya sentencia, dictada en enero de 2006, condenó al teniente coronel del Ejército Hugo Guerra Jorquera a la pena de 18 años de presidio mayor en su grado máximo, “la más alta fijada por violaciones a los derechos humanos hasta entonces”, y a pagar una indemnización de 250 millones de pesos en su calidad de autor de once delitos de secuestro calificado. También fue condenado el civil Luis Osvaldo García Guzmán, como autor del delito de secuestro calificado en la persona de Luis Armando Lagos Torres, a la pena de 5 años y 1 día de presidio mayor en su grado máximo. Sin embargo, la Corte Suprema, aplicando el estatuto de la media prescripción, otorgó a ambos individuos el beneficio de libertad vigilada. Ninguno de los culpables de este caso pasó un solo día en la cárcel.

El “Caso Liquiñe” se enmarca, como tantos otros casos de violaciones a los derechos humanos, dentro de un contexto de ensañamiento militar en contra de la clase trabajadora. La misma clase que durante los años previos había cumplido el sueño de controlar los medios de producción y equilibrar la balanza en base a la justicia social. La colaboración y/o participación de civiles en estos casos da cuenta de una suerte de venganza de parte de los latifundistas que habían sido afectados por la Reforma Agraria y las expropiaciones. El premio por su colaboración sería retribuido en forma de devolución de las tierras expropiadas, durante la contrarreforma agraria del régimen militar.

El involucramiento y la participación política de la clase trabajadora durante aquellos ajetreados años de la década del 70 remeció las bases tradicionales de la estructura social chilena, provocando un temor inédito en los sectores dominantes de la sociedad que sólo pudo ser apaciguado por el golpe de Estado y la sanguinaria dictadura posterior: las  Fuerzas Armadas, a través de un proceso orquestado por el imperialismo norteamericano y por la oligarquía chilena, devolvieron los beneficios a los poderosos en desmedro de un pueblo políticamente muy culto y, por ende, extremadamente peligroso para las élites de la época.

Neltume será recordado por la historia, como tantos otros casos, como un lugar donde se hicieron realidad los sueños de poder popular de la clase trabajadora. Hoy, a 48 años de ocurridos estos crímenes, recordamos a los 16 asesinados del río Toltén y a todas aquellas familias que debieron seguir adelante luchando contra el negacionismo y el odio que les arrebató a sus seres queridos: obreros y trabajadores que vivieron el sueño de ser dueños de su futuro.

De este modo, y considerando el contexto electoral actual, resulta prudente reivindicar la conciencia política que el pueblo chileno construyó previo a la dictadura e involucrarse en los procesos democráticos con los que contamos hoy en día. No da lo mismo quien gobierne, y quien lo haga debe luchar contra el negacionismo y los pactos de silencio de las cúpulas militares. Sólo así la sociedad chilena puede avanzar hacia la construcción de una memoria histórica con base en la verdad, justicia y reparación.

________________________________

Paulo Cuadra

Estudiante de Antropología Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del equipo de investigación del proyecto Fondecyt «Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, encabezado por la docente Laura Panizo.

Categorías
Prensa

Desenterrar la historia: recuperar a los desaparecidos en dictadura

Las conmemoraciones y las performances de resistencia en septiembre de cada año refrescan la memoria, transmiten los crímenes ocurridos en Chile a partir de un martes 11 de septiembre de 1973. Se recuerdan las privaciones arbitrarias de libertad, las ejecuciones masivas, los centros de tortura, las fosas clandestinas, los cuarteles, los lugares de exterminio de la vida, las inhumaciones ilegales, la persecución, los crímenes y asesinatos de todas y todos aquellos que no pudieron regresar a sus hogares y con sus familias.

A lo largo y ancho del territorio nacional son muchas las historias y, asimismo, las preguntas al respecto. Las verdades aún no son lo suficientemente claras, no hay justicia generalizada, no habría reparación posible, ni menos perdón ni olvido; las muertes no son transables. Fueron personas sometidas por las fuerzas represivas, atravesando la detención, el desplazamiento, la tortura, la muerte y el abandono a través del ocultamiento de los cuerpos.

Tomando en cuenta el universo de los casos que han sido denunciados, se estima que más de 35.000 personas fueron víctimas de la violencia política, la violencia política sexual y la constante violación de sus derechos humanos fundamentales. De estas, 2.095 fueron ejecutados y no se ha podido establecer la ubicación de alrededor de 1.102 detenidos desaparecidos. Es decir, más de mil casos y familias que en estos años han demandado y requerido la realización de procesos de búsquedas y la recuperación de los cuerpos.

La especificidad de este ambiente fue conformando experiencias traumáticas en las que la muerte impactó de manera brutal, ya que la condición de los desaparecidos –la ausencia de los cuerpos– conlleva a una falta sistemática de esclarecimientos y de verdades, puesto que, muertos bajo el contexto de asesinatos con motivos políticos, además de la paralización y desaparición de sus aparatos biológicos, se pretendió el desplazamiento y la eliminación total de sus identidades socioculturales. Esto rápidamente trajo consigo repercusiones y movilizaciones por parte de los familiares y parte de la población, en primer lugar, para saber las verdades sobre los hechos ocurridos, con los fines de recuperar los cuerpos de las detenidas y los detenidos desaparecidos. Para resolver las situaciones en que sus vidas fueron arrebatadas –las formas en cómo murieron–, para realizar una despedida y, de alguna manera, realizar los rituales mortuorios correspondientes. En conjunto de buscar vías para hacer justicia, para tener pruebas que faciliten la realización de procesos judiciales y la apelación de sentencias para los responsables directos e indirectos.

En este sentido, dentro del tratamiento político de muertes bajo aquel contexto de persecución y exterminio, quienes han cumplido un rol “vital” en el acompañamiento, colaboración y la reestructuración de las verdades y los procesos de búsqueda y la recuperación de sus cuerpos (o restos de ellos), son las y los profesionales forenses, que desentierran las omisiones y los intentos del olvido, por medio de lo que algunos han llamado la arqueología del terror.

En este marco, la desaparición forzada de personas constituye un hecho dramático, siniestro y devastador para aquellos en los que la violencia política y estatal se vio reflejada en múltiples planos sociales y personales. Los detenidos desaparecidos, los ejecutados políticos, los fusilados, exiliados, sus familiares y las personas que vivieron aquel fragmento histórico de dilemas institucionales, de masacres y de constantes violaciones a los derechos humanos, constituyen hechos marchitos en el que muchas personas se vieron obligadas y destinadas a vivir en la incertidumbre, el terror y el miedo.

A partir de ello, con el paso del tiempo, la labor y servicios forenses se han articulado con los familiares, a través de relaciones intersubjetivas brindando un soporte que posibilite devolverles a los restos humanos un nombre y reconstituirlos dentro del mundo social con el objetivo de darle fin –dentro de lo posible– a la incertidumbre de los y las familiares a través de soportes emocionales y vínculos afectivos. Con ello se materializan las identidades de los nombres sin cuerpos –desaparecidos– y se proporciona el derecho a su historia y su lugar en este país y en el mundo, con el derecho a su inhumación con el acompañamiento de sus seres queridos y la realización de las ceremonias mortuorias que cada familia estime conveniente.

Es importante recalcar que una de las cosas importantes para el desarrollo y continuidad de los procesos de búsqueda es la necesidad de ruptura de los pactos de silencio. Si bien se han realizado procesos de judicialización y criminalización, son variados y conocidos los casos de impunidad total o parcial. Aquellos victimarios, quienes cometieron los secuestros permanentes y responsables de crímenes atroces en el contexto de la dictadura, se encuentran en libertad, con arrestos domiciliarios o privados de libertad en “cárceles” de élite independientes como el Centro de Detención Preventiva y Cumplimiento Penitenciario Especial Punta Peuco, con privilegios que siguen dando cuenta de las desigualdades del país, en comparación con los demás centros penitenciarios.

Aún en la actualidad, a 48 años del comienzo de la dictadura, no se ha podido dar con el paradero de todas y todos los desaparecidos, por lo que la necesidad de hacer las investigaciones correspondientes sigue siendo más que imprescindible, en conjunto de su financiamiento, como la adquisición de las mejores herramientas y tecnologías para poder realizar las pericias. Las manifestaciones y los actos públicos cada año presionan por la necesidad de un conjunto de medidas y de políticas públicas reales y concretas que expresan las obligaciones del Estado frente a la desaparición forzada y posicionen los procesos de exhumación como un tema de alta importancia no sólo para los familiares, sino que también para la población en general.

El acto del desentierro, las exhumaciones y su reconocimiento son el resultado de procesos históricos y sociales. Su importancia se construye dentro de profundos cambios en los que la resolución de las búsquedas adquiere una significación propia, siendo entre otras cosas una sanación colectiva que se gesta a través de los vínculos que se han construido con los años, en los que se revaloran las diversas dimensiones afectivas y sentimentales del colectivo. Las y los detenidos desaparecidos, mientras tanto, permanecen como cuerpos anclados en una pena de esperanza, con duelos cerrados y suspendidos,  y se hacen presentes cada septiembre, en los recuerdos y sentimientos de sus familiares y del colectivo, invitando a pensar y sentir nuestra historia reciente, mirando atrás y pensando el futuro y la importancia de la búsqueda y recuperación de sus cuerpos para reconstruir y transformar aquellas acciones cometidas en manos de la institucionalidad que hasta hoy sigue violando los derechos humanos y causando la ruptura de importantes lazos.

___________________

Nicolás Riquelme Pastenes, Estudiante de Antropología en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Integrante del proyecto Fondecyt «Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, encabezado por la docente Laura Panizo.

Categorías
Prensa

Investigadora de la Escuela de Antropología UAHC vincula trabajo académico sobre la muerte con la poesía

Ritual de la muerte entre héroes y desaparecidos.

La antropóloga Laura Panizo, docente de la Escuela de Antropología UAHC, dialogó con el diario argentino Página 12 sobre su área de especialización relativo a la antropología de la muerte, los ritos fúnebres y sobre su obra poética, también vinculada a este trabajo de campo. Licenciada en Antropología Social y doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente, Panizo es investigadora del CONICET-IDAES y del proyecto Transfunerario (2020-2023) sobre rituales colectivos de re-inhumación en contextos postconflicto, de la ANR de Francia. Por la Academia, lleva a cabo el Proyecto Fondecyt “Cuerpos ausentes / cuerpos presentes: experiencias de familiares de detenidos – desaparecidos en Chile” y autora de los poemarios “Lo demás, rodea” y “Por donde entra la mirada”.

Desde su trabajo con el caso Argentino, se refiere a cómo hicieron los familiares de detenidos-desaparecidos para enfrentar la muerte en ausencia de cuerpo: “La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella: cuándo y cómo sucedió, y quiénes fueron los asesinos. Muchas veces, los familiares logran construir ciertas verdades acerca de lo sucedido, a partir de testimonios o procesos judiciales. Asimismo, se produce una apertura de la realidad y se encuentran caminos y formas de explicación posible. Los sueños y las apariciones, por ejemplo, dan mensajes y guían la acción de los familiares. La forma de tramitar los procesos de duelo dificultosos, en estos casos, depende mucho de cómo se ha tramitado la experiencia, y de los recursos a nivel social y familiar”.

-¿Qué características tienen esos procesos en el caso de los desaparecidos chilenos?

-Tratamos con procesos muy similares. Estamos hablando también de detenciones clandestinas, torturas, asesinatos y desapariciones en el marco de un terrorismo de Estado. Los familiares pasaron por los mismos procesos de búsqueda, primero de aparición con vida y luego de los cuerpos. Aparecen las mismas ambigüedades respecto a lo que implica la desaparición y también la obstaculización de las prácticas rituales. Lo que une a los familiares es esa búsqueda continua, ese dolor que guía e impulsa a la búsqueda de la verdad y la justicia. Ese reinventarse a través y por el amor. Asimismo, hay muchas diferencias en cuanto a las formas de denuncia y tramitación de la pérdida en el espacio público, que tienen que ver con la sociedad. Muchos símbolos dominantes se repiten, como el de cargar la foto de su familiar desaparecidos en el espacio público. Pero otros no.

Algo simbólico en Chile, que forma parte de sus prácticas rituales de memoria y denuncia, es el baile de la “Cueca sola”, donde la mujer baila “La cueca”, pero sola, expresando la ausencia de su compañero. Otra práctica que hace también a la identidad de muchos familiares es la realización de arpilleras. Con el bordado, las mujeres tramitan su pérdida, expresan sus emociones, cuentas sus historias y las llevan a la esfera pública. Pero también, como en todos los casos, muchos familiares no se integran en grupos de identidad ni encuentran espacios colectivos en los cuales estén acompañados y atendidos, y que brinden herramientas para expresar sus emociones colectivamente y tramitar las pérdidas.

Entre héroes y caídos

La pandemia del Covid-19 introdujo cambios en la forma de enfrentar la “mala muerte”, plantea la académica, quien cita su trabajo anterior con la antropóloga Valerie Robin Azevedo en torno a cómo las comunidades enfrentan las muertes extraordinarias, los duelos dificultosos u otros casos de muertes cercanas. “Los profesionales de salud, en este sentido, sumaron al objetivo de salvar vidas, las preocupaciones por el cuidado digno en los procesos del morir. Así, también los cientistas sociales y varios sectores de la sociedad comenzaron a poner en agenda el tema del derecho de la muerte digna y los cuidados paliativos, sumándose a las preocupaciones que hace años vienen teniendo muchos profesionales. En ese sentido, vale destacar el trabajo realizado por la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida del CONICET”, destaca.

-¿De qué modo tus experiencias en el trabajo de campo dialogan con tu producción poética?

-Desde que inicié la carrera, mi producción poética se vio influenciada por mi experiencia antropológica que es, por sobre todas las cosas, corporal. El trabajo de campo me enseña constantemente, me sorprende, me desestructura, me cuestiona. Se mete en mí cuerpo y de ahí no sale. Llevo en mi vida cotidiana mis angustias y la de los otros. Es inevitable. Y la poesía me permite expresar ese mar de emociones y experiencias de una forma que es imposible hacerlo en el escrito académico.

https://www.facebook.com/watch/?v=426321398699924

La poesía, como todo lo simbólico, condensa múltiples significados y emociones. Es sintética e inabarcable a la vez. Tal vez para mí sea catártica, como muchas veces lo es el ritual. Y también, como el ritual, transformadora e inacabada, ya que incluso en la poesía no dejo de preguntarme.

Panizo explica que “la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales habituales, como el velatorio, el entierro, la cremación y la despedida”, pero remarca que, al mismo tiempo, “esta obstaculización propone cambios, reconfiguraciones y nuevas prácticas para dar lugar a lo que queremos dar lugar, para denunciar, recordar, honrar y generar nuevos lazos”.

Categorías
Prensa

Equipo Fondecyt de Antropología recopila testimonios y memorias de familiares de víctimas de la dictadura

El equipo del proyecto Fondecyt N°11190259 “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”, Matías Rastelli y Paloma Vargas, adjudicado por la profesora de Antropología UAHC, Laura Panizo, publicó una sensible reflexión sobre la semiótica de la historia de detenidos/as desaparecidos/as y sus familiares. El texto, compartido por la Radio Universidad de Chile y que indaga en un asunto complejo e histórico que persiste en las democracias de Latinoamérica, conmemora también el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas determinado el 30 de agosto por la ONU a partir de 2010.  

Las imágenes de madres encadenadas, mujeres marchando en el frontis de La Moneda y una larga marcha cada 11 de septiembre nos interpela a un camino de retratos paralizados en el tiempo y diversas emociones en el cuerpo. El duelo suspendido de los familiares de detenidos desaparecidos por la Dictadura desató acciones invisibilizadas, tanto así que se generaron lazos que no se pueden romper porque la memoria se ha quedado “hasta la raíz”.

Este 30 de agosto se conmemora el Día Internacional del Detenido Desaparecido, fecha que desde el 2006 se celebra formalmente en nuestro país. Ya en la década de los años 80 la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM) instaló este día para unificar las demandas por verdad y justicia ante la desaparición forzada de 90.000 latinoamericanos (Corporación Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, 1997).

La represión de la Operación Cóndor dejó un saldo de cuatro millones de exiliados en el cono sur (Informe de DD.HH de Argentina, 1990), donde familias completas cambiaron sus vidas y nacionalidades para arrancar del terrorismo de Estado dirigido por Estados Unidos. Otras familias se quedaron, como las madres de Plaza de Mayo quienes hicieron del pañuelo un símbolo internacional de la lucha de las mujeres por los Derechos Humanos.

Mientras que en nuestro país, más de cuatro mil nombres se encuentran inscritos en el memorial del detenido desaparecido y ejecutado político del Cementerio General. En este sitio de memorias, la frase del poeta Raúl Zurita: “Todo mi amor está aquí y se ha quedado: pegado a las montañas, las rocas y el mar” inauguró el 26 de febrero de 1994 como un gesto simbólico de la “justicia a medida de lo posible”, consigna del gobierno de la transición del demócrata cristiano Patricio Aylwin.

Pese a que la deuda del Estado por las demandas de “justicia plena” de parte de las familiares ha sido truncada por el pacto de silencio de militares y civiles, la incansable lucha por la verdad y el reconocimiento ha sido transmitida a las siguientes generaciones. Las raíces, sostenidas por las agrupaciones y colectivos que comenzaron a entrelazarse y familiarizarse entre sí, generando una red que unificó a quienes se encontraban en búsqueda solitaria, la cual aportó en la contención emocional e incentivo económico hacia las miles de mujeres que se encontraban sin trabajo y sin un apoyo debido a la pérdida de sus seres queridos. Esto se tradujo en ventas de arpilleras, creación de comedores populares, ollas comunes y la conformación del grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

“No hay dolor inútil”, lleva por título un libro de experiencias de familiares de detenidos desaparecidos de la región del Bío- bío organizado por la AFDD de Concepción. El título expresa cómo la tristeza y la pena fueron un motor de cambio para las vidas de las esposas, madres, hijas y compañeras que perdieron a sus seres queridos durante la dictadura de Pinochet. Hablamos en femenino, porque la mayoría fueron mujeres quienes emprendieron la búsqueda en comisarías, regimientos, casas militantes y familiares. Algunas, incluso estando embarazadas, sin trabajo y sin apoyo, tomaron las fotografías de los desaparecidos y las clavaron en su pecho, marcando pasos, buscando pistas, viajando de un lado a otro a lo largo del país.

Una experiencia completamente estresante, frustrante y difícil para ellas. El cuidado de hijos y familiares, el trabajo y las reuniones se hicieron una rutina diaria que incluso postergó el dolor, la tristeza y la rabia en algunas. En otras ocasiones, también formaban parte de la rutina los golpes en la vía pública por un carabinero en el contexto de una marcha o inclusive, ser perseguida por agentes del Estado con seguimientos y allanamientos a cualquier hora del día.

Un testimonio hace visible la revictimización provocada por los agentes de Estado, la cual muchas veces terminaba en una tortura psicológica hacia las mujeres que se encontraban en la calle, exigiendo el cuerpo de sus familiares y justicia:

“La última detención que tuvimos fue traumática para mí porque nos subieron a un carro, nos anduvieron trayendo todo un día y nos daban vuelta. Al final nos perdimos del lugar de las calles dónde estábamos y en un momento los policías nos dijeron si teníamos hijos, nosotras dijimos que sí y nos pidieron que nos despidiéramos de nuestros hijos porque hasta ahí no más llegábamos”.

Quizás uno de los símbolos más relevantes y representativos para los familiares de los detenidos desaparecidos es portar una fotografía junto con el nombre del familiar, a veces también acompañados de un clavel rojo (o blanco según los casos). Con estas formas de visibilizar en la arena pública, desde la imagen, se vinculan los rostros con proyectos, sueños, trabajos, relaciones, y sobre todo, juventud. Una acción que invita a la reflexión y a ejercitar las memorias para dar continuidad a un período que fue truncado, marcando un antes y un después no solo en las familias y en nuestro país, si no en el mundo entero.

Este legado de lucha continúa y sigue presente, desde quiénes sobrellevaron el dolor creando agrupaciones, colectivos y diferentes expresiones artísticas. Como grupo de investigación acompañamos esta tristeza, frustración, dolor y rabia, y conmemoramos a quienes fueron torturados, ejecutados y desaparecidos por los agentes del Estado durante el periodo de la dictadura cívico-militar. Porque la raíz que se forjó en todos estos años de lucha por la verdad y justicia de los desaparecidos, hizo que las memorias de quienes sostuvieron la búsqueda sea inquebrantable y que esta se encuentre viva, construyendo lugares de memorias, construcción, transformación y participación de la historia invisibilizada. Con esta lucha, las raíces permitieron que el olvido nunca fuese una opción. Sin embargo, el negacionismo que hoy se expresa en el convencional UDI Jorge Arancibia, ex almirante de la Marina, es la impunidad que se arrastró durante los 30 años de “transición” a la democracia.

Hoy, acompañamos a quienes hacen visible nuestra historia y memoria, mediante la denuncia y acciones de cambio, en un contexto de estallidos sociales y conformación de una nueva constitución, donde es momento de pensar en las futuras generaciones, porque la esperanza es el sueño de los despiertos.

Artículo de Matías Rastelli y Paloma Vargas, integrantes del proyecto Fondecyt N° 11190259 “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”. Adjudicado por la Dra. en Antropología Social, Laura Marina Panizo, Investigadora del CONICET (UNSAM, Argentina). Docente de la carrera de Antropología UAHC.

Categorías
Prensa

La memoria desde las raíces: las experiencias de familiares de detenidos desaparecidos

Por Matías Rastelli y Paloma Vargas https://radio.uchile.cl/2021/08/30/la-memoria-desde-las-raices-las-experiencias-de-familiares-de-detenidos-desaparecidos/

Las imágenes de madres encadenadas, mujeres marchando en el frontis de La Moneda y una larga marcha cada 11 de septiembre nos interpela a un camino de retratos paralizados en el tiempo y diversas emociones en el cuerpo. El duelo suspendido de los familiares de detenidos desaparecidos por la Dictadura desató acciones invisibilizadas, tanto así que se generaron lazos que no se pueden romper porque la memoria se ha quedado “hasta la raíz”.

Este 30 de agosto, se conmemora el Día Internacional del Detenido Desaparecido, fecha que desde el 2006 se celebra formalmente en nuestro país. Ya en la década de los años 80 la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM) instaló este día para unificar las demandas por verdad y justicia ante la desaparición forzada de 90.000 latinoamericanos (Corporación Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, 1997).

La represión de la Operación Cóndor dejó un saldo de cuatro millones de exiliados en el cono sur (Informe de DD.HH de Argentina, 1990), donde familias completas cambiaron sus vidas y nacionalidades para arrancar del terrorirsmo de Estado dirigido por Estados Unidos. Otras familias se quedaron, como las madres de Plaza de Mayo quienes hicieron del pañuelo un símbolo internacional de la lucha de las mujeres por los Derechos Humanos.

Mientras que en nuestro país, más de cuatro mil nombres se encuentran inscritos en el memorial del detenido desaparecido y ejecutado político del Cementerio General. En este sitio de memorias, la frase del poeta Raúl Zurita: “Todo mi amor está aquí y se ha quedado: pegado a las montañas, las rocas y el mar” inauguró el 26 de febrero de 1994 como un gesto simbólico de la “justicia a medida de lo posible”, consigna del gobierno de la transición del demócrata cristiano Patricio Aylwin.

Pese a que la deuda del Estado por las demandas de “justicia  plena” de parte de las familiares ha sido truncada por el pacto de silencio de militares y civiles, la incansable lucha por la verdad y el reconocimiento ha sido transmitida a las siguientes generaciones. Las raíces, sostenidas por las agrupaciones y colectivos que comenzaron a entrelazarse y familiarizarse entre sí, generando una red que unificó a quienes se encontraban en búsqueda solitaria, la cual aportó en la contención emocional  e incentivo económico hacia las miles de mujeres que se encontraban sin trabajo y sin un apoyo debido a la pérdida de sus seres queridos. Esto se tradujo en ventas de arpilleras, creación de comedores populares, ollas comunes y la conformación del grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

“No hay dolor inútil”, lleva por título un libro de experiencias de familiares de detenidos desaparecidos de la región del Bío- bío  organizado por la AFDD de Concepción. El título expresa cómo la tristeza y la pena fueron un motor de cambio para las vidas de las esposas, madres, hijas y compañeras que perdieron a sus seres queridos durante la dictadura de Pinochet. Hablamos en femenino, porque la mayoría fueron mujeres quienes emprendieron la búsqueda en comisarías, regimientos, casas militantes y familiares. Algunas, incluso estando embarazadas, sin trabajo y sin apoyo, tomaron las fotografías de los desaparecidos y las clavaron en su pecho, marcando pasos, buscando pistas, viajando de un lado a otro a lo largo del país.

Una experiencia completamente estresante, frustrante y difícil para ellas. El cuidado de hijos y familiares, el trabajo y las reuniones se hicieron una rutina diaria que incluso postergó el dolor, la tristeza y la rabia en algunas. En otras ocasiones, también formaban parte de la rutina los golpes en la vía pública por un carabinero en el contexto de una marcha o inclusive, ser perseguida por agentes del Estado con seguimientos y allanamientos a cualquier hora del día.

Un testimonio hace visible la revictimización provocada por los agentes de Estado, la cual muchas veces terminaba en una tortura psicológica hacia las mujeres que se encontraban en la calle, exigiendo el cuerpo de sus familiares y justicia:

“La última detención que tuvimos fue traumática para mí porque nos subieron a un carro, nos anduvieron trayendo todo un día y nos daban vuelta. Al final nos perdimos del lugar de las calles dónde estábamos y en un momento los policías nos dijeron si teníamos hijos, nosotras dijimos que sí y nos pidieron que nos despidiéramos de nuestros hijos porque hasta ahí no más llegábamos”.

Quizás uno de los símbolos más relevantes y representativos para los familiares de los detenidos desaparecidos es portar una fotografía junto con el nombre del familiar, a veces también acompañados de un clavel rojo (o blanco según los casos). Con estas formas de visibilizar en la arena pública, desde la imagen, se vinculan los rostros con proyectos, sueños, trabajos, relaciones, y sobre todo, juventud. Una acción que invita a la reflexión y a ejercitar las memorias para dar continuidad a un período que fue truncado, marcando un antes y un después no solo en las familias y en nuestro país, si no en el mundo entero.

Este legado de lucha continúa y sigue presente, desde quiénes sobrellevaron el dolor  creando agrupaciones, colectivos y diferentes expresiones artísticas. Como grupo de investigación acompañamos esta tristeza, frustración, dolor y rabia, y conmemoramos a quienes fueron torturados, ejecutados y desaparecidos por los agentes del Estado durante el periodo de la dictadura cívico-militar. Porque la raíz que se forjó en todos estos años de lucha por la verdad y justicia de los desaparecidos, hizo que las memorias de quienes sostuvieron la búsqueda sea inquebrantable y que esta se encuentre viva, construyendo lugares de memorias, construcción, transformación y participación de la historia invisibilizada. Con esta lucha, las raíces permitieron que el olvido nunca fuese una opción. Sin embargo, el negacionismo que hoy se expresa en el convencional UDI Jorge Arancibia, ex almirante de la marina, es la impunidad que se arrastró durante los 30 años de “transición” a la democracia.

Hoy, acompañamos a quienes hacen visible nuestra historia y memoria, mediante la denuncia y acciones de cambio, en un contexto de estallidos sociales y  conformación de una nueva constitución, donde es momento de pensar en las futuras generaciones, porque la esperanza es el sueño de los despiertos.

Por Matías Rastelli y Paloma Vargas, integrantes del proyecto Fondecyt  N° 11190259 “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes: Experiencias de familiares de detenidos-desaparecidos en Chile”.

Categorías
Prensa

Sentir el patrimonio: entre una ley antidemocrática y el proceso constituyente

(*)El artículo fue realizado por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”,Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano. 

https://laneta.cl/sentir-el-patrimonio-entre-una-ley-antidemocratica-y-el-proceso-constituyente/

En este artículo escrito por estudiantes e investigadores del Proyecto “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”(*), de la escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano, se ahonda en la resignificación y descolonización del patrimonio, además de una lectura crítica a la ley de patrimonio cultural y un análisis a las memorias que se levantaron tras el “despertar” de la ciudadanía en octubre de 2019.

La fuerte aparición de candidatos independientes electos y el voto de castigo a los partidos tradicionales demostró la fuerza de los símbolos que se extendían en las calles durante las manifestaciones de la revuelta de octubre del 2019. Dentro de estos símbolos, la disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural (Boletín N° 12.712-24). 

Hoy, con nuevas caras a una Convención Constitucional, diversas interrogantes se instalan en la conformación de una nueva Carta Fundamental, una de ellas es el patrimonio y memoria. ¿Quiénes deciden sobre los recursos para conservar y exponer los elementos que nos identifican? o mejor dicho ¿Cómo es la forma más adecuada de iluminar, conservar y referir los diferentes espacios sentidos?

«La disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural».

El jueves pasado el proyecto de ley de Patrimonio Cultural fue aprobado por 7 votos contra 6 en la comisión de cultura de la cámara de diputados, un proyecto que se podría tildar de reaccionario a las memorias instaladas de la movilización de millones y pueblos originarios. Primero, porque cambia la composición del Consejo Nacional de Patrimonio donde la sociedad civil no es considerada como un actor fundamental y en su lugar se encuentran académicos y funcionarios del gobierno. Una postura completamente antidemocrática, que no busca la participación sino la resignación, sobre todo de la voz indígena, ausente desde la discusión de este proyecto de ley(1) y también en su aplicación, pues no tendrán representación en el futuro Consejo Nacional del Patrimonio Cultural. 

Otro aspecto a considerar es que el proyecto de ley pretende cambiar las categorías de protección, cambiando la definición de “sitio de memoria” al separarla de la categoría de Derechos Humanos desde la eliminación del informe y requerimiento previo emitido por la subsecretaría de Derechos Humanos. Si bien, a simple vista pareciera ampliar esta categoría desde su autonomía, lo cierto es que la coarta al no vincular el reconocimiento del Estado con los crímenes de lesa humanidad cometidos ayer y hoy.

Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad.

Es así como vemos, en este contexto actual, cómo se entrelaza la institucionalidad estatal promotora de un proceso democrático inédito, con aquella misma institucionalidad que corrompe la democracia que pregona y levanta barreras a la representatividad de la sociedad civil. Por un lado, vemos la irrupción de “lo popular” y su triunfo electoral, en relación a la gran cantidad de escaños logrados por candidatos independientes en la convención. Como también el importante precedente que significa la paridad de género, algo nunca antes ocurrido en ningún proceso constitucional del mundo, y la presencia asegurada de representantes de pueblos indígenas que buscarán instaurar la plurinacionalidad en Chile. Mientras que, por otro lado, somos testigos de cómo se busca apartar a la sociedad civil de su posición fundamental con la tramitación de la nueva ley de patrimonio cultural.

«Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad».

Según Prats (1997), el patrimonio es un artificio ideado por un colectivo en algún lugar y momento. Se trata de una representación simbólica de la identidad de una sociedad determinada cuya intención busca crear una realidad con sentido propio. Esta identidad se descontextualiza y recontextualiza según la legitimación social y así lo vimos venir masivamente en octubre del 2019.

Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los iconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad. La expresión política, artística y cultural de los manifestantes cuestionó la validez y transformó la retórica de los monumentos y del patrimonio material cultural, causando una intervención estética de espacios comunes, y la necesidad de legitimar un nuevo legado como objeto en la construcción de la memoria histórica.

«Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los íconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad».

Un ejemplo de ello fue la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Baquedano) como epicentro de las movilizaciones en la capital nacional, donde cada viernes se intentaba derribar o dañar la imagen de la estatua del general Manuel Baquedano, lo cual llevó a que el Consejo de Monumentos Nacionales ordenara el retiro de la estatua del epicentro de las manifestaciones. Como sostiene la académica y antropóloga Francisca Márquez, los derribamientos de monumentos, contra monumentos o monumentos insurrectos nos recuerdan también que los relatos de la nación se hacen también de dolorosa subalternidad. Se trata de la actualización una y otra vez de la Plaza, la cual desdibuja el sueño higienista y monumental que impone el colonialismo europeo, republicano y patriarcal a cambio de la transgresión y desmonumentalización de iconos de la historia oficial (Márquez, Colimil, Landeros, Martínez, 2020). Así, detrás del retiro de la estatua aparece por un lado un cambio político como señala Verdery (1999), la estatua del famoso al ser retirada cambia de su temporalidad y de la protección de la historia oficial. En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad. Un ejemplo de nuestro sentir colectivo y la aparición de un lugar de memorias es el colorido memorial de Mauricio Fredes en la esquina de Alameda con Irene Morales, el cual se ha instalado como un espacio de emociones y memorias de lucha en conmemoración al obrero de la construcción asesinado por la policía.

Por otro lado, a través de estas acciones, en donde se proyectan los proyectos políticos ideológicos de los grupos (ibid.) se ponen en escena diferentes formas de sentir, manifestar, purificar, y hacer catarsis. Douglas (1973) sostiene que la restricción está destinada a proteger lo profano, donde el acto de ensuciar y profanar consiste en la instalación del desorden, o, mejor dicho, en la instalación de un nuevo orden simbólico.

«En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad».

Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego. 

La quema de estaciones de metro, grandes cadenas de supermercados, comisarías, vehículos policiales, y los escombros convertidos en barricadas, no solamente traen consigo la evidente imagen de la destrucción, sino un sentido político de transformación y purificación de un espacio que causa rechazo, cuyo fuego es sinónimo de resignificación. Forma parte de una performance de resistencia milenaria y un elemento movilizador que se reproduce y expande en diversos escenarios. Así, cada vez que prende, se configura como un elemento central de alta integración simbólica que transmite y estimula emociones y reflexiones sobre la historia y entre otras cosas, sobre el dilema de las dimensiones representativas de la institucionalidad.  

Durante la revuelta, en las cercanías de Plaza de la Dignidad distintos espacios de entretención y memoria actuaron como un centro de asistencia y resistencia de símbolos. Estos espacios se convirtieron (o reconvirtieron) en nuevos lugares de memoria. Uno de ellos fue el Centro Cultural Gabriela Mistral, que en 1972 el gobierno de Allende inauguró como sede para la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (UNTAC) y que durante el Golpe fue ocupado como centro de operaciones del régimen, bautizándose bajo el nombre Edificio Diego Portales. Durante el gobierno de Michelle Bachelet el edificio se levantó como centro cultural después de un gran incendio, siendo un espacio de la juventud y también de punto de encuentros de marchas y manifestaciones. También, un espacio de memorias ha sido Londres 38, centro de detención y exterminio de la DINA, el cual tuvo un rol importante en la resignificación simbólica de las demandas de la rebelión con la consigna “toda la verdad, toda la justicia” ante los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el último gobierno de Sebastián Piñera. En el periodo de revuelta Londres 38 funcionó como un centro de asistencia médica para los manifestantes heridos y también como un espacio de activismo político y social, apropiándose de distintos tiempos en un solo lugar. Un palimpsesto de memorias.

El contenido político de estos lugares de memoria se ha diferenciado de los sitios de memoria que han sido instalados por el régimen o gobiernos de turno para legitimar un discurso hegemónico(2). Los lugares de memoria, al contrario, resignifican y hacen presente la ausencia desde el espacio público con el uso, desuso y abuso del contexto convulso (García, 2020).

«Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego».

Las resignificaciones y descolonización de nuestro patrimonio y nuestras memorias se han levantado con el “despertar” de millones desde octubre de 2019, junto con ello las historias se tejen en arpilleras de barrios y poblaciones contra la represión policial como en la comuna de Peñalolén, bailan la cueca sola cada 11 de septiembre con pañuelos verdes en algún sitio donde queramos recordar a quienes quisieron ausentar o también viaja al corazón del Wallmapu en un movimiento subterráneo de tomas de tierras ancestrales. Es decir, las historias entran en escena a través de las emociones y se expresan políticamente en un lugar. Se tejen, se bailan, golpean, derriban, construyen y hacen del pasado y del presente espacios públicos de despliegue de la memoria colectiva y social. Hoy, quizás, después de la ebullición de emociones a partir del estallido social, tengamos la posibilidad de reflexionar con mayor profundidad sobre nuestras acciones para interpretar el pasado, dar lugar al presente sentido y construir nuevos saberes para el futuro patrimonial. 

Pie de página:

1.De acuerdo con el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, ratificado por Chile en el año 2008, señala que debe existir una consulta indígena ante cualquier proyecto que provoque una afectación directa en cualquier aspecto sobre la vida de los pueblos indígenas.

2.Los sitios de memoria son los lugares donde ocurrieron asesinatos o ejecuciones extrajudiciales, procedimientos previos a la desaparición forzada de personas, o donde se ejerció la tortura y la prisión política. Algunos otros simbolizan simbolizan también para la comunidad o familiares, el recuerdo de esos hechos (IPPDH, 2012). Así, los sitios de memoria son definidos por un vínculo entre la evocación y la historia, realizado por quienes dan significado al lugar, y que se expresa en placas, grutas, señales y otras marcas. En este universo de espacios diversos están aquellos reconocidos por el Estado como lugares de violaciones a los derechos humanos y, dentro de ellos, los definidos como monumentos históricos (informe anual del INDH del 2018). 

3.Se agradece la atenta lectura de Francisca Márquez y de Adriana Goñi Godoy.

Referencias mencionadas: 

Douglas, M. (1973) Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Siglo XXI. España. 

García, C. (2020) Caminar el presente, intervenir el pasado: de lugares a espacios de memoria. Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 27 / 2020 / 7-20

Márquez, F; Colimil, M; Jara, D; Landeros, V; Martínez, C. (2020). Paisaje de la Protesta en Plaza Dignidad de Santiago, Chile. Revista Chilena de Antropología 42: 112-145

Prats, L. (1997). Antropología y Patrimonio (A. Antropología, Ed.). Barcelona.

Verdery, K (1999) The Political Lives of Dead Bodies. Reburial and Postsocialist Change .

Categorías
Prensa

Laura Panizo. Ritual de muerte entre héroes y desaparecidos

Entrevista

Por Gabriela Naso, en

https://www.pagina12.com.ar/338511-laura-panizo-ritual-de-muerte-entre-heroes-y-desaparecidos

La antropóloga, investigadora del CONICET y poeta analiza los obstáculos y reconfiguraciones de los procesos de duelo dificultosos del pasado reciente y da cuenta del abordaje de esas experiencias, en un diálogo entre el trabajo de campo y la producción artística.

Los rituales son fundamentales. A través de ellos tramitamos colectivamente las crisis, los cambios de estados, nos ajustamos a esos cambios, nos expresamos, nos acompañamos, compartimos y, también, nos diferenciamos”, sostiene la antropóloga, investigadora del CONICET y poeta Laura Panizo, quien desde hace 19 años trabaja sobre temas vinculados a la muerte, con foco en situaciones violentas y extraordinarias.

En conversación con el Suplemento Universidad, Panizo explica que “la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales habituales, como el velatorio, el entierro, la cremación y la despedida”, pero remarca que, al mismo tiempo, “esta obstaculización propone cambios, reconfiguraciones y nuevas prácticas para dar lugar a lo que queremos dar lugar, para denunciar, recordar, honrar y generar nuevos lazos”.

Licenciada en Antropología Social y doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente es investigadora del CONICET-IDAES y del proyecto Transfunerario (2020-2023) sobre rituales colectivos de re-inhumación en contextos postconflicto, de la ANR de Francia. También es docente de la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y de la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Como poeta, publicó los libros “Lo demás, rodea” y “Por donde entra la mirada”.

Su prosa, investigaciones y trabajo de campo se articulan con la producción poética, como modos distintos y complementarios de interpretar y describir lo social.

-En el caso argentino, ¿cómo hicieron los familiares de detenidos-desaparecidos para enfrentar la muerte en ausencia de cuerpo?

-La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella: cuándo y cómo sucedió, y quiénes fueron los asesinos. Muchas veces, los familiares logran construir ciertas verdades acerca de lo sucedido, a partir de testimonios o procesos judiciales. Asimismo, se produce una apertura de la realidad y se encuentran caminos y formas de explicación posible. Los sueños y las apariciones, por ejemplo, dan mensajes y guían la acción de los familiares. La forma de tramitar los procesos de duelo dificultosos, en estos casos, depende mucho de cómo se ha tramitado la experiencia, y de los recursos a nivel social y familiar.

-¿Qué características tienen esos procesos en el caso de los desaparecidos chilenos?

-Tratamos con procesos muy similares. Estamos hablando también de detenciones clandestinas, torturas, asesinatos y desapariciones en el marco de un terrorismo de Estado. Los familiares pasaron por los mismos procesos de búsqueda, primero de aparición con vida y luego de los cuerpos. Aparecen las mismas ambigüedades respecto a lo que implica la desaparición y también la obstaculización de las prácticas rituales. Lo que une a los familiares es esa búsqueda continua, ese dolor que guía e impulsa a la búsqueda de la verdad y la justicia. Ese reinventarse a través y por el amor. Asimismo, hay muchas diferencias en cuanto a las formas de denuncia y tramitación de la pérdida en el espacio público, que tienen que ver con la sociedad.

Muchos símbolos dominantes se repiten, como el de cargar la foto de su familiar desaparecidos en el espacio público. Pero otros no. Algo simbólico en Chile, que forma parte de sus prácticas rituales de memoria y denuncia, es el baile de la “Cueca sola”, donde la mujer baila “La cueca”, pero sola, expresando la ausencia de su compañero. Otra práctica que hace también a la identidad de muchos familiares es la realización de arpilleras. Con el bordado, las mujeres tramitan su pérdida, expresan sus emociones, cuentas sus historias y las llevan a la esfera pública. Pero también, como en todos los casos, muchos familiares no se integran en grupos de identidad ni encuentran espacios colectivos en los cuales estén acompañados y atendidos, y que brinden herramientas para expresar sus emociones colectivamente y tramitar las pérdidas.

Entre héroes y caídos

-En el caso de los caídos en Malvinas, ¿cómo fueron tramitadas esas muertes por los familiares? ¿Observás similitudes y/o diferencias con los familiares de los detenidos-desaparecidos?

-En ambos casos, estamos hablando de muertes violentas en el marco de una dictadura militar, donde la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales tradicionales y los familiares se enfrentan a ciertas ambigüedades respecto a la información sobre lo acontecido. Pero el reconocimiento o legitimidad social sobre las muertes es muy distinto. No solamente desde el Estado, sino también desde diferentes sectores de la sociedad. Entonces, las herramientas y los recursos para tramitar las muertes son diferentes. En el caso de Malvinas, las figuras de héroe y del sacrificio fueron fundamentales para que los familiares se enfrenten a la muerte, a pesar de la ausencia del cuerpo, a través de diferentes prácticas.

-¿Cómo es la relación con los caídos por parte de los familiares y de los excombatientes?

-En ambos casos son relaciones muy importantes, pero que se construyen a partir de hitos diferentes. En el caso de los familiares, estamos hablando de una relación que se construyó antes de la guerra y en donde esa historia de vida previa jugó un rol fundamental, también, para el entendimiento de la muerte. El caso de los excombatientes, se trata de una relación de camaradería con los caídos que se construyó en el campo de batalla. Ellos vieron morir a sus compañeros, a quienes en muchos casos tuvieron que enterrar. No hay historia previa, pero sí un querer contar a partir de la guerra. Por otro lado, está la relación que el excombatiente tiene con su propia muerte, porque después de la experiencia de guerra los sentidos sobre la vida y la muerte cambiaron.

Tenemos una cantidad muy grande de excombatientes que, sin haber sido familiares, han impulsado las identificaciones de los caídos, movidos por el lazo de camaradería. Se trata de un reclamo fundamentado en la búsqueda de la verdad y la dignidad. Más allá de que para muchos familiares y excombatientes la dignidad refiere a los cuidados que se hicieron en el cementerio en general y a prácticas que rinden culto a los caídos en la vida cotidiana, para otros la dignidad requiere reconvertir las muertes que entienden como violentas, injustas o evitables, porque el sacrificio no se concibe como voluntario, sino impuesto. Entonces, una de las mejores formas de reconvertir eso es a través del derecho a la verdad y la identidad.

“La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella”.

-¿La pandemia de covid-19 introdujo cambios en la forma de enfrentar la “mala muerte”?

-Como dijimos con mi colega Valerie Robin Azevedo, quienes no formábamos parte de esa comunidad que se ha venido enfrentando a las muertes extraordinarias y duelos dificultosos, u otros casos de muertes cercanas, sentimos por primera vez que la muerte podía tocar la puerta de nuestra casa. Y el miedo o indignación frente a la soledad, o la muerte indigna en el morir, pasó a ocupar un lugar central en los imaginarios y representaciones de quienes vemos ese tipo de muerte como realidad posible.

Los profesionales de salud, en este sentido, sumaron al objetivo de salvar vidas, las preocupaciones por el cuidado digno en los procesos del morir.

Así, también los cientistas sociales y varios sectores de la sociedad comenzaron a poner en agenda el tema del derecho de la muerte digna y los cuidados paliativos, sumándose a las preocupaciones que hace años vienen teniendo muchos profesionales. En ese sentido, vale destacar el trabajo realizado por la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida del CONICET.

Un abordaje poético

-¿De qué modo tus experiencias en el trabajo de campo dialogan con tu producción poética?

-Desde que inicié la carrera, mi producción poética se vio influenciada por mi experiencia antropológica que es, por sobre todas las cosas, corporal. El trabajo de campo me enseña constantemente, me sorprende, me desestructura, me cuestiona. Se mete en mí cuerpo y de ahí no sale. Llevo en mi vida cotidiana mis angustias y la de los otros. Es inevitable. Y la poesía me permite expresar ese mar de emociones y experiencias de una forma que es imposible hacerlo en el escrito académico. La poesía, como todo lo simbólico, condensa múltiples significados y emociones. Es sintética e inabarcable a la vez. Tal vez para mí sea catártica, como muchas veces lo es el ritual. Y también, como el ritual, transformadora e inacabada, ya que incluso en la poesía no dejo de preguntarme.

-En tanto expresión artística, ¿la poesía contribuye a reparar las heridas que tenemos como sociedad en relación con nuestra historia reciente?

-Claro que sí, y en varias dimensiones. Primero, a nivel más colectivo. Es otra forma de comunicación que nos acerca, en mi caso, al pasado reciente. Pero también a nivel más personal. En mi época de estudiante, a punto de iniciar mi investigación sobre los desaparecidos, leí la tesis doctoral de Ludmila da Silva Catela sobre los desaparecidos de La Plata y recogí, entre muchas de sus contribuciones, el hecho de trascribir las entrevistas en su totalidad y pasárselas a los familiares para que ellos objetivasen su discurso. Fue algo que nunca dejé de hacer. Entendí la importancia del texto, de la puesta de la experiencia en la escritura, como herramienta de reconstrucción de identidades, al igual que el acto de testimoniar. La poesía también juega ese rol, aunque trate al mismo tiempo de la experiencia mía y la del otro.

Categorías
Prensa

Nunca más bailando solas: A 43 años del 8 de marzo de 1978 que visibilizó la lucha de las mujeres contra los crímenes de la Dictadura.

Por Equipo de Investigación Fondecyt de iniciación 2019 “CUERPOS AUSENTES / CUERPOS PRESENTES: EXPERIENCIAS DE FAMILIARES DE DETENIDOS- DESAPARECIDOS EN CHILE», radicado en la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Publicado: 8 de marzo 2021

http://www.academia.cl/comunicaciones/noticias/nunca-mas-bailando-solas-a-43-anos-del-8-de-marzo-de-1978-que-visibilizo-la-lucha-de-las-mujeres-contra-los-crimenes-de-la-dictadura

Desde el equipo de investigación queremos saludar a todas las mujeres que se han enfrentado a distintos episodios de violencia. A quienes dentro de la acción colectiva y desde el movimiento de mujeres y por los derechos humanos han mantenido la memoria viva de nuestro pasado y presente.

Un 8 de marzo de 1978 en el Teatro Caupolicán, el grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) da a conocer por primera vez la manifestación de la cueca sola en señal de protesta por la aparición con vida de sus seres queridos. El acto organizado por la Asociación Nacional de Empleadas Particulares junto con los Departamentos Femeninos de las distintas Federaciones de Trabajadores puso en evidencia la lucha de las mujeres en marco al año por los derechos humanos convocado por la Iglesia Católica de Santiago.

Con esta manifestación y tantas otras, desde los orígenes del Golpe de Estado de 1973 y hasta la actualidad, las mujeres sobrevivientes, familiares, amigas y compañeras de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, han puesto su cuerpo, espíritu y energías, contra el negacionismo e impunidad del régimen heredado por la dictadura militar.

Detrás de la extensa búsqueda se tejieron redes, rondas y nudos de resistencias que se pueden evidenciar en la conformación de lazos de solidaridad a través de la integración de ellas en diversos grupos de identidad (comités de cesantes, grupos folclóricos y arpilleristas) en dónde se evidencian las experiencias vividas durante la Dictadura.

Yo lo que más siento es que la familia se desintegró de sobremanera”, señala la hermana de un detenido desaparecido recordando el dolor de su madre durante las noches de toque de queda. Otro relato de una hermana de un detenido desaparecido relata la experiencia que tuvo desde pequeña en una “ratonera” conviviendo algunos días con los agentes del Estado, mientras su madre era obligada a ofrecerles comida y lavado de ropa a los represores.

También recordamos a las mujeres sobrevivientes, militantes y compañeras que testimonian su experiencia, quienes fueron carne de ajusticiamientos brutales, donde el juez y parte muchas veces fue la cicatriz patriarcal por “involucrarse donde no debían”. A las terceras generaciones, quienes escuchando los relatos de ellas y otros prisioneros volvimos a patear las piedras en octubre del 2019 y continuamos exigiendo el juicio y castigo para los responsables políticos y materiales de las violaciones a los derechos humanos de ayer y hoy.

La palabra resiliencia queda pequeña para estas mujeres. Ellas, las luchadoras del duelo, las que vieron sus núcleos familiares destruirse y trabajaron para reconstruir/construir viejos/nuevos lazos. Ellas, las que continúan la búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia, a pesar de los 50 años de pacto de silencio.  Ellas, las de la primera, segunda, y tercera generación, que han crecido en la sublime herencia de esta búsqueda tripartita. Queremos saludarlas y apoyar su huelga, su grito o su silencio.  Acunamos el hilo de la historia que están tejiendo con los nombres de sus compañeras que han fallecido en la lucha y en la espera. Paro, arte, memoria, duelo. Acompañamos una vez más el movimiento transcendente de la ronda y nos sumamos a las diversas manifestaciones para el día internacional de la mujer:  las recordamos, nos recordamos y continuamos tejiendo, para que nunca más, bailen solas.

Categorías
Prensa

Sobre Nubia, y “Una mujer en Villa Grimaldi”

Columna de Laura Panizo, publicada en The Clinic

“Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él”.

“Yo no puedo leer este libro. Soy cobarde, no me atrevo aún a abrirlo y leer lo que está ahí escrito, a pesar de que han pasado más de cuarenta años de los que en Una Mujer en Villa Grimaldi se cuenta”. Así empieza la edición 2018 del libroque Betzie Jaramillo no había podido leer. No había podido porque la tortura y el exterminio en la dictadura de Pinochet había cambiado su vida para siempre. Cambió su vida, porque Betzie, es hija de Nubia Becker. Y Nubia Becker es esa mujer de Villa Grimaldi.

Leí esas íntimas palabras de Betzie y dudé sobre avanzar con la lectura. Sentía temor en hacerlo. Lo sentía porque sabía que en el libro iba a encontrar dolor por sobre todas las cosas. Dolor y sufrimiento iban a ser inevitablemente los estados que debía atravesar la lectura. Entonces decidí, antes de continuar, volver a la imagen de Nubia cuando la conocí. Hicimos un conversatorio organizado por los chicos del Museo de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi. Fui a contar mi trayectoria de investigación sobre la experiencia de familiares de desaparecidos bajo la última dictadura militar en la Argentina y las preguntas e hipótesis que guiaban el proyecto de investigación en Chile. Fui muy agradecida por estar escoltada de Paloma, Nico, y Mati, los estudiantes que desde que se unieron al proyecto han acompañado en este difícil y enriquecedor recorrido. Estábamos los cuatro, muy inquietados por cómo podía resultar esta experiencia de “conversar” con familiares de desaparecidos y ex detenidos. Y el resultado para nosotros fue tan asombroso como alentador. No podía haber sucedido en un contexto mejor. Con el exquisito desayuno que prepararon los chicos del museo. Con la cálida y sumamente grata presencia de familiares y sobrevivientes que compartieron sus experiencias, se conocieron, re conocieron, lloraron y se rieron también. Pero sobre todo, el encuentro había sido en ese espacio simbólicamente denso: el lugar de la tortura y exterminio. El lugar de los temblores, los gritos, los dolores, los miedos, la muerte y la supervivencia.

Nubia estaba ahí, en el conversatorio.  Recuerdo cuando la vi llegar, esbelta y con un caminar pausado. Se sentó silenciosamente para escuchar y compartir. Y con la misma delicadeza y armonía de su cuerpo, se fue. Recuerdo que su figura se fue perdiendo lentamente en ese espacio habitado. Tiempo después con Nubia tuvimos una conversación desde nuestras computadoras. Recordarla a Nubia en Villa Grimaldi y recordarla después de nuestra charla me dio muchas fuerzas para continuar con la lectura del libro. Decidí avanzar a pesar del temor porque Nubia estaba ahí, tenía todavía su lugar en el mundo. Había sobrevivido a las detenciones y las torturas y había sobrevivido a los años que le siguieron a esa experiencia traumática. Nubia había sobrevivido y escribió su historia, editada tres veces bajo un seudónimo. Pero finalmente, en el 2018, aparece la primera edición en la que sale del anonimato. Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él.

Como dice Raúl Zurita, en el prólogo del libro, la escritura de Nubia es una prueba irrefutable, de que a pesar de la “portentosidad del mal”, de lo inconsolable de la muerte y el asesinato, de lo asfixiante de la tortura, la “fragilidad de nuestros cuerpos golpeados” es “indestructible” porque es “solidaria de todas las fragilidades de esta tierra”. La escritura de Nubia, da cuenta de la capacidad de aquello que llamamos “humano”, dice Zurita, la capacidad de levantar en medio del suplicio y la muerte las increíbles imágenes del amor. Este miércoles un día para recordar y resistir la violencia contra la mujer. Y por eso, nada mejor que dar cuenta, a través del libro, de los comportamientos “crueles” del hombre torturador “excitado por la violencia”.  Nada mejor para mí, que escribir en este día sobre este libro. La escritura desde una mujer y su cuerpo torturado y violentado. La escritura después de las situaciones límite, la escritura del trauma, del sacrificio y la resistencia. La escritura a través de la cual Nubia desentierra la humanidad del pozo en el cual se la había sumergido. La levanta tirando del hilo de la ternura de ese “hombre milagroso”, Osvaldo, de quien se aferró en el encierro y se aferra hasta el día de hoy. Nubia saca a la humanidad del pozo y su escritura nos demuestra una vez más que sí puede haber poesía después de Auschwitz. Porque ella, esbelta, silenciosa, dulce, delicada y mujer, se transformó en poema, para poder caminar después de la tortura por el parque de Villa Grimaldi. Nubia transformó el dolor, más allá del sufrimiento y, como todo poema, llegó al conversatorio con extraordinaria elocuencia y se fue de él dejando en mí, múltiples sensaciones.

* Laura Marina Panizo es investigadora del CONICET (IDAES-Argentina), directora del proyecto FONDECYT “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes” (https://lamuerteyelmorir.com/, Escuela de Antropología, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile) y docente colaboradora del Magíster en Antropologías Latinoamericanas de la Universidad Alberto Hurtado  (Chile).

Categorías
Prensa

Tejiendo redes: Mujeres, rondas y nudos de resistencia frente a la violencia en familiares y víctimas de la represión

Por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”, Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Publicado en Le Monde Diplomatique

En cada reunión que tenemos como equipo de investigación nos preguntamos por la forma adecuada de abordar la violencia. Cómo preguntar, acompañar, “atender”, entender y producir conocimiento cuando lo que atraviesa cada palabra, cada gesto, cada intervención artística, cada política de las memorias, cada manifestación, cada ritual de recuperación de cuerpo, es el sentir de la experiencia traumática. Nos preguntamos cómo seguir, cuando ya estamos en el camino, porque cuando tratamos de conocer y entender las experiencias de los familiares de los detenidos desaparecidos de la dictadura de Pinochet, sentimos que el dolor mueve las agujas del reloj de cada encuentro. ¿Para qué? También nos preguntamos ¿De qué sirve llegar, entrar a lo sensible, conocer, describir, interpretar si no generamos al menos un puente entre sus historias, las otras y las nuestras? 

Este 25 de noviembre se conmemora un nuevo aniversario del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En este pequeño homenaje intentamos responder algunos de esos por qué y para qué. Porque hoy el puente, que lleva de cuerpo en cuerpo dolores arrastrados, pretende proyectar la sensibilidad acumulada en el trabajo de campo para que, las que “se juegan” como nos dijo Nubia Becker (una de las mujeres víctimas de tortura y vejaciones en los centros clandestinos de detención), lo sigan haciendo, sabiendo que “son muchas” en “esta ronda”. Muchas con conciencia política y voluntad de acción, que a pesar de las diferencias sociales interpelan el negacionismo y la impunidad. Muchas son las que resignifican la historia familiar de las víctimas del Estado, permaneciendo alejadas de la conformidad y la resignación.

El 25 de noviembre se conmemora la fecha en que las hermanas Mirabal fueron asesinadas por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. El motivo de esta conmemoración comienza reconociendo el carácter político de la violencia contra la mujer ante el aleccionamiento de las tres hermanas Mirabal, quienes eran activistas sociales. Las nombramos a ellas y vienen las imágenes de las ejecutadas, ex detenidas, esposas, hermanas, hijas y madres de desaparecidos y ejecutados de la dictadura de Pinochet.

Pensamos en ellas porque en Chile, la dictadura de Pinochet aleccionó a las mujeres activistas sociales y militantes bajo la tortura sexual, la violación, la ejecución y la desaparición forzada. Un tipo de violencia específica, sistemática, dirigida e intencionada: la violencia política sexual contra la mujer disidente, la que contravino la norma de la mujer-doméstica y se convirtió en mujer-política, mujer-comandanta, mujer del pueblo. Mujer castigada, torturada por la dictadura. Mujer sobreviviente, presente.

Violencia y violación de la integridad corporal y sexualidad de las mujeres, dirigidas por agentes del Estado (especialmente la DINA) en los distintos centros clandestinos de Detención Selectiva (periodo 1974-1977), como Londres 38, Tres y Cuatro Álamos y la Venda Sexy o “la discoteca”. Este último el más doliente, donde la tortura sexual con perros amaestrados y violación por parte de los torturadores, también tuvieron rostro y nombre de mujer: Ingrid Olderock. Ella, siniestra, ex mayor de carabineros, se hizo conocida por la forma de torturar y violentar político-sexualmente a las prisioneras con su perro Volodia, entrenado para violar a las presas políticas.

Pensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunPensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunidad durante los 30 años de transición de una democracia cuestionable.

Traemos a ellos, nuestros interlocutores en el trabajo de campo, y recordamos las historias otras víctimas de público conocimiento: la de Lumi Videla, militante del MIR, cuyo cuerpo torturado fue arrojado a la embajada de Italia en noviembre de 1974; la de Marta Neira, detenida desaparecida por reivindicar los derechos sexuales y reproductivos con la promoción de la píldora anticonceptiva en la portada de la revista Ramona; la de Carmen Gloria Quintana, quien sufrió graves quemaduras tras ser rociada con gasolina por patrullas de militares en una protesta nacional contra la dictadura en 1986; la de la profesora militante del Partido Comunista, Marta Ugarte, a quien la prensa empresarial encubría su muerte llamando su asesinato un “crimen pasional”, mientras que su cuerpo hablaba de los terroríficos vuelos de la muerte. Todas ellas, mujeres activistas y militantes junto a quienes tomaron la “militancia de la búsqueda” verdad y justicia han sido de alguna y otra manera violentadas por agentes estatales e institucionales.

Hilamos “historias” y seguimos construyendo puentes, cuando leemos las duras palabras de Nubia Becker en su libro[1] cuando describe a los guardias en su detención clandestina. Los relata riéndose brutal y cruelmente de ella al verla desnuda, débil, totalmente manipulada, mientras le chorreaban entre sus piernas la sangre de su menstruación. No lo vivimos nosotros “en carne propia” pero somos capaces de evocar esa imagen de piernas de mujer. Hasta podemos, las mujeres del proyecto, sentir la humedad entre nuestras propias piernas, tras las vendas de la historia en el pasillo de la humillación. Nos empoderamos entonces con esa imagen de mujer, golpeada, violentada, despreciada, pero sosteniéndose de ese hilo que teje la ronda.

Y entonces, al tiempo que retenemos esa y tantas imágenes que no podemos soltar, engrandecemos y visualizamos la lista de las múltiples formas en que el Estado ejerció una violencia especifica contra las mujeres en su condición de mujer. Reproducimos la lista con imágenes y experiencias y nos volvemos a preguntar, cómo entrar y salir de la violencia. Y seguimos entonces generando puentes.

Lo hacemos porque hoy, la misma violencia que denunció el movimiento feminista latinoamericano de la década de los ochenta y que llevó a reivindicar el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer en la ONU, se refleja en los motores del MEMCH-83 con la demanda contra la precarización de la vida tras la crisis económica de 1982 y la exigencia de una democracia en Chile. A esto último se sumó la exigencia a la democracia desde las casas, aludiendo al término de la violencia machista en ámbitos privados.

La lucha contra la violencia estructural que visibilizó el movimiento internacional de mujeres con la performance “Un violador en tu camino” del colectivo Las Tesis, en noviembre del año pasado, hace referencia a la discusión contra los discursos culturales de la violencia machista, la cual no se traduce solamente con la violencia individualizada, sino también a la violencia estatal con represión, torturas, lesiones y asesinatos hacia activistas sociales; la precarización de las condiciones de vida con la inestabilidad laboral, los bajos salarios y la crisis de los cuidados junto con la permanente cifra de femicidios y la violencia interior del hogar que se prolonga como una respuesta de parte de este sistema de doble explotación y opresión.

Tomamos así, el dolor de nuestro registro etnográfico y buscamos reproducir la consigna “No estamos todas, faltan las asesinadas”. Alzamos en este texto, entonces, las demandas de medidas de protección por parte del Estado que hoy no son suficientes ya que van aumentando los casos de femicidios consumados y frustrados. Seguimos haciendo puentes porque no dejamos de preguntarnos cómo acompañar, “atender” y producir conocimiento, cuando lo que atraviesa cada registro es el sentir de las experiencias traumáticas. En Chile, la demanda por la liberación de las y los presos políticos nuevamente cae en manos de familiares y activistas, muchas de ellas son las madres quienes vieron por última vez salir a sus hijos a las calles el 18 de octubre del 2019. Ellas, a causa de la persecución sistemática hacia la protesta y lucha social, y de la privación de la libertad, son distorsionadas de su flujo cotidiano dando origen a un cambio en el ambiente familiar. Nuevamente con el ejercicio ilegítimo del poder hegemónico, como consecuencia del arresto, el Estado somete a un amplio sector de la población y se debe asumir la adaptación a un proceso condensado de pena, rabia y de contención en el que las actividades del hogar se transforman y suscitan bajo el sufrimiento, la angustia y por, sobre todo, la esperanza.

Nos preguntamos por la violencia y damos cuenta de que la intención de quebrar, romper, fraccionar, las identidades y comunidades genera por el contrario la construcción de nuevos lazos, nuevas banderas de lucha, que se asientan con fines de corromper las condenas y cadenas de la prisión, la tortura y la muerte. Entonces nos sostenemos en la red de relaciones para seguir generando nudos de resistencia que tiendan puentes y las nombramos a todas ellas para abrazarlas en la misma ronda. Las traemos aquí para que sigan tejiendo el movimiento colectivo de sangre, memoria y amor, ese de hacerse fuerte por y a pesar de la silla vacía, el clavel rojo y la humedad entre las piernas.

[1] Nubia Becker, “Una Mujer en Villa Grimaldi”, El Garaje Ediciones, 2020, Madrid.

Agradecemos la valiosa lectura de Francisca Fernández antes de su publicación.