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Sentir el patrimonio: entre una ley antidemocrática y el proceso constituyente

(*)El artículo fue realizado por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”,Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano. 

https://laneta.cl/sentir-el-patrimonio-entre-una-ley-antidemocratica-y-el-proceso-constituyente/

En este artículo escrito por estudiantes e investigadores del Proyecto “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”(*), de la escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano, se ahonda en la resignificación y descolonización del patrimonio, además de una lectura crítica a la ley de patrimonio cultural y un análisis a las memorias que se levantaron tras el “despertar” de la ciudadanía en octubre de 2019.

La fuerte aparición de candidatos independientes electos y el voto de castigo a los partidos tradicionales demostró la fuerza de los símbolos que se extendían en las calles durante las manifestaciones de la revuelta de octubre del 2019. Dentro de estos símbolos, la disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural (Boletín N° 12.712-24). 

Hoy, con nuevas caras a una Convención Constitucional, diversas interrogantes se instalan en la conformación de una nueva Carta Fundamental, una de ellas es el patrimonio y memoria. ¿Quiénes deciden sobre los recursos para conservar y exponer los elementos que nos identifican? o mejor dicho ¿Cómo es la forma más adecuada de iluminar, conservar y referir los diferentes espacios sentidos?

«La disputa de poder en el espacio público se desplegó en diferentes aristas del patrimonio con nuevos lugares de memoria, o en la resignificación de viejos espacios. Estos emblemas e iconos de lucha continúan en disputa y se reflejan en el cuestionado proyecto de ley de patrimonio cultural».

El jueves pasado el proyecto de ley de Patrimonio Cultural fue aprobado por 7 votos contra 6 en la comisión de cultura de la cámara de diputados, un proyecto que se podría tildar de reaccionario a las memorias instaladas de la movilización de millones y pueblos originarios. Primero, porque cambia la composición del Consejo Nacional de Patrimonio donde la sociedad civil no es considerada como un actor fundamental y en su lugar se encuentran académicos y funcionarios del gobierno. Una postura completamente antidemocrática, que no busca la participación sino la resignación, sobre todo de la voz indígena, ausente desde la discusión de este proyecto de ley(1) y también en su aplicación, pues no tendrán representación en el futuro Consejo Nacional del Patrimonio Cultural. 

Otro aspecto a considerar es que el proyecto de ley pretende cambiar las categorías de protección, cambiando la definición de “sitio de memoria” al separarla de la categoría de Derechos Humanos desde la eliminación del informe y requerimiento previo emitido por la subsecretaría de Derechos Humanos. Si bien, a simple vista pareciera ampliar esta categoría desde su autonomía, lo cierto es que la coarta al no vincular el reconocimiento del Estado con los crímenes de lesa humanidad cometidos ayer y hoy.

Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad.

Es así como vemos, en este contexto actual, cómo se entrelaza la institucionalidad estatal promotora de un proceso democrático inédito, con aquella misma institucionalidad que corrompe la democracia que pregona y levanta barreras a la representatividad de la sociedad civil. Por un lado, vemos la irrupción de “lo popular” y su triunfo electoral, en relación a la gran cantidad de escaños logrados por candidatos independientes en la convención. Como también el importante precedente que significa la paridad de género, algo nunca antes ocurrido en ningún proceso constitucional del mundo, y la presencia asegurada de representantes de pueblos indígenas que buscarán instaurar la plurinacionalidad en Chile. Mientras que, por otro lado, somos testigos de cómo se busca apartar a la sociedad civil de su posición fundamental con la tramitación de la nueva ley de patrimonio cultural.

«Esta desvinculación de la agencia del Estado no solo en el resguardo de los sitios de memoria frente a atentados negacionistas, sino en relación a su responsabilidad en la violación a los derechos humanos, neutraliza, en el proyecto de ley, el carácter político de los sitios de memoria y denota aún más la necesidad de una política pública por la memoria, la justicia y la verdad».

Según Prats (1997), el patrimonio es un artificio ideado por un colectivo en algún lugar y momento. Se trata de una representación simbólica de la identidad de una sociedad determinada cuya intención busca crear una realidad con sentido propio. Esta identidad se descontextualiza y recontextualiza según la legitimación social y así lo vimos venir masivamente en octubre del 2019.

Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los iconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad. La expresión política, artística y cultural de los manifestantes cuestionó la validez y transformó la retórica de los monumentos y del patrimonio material cultural, causando una intervención estética de espacios comunes, y la necesidad de legitimar un nuevo legado como objeto en la construcción de la memoria histórica.

«Durante los meses de rebelión, símbolos, signos, ritos y costumbres se transformaron al alero de las movilizaciones. Se derribaron estatuas y bustos de los íconos de la opresión estatal, como las estatuas de militares y empresarios, las cuales fueron exhibidas en el centro de las plazas de cada ciudad».

Un ejemplo de ello fue la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Baquedano) como epicentro de las movilizaciones en la capital nacional, donde cada viernes se intentaba derribar o dañar la imagen de la estatua del general Manuel Baquedano, lo cual llevó a que el Consejo de Monumentos Nacionales ordenara el retiro de la estatua del epicentro de las manifestaciones. Como sostiene la académica y antropóloga Francisca Márquez, los derribamientos de monumentos, contra monumentos o monumentos insurrectos nos recuerdan también que los relatos de la nación se hacen también de dolorosa subalternidad. Se trata de la actualización una y otra vez de la Plaza, la cual desdibuja el sueño higienista y monumental que impone el colonialismo europeo, republicano y patriarcal a cambio de la transgresión y desmonumentalización de iconos de la historia oficial (Márquez, Colimil, Landeros, Martínez, 2020). Así, detrás del retiro de la estatua aparece por un lado un cambio político como señala Verdery (1999), la estatua del famoso al ser retirada cambia de su temporalidad y de la protección de la historia oficial. En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad. Un ejemplo de nuestro sentir colectivo y la aparición de un lugar de memorias es el colorido memorial de Mauricio Fredes en la esquina de Alameda con Irene Morales, el cual se ha instalado como un espacio de emociones y memorias de lucha en conmemoración al obrero de la construcción asesinado por la policía.

Por otro lado, a través de estas acciones, en donde se proyectan los proyectos políticos ideológicos de los grupos (ibid.) se ponen en escena diferentes formas de sentir, manifestar, purificar, y hacer catarsis. Douglas (1973) sostiene que la restricción está destinada a proteger lo profano, donde el acto de ensuciar y profanar consiste en la instalación del desorden, o, mejor dicho, en la instalación de un nuevo orden simbólico.

«En este nuevo paisaje sin la estatua Baquedano, cambiaron el orden político de un entorno que llevaba su nombre y es ahora en su ausencia que, sin más remedio para sus detractores, ratificaron la esencia, el nombre y el simbolismo de la Plaza Dignidad».

Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego. 

La quema de estaciones de metro, grandes cadenas de supermercados, comisarías, vehículos policiales, y los escombros convertidos en barricadas, no solamente traen consigo la evidente imagen de la destrucción, sino un sentido político de transformación y purificación de un espacio que causa rechazo, cuyo fuego es sinónimo de resignificación. Forma parte de una performance de resistencia milenaria y un elemento movilizador que se reproduce y expande en diversos escenarios. Así, cada vez que prende, se configura como un elemento central de alta integración simbólica que transmite y estimula emociones y reflexiones sobre la historia y entre otras cosas, sobre el dilema de las dimensiones representativas de la institucionalidad.  

Durante la revuelta, en las cercanías de Plaza de la Dignidad distintos espacios de entretención y memoria actuaron como un centro de asistencia y resistencia de símbolos. Estos espacios se convirtieron (o reconvirtieron) en nuevos lugares de memoria. Uno de ellos fue el Centro Cultural Gabriela Mistral, que en 1972 el gobierno de Allende inauguró como sede para la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (UNTAC) y que durante el Golpe fue ocupado como centro de operaciones del régimen, bautizándose bajo el nombre Edificio Diego Portales. Durante el gobierno de Michelle Bachelet el edificio se levantó como centro cultural después de un gran incendio, siendo un espacio de la juventud y también de punto de encuentros de marchas y manifestaciones. También, un espacio de memorias ha sido Londres 38, centro de detención y exterminio de la DINA, el cual tuvo un rol importante en la resignificación simbólica de las demandas de la rebelión con la consigna “toda la verdad, toda la justicia” ante los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el último gobierno de Sebastián Piñera. En el periodo de revuelta Londres 38 funcionó como un centro de asistencia médica para los manifestantes heridos y también como un espacio de activismo político y social, apropiándose de distintos tiempos en un solo lugar. Un palimpsesto de memorias.

El contenido político de estos lugares de memoria se ha diferenciado de los sitios de memoria que han sido instalados por el régimen o gobiernos de turno para legitimar un discurso hegemónico(2). Los lugares de memoria, al contrario, resignifican y hacen presente la ausencia desde el espacio público con el uso, desuso y abuso del contexto convulso (García, 2020).

«Aunque ese acto profundo, político, de rechazar y destruir la herencia monumental opresiva y empresarial no se hizo únicamente mediante el derribamiento de estatuas, sino también a través de la catarsis iconoclasta del fuego».

Las resignificaciones y descolonización de nuestro patrimonio y nuestras memorias se han levantado con el “despertar” de millones desde octubre de 2019, junto con ello las historias se tejen en arpilleras de barrios y poblaciones contra la represión policial como en la comuna de Peñalolén, bailan la cueca sola cada 11 de septiembre con pañuelos verdes en algún sitio donde queramos recordar a quienes quisieron ausentar o también viaja al corazón del Wallmapu en un movimiento subterráneo de tomas de tierras ancestrales. Es decir, las historias entran en escena a través de las emociones y se expresan políticamente en un lugar. Se tejen, se bailan, golpean, derriban, construyen y hacen del pasado y del presente espacios públicos de despliegue de la memoria colectiva y social. Hoy, quizás, después de la ebullición de emociones a partir del estallido social, tengamos la posibilidad de reflexionar con mayor profundidad sobre nuestras acciones para interpretar el pasado, dar lugar al presente sentido y construir nuevos saberes para el futuro patrimonial. 

Pie de página:

1.De acuerdo con el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, ratificado por Chile en el año 2008, señala que debe existir una consulta indígena ante cualquier proyecto que provoque una afectación directa en cualquier aspecto sobre la vida de los pueblos indígenas.

2.Los sitios de memoria son los lugares donde ocurrieron asesinatos o ejecuciones extrajudiciales, procedimientos previos a la desaparición forzada de personas, o donde se ejerció la tortura y la prisión política. Algunos otros simbolizan simbolizan también para la comunidad o familiares, el recuerdo de esos hechos (IPPDH, 2012). Así, los sitios de memoria son definidos por un vínculo entre la evocación y la historia, realizado por quienes dan significado al lugar, y que se expresa en placas, grutas, señales y otras marcas. En este universo de espacios diversos están aquellos reconocidos por el Estado como lugares de violaciones a los derechos humanos y, dentro de ellos, los definidos como monumentos históricos (informe anual del INDH del 2018). 

3.Se agradece la atenta lectura de Francisca Márquez y de Adriana Goñi Godoy.

Referencias mencionadas: 

Douglas, M. (1973) Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Siglo XXI. España. 

García, C. (2020) Caminar el presente, intervenir el pasado: de lugares a espacios de memoria. Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 27 / 2020 / 7-20

Márquez, F; Colimil, M; Jara, D; Landeros, V; Martínez, C. (2020). Paisaje de la Protesta en Plaza Dignidad de Santiago, Chile. Revista Chilena de Antropología 42: 112-145

Prats, L. (1997). Antropología y Patrimonio (A. Antropología, Ed.). Barcelona.

Verdery, K (1999) The Political Lives of Dead Bodies. Reburial and Postsocialist Change .

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Laura Panizo. Ritual de muerte entre héroes y desaparecidos

Entrevista

Por Gabriela Naso, en

https://www.pagina12.com.ar/338511-laura-panizo-ritual-de-muerte-entre-heroes-y-desaparecidos

La antropóloga, investigadora del CONICET y poeta analiza los obstáculos y reconfiguraciones de los procesos de duelo dificultosos del pasado reciente y da cuenta del abordaje de esas experiencias, en un diálogo entre el trabajo de campo y la producción artística.

Los rituales son fundamentales. A través de ellos tramitamos colectivamente las crisis, los cambios de estados, nos ajustamos a esos cambios, nos expresamos, nos acompañamos, compartimos y, también, nos diferenciamos”, sostiene la antropóloga, investigadora del CONICET y poeta Laura Panizo, quien desde hace 19 años trabaja sobre temas vinculados a la muerte, con foco en situaciones violentas y extraordinarias.

En conversación con el Suplemento Universidad, Panizo explica que “la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales habituales, como el velatorio, el entierro, la cremación y la despedida”, pero remarca que, al mismo tiempo, “esta obstaculización propone cambios, reconfiguraciones y nuevas prácticas para dar lugar a lo que queremos dar lugar, para denunciar, recordar, honrar y generar nuevos lazos”.

Licenciada en Antropología Social y doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente es investigadora del CONICET-IDAES y del proyecto Transfunerario (2020-2023) sobre rituales colectivos de re-inhumación en contextos postconflicto, de la ANR de Francia. También es docente de la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y de la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Como poeta, publicó los libros “Lo demás, rodea” y “Por donde entra la mirada”.

Su prosa, investigaciones y trabajo de campo se articulan con la producción poética, como modos distintos y complementarios de interpretar y describir lo social.

-En el caso argentino, ¿cómo hicieron los familiares de detenidos-desaparecidos para enfrentar la muerte en ausencia de cuerpo?

-La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella: cuándo y cómo sucedió, y quiénes fueron los asesinos. Muchas veces, los familiares logran construir ciertas verdades acerca de lo sucedido, a partir de testimonios o procesos judiciales. Asimismo, se produce una apertura de la realidad y se encuentran caminos y formas de explicación posible. Los sueños y las apariciones, por ejemplo, dan mensajes y guían la acción de los familiares. La forma de tramitar los procesos de duelo dificultosos, en estos casos, depende mucho de cómo se ha tramitado la experiencia, y de los recursos a nivel social y familiar.

-¿Qué características tienen esos procesos en el caso de los desaparecidos chilenos?

-Tratamos con procesos muy similares. Estamos hablando también de detenciones clandestinas, torturas, asesinatos y desapariciones en el marco de un terrorismo de Estado. Los familiares pasaron por los mismos procesos de búsqueda, primero de aparición con vida y luego de los cuerpos. Aparecen las mismas ambigüedades respecto a lo que implica la desaparición y también la obstaculización de las prácticas rituales. Lo que une a los familiares es esa búsqueda continua, ese dolor que guía e impulsa a la búsqueda de la verdad y la justicia. Ese reinventarse a través y por el amor. Asimismo, hay muchas diferencias en cuanto a las formas de denuncia y tramitación de la pérdida en el espacio público, que tienen que ver con la sociedad.

Muchos símbolos dominantes se repiten, como el de cargar la foto de su familiar desaparecidos en el espacio público. Pero otros no. Algo simbólico en Chile, que forma parte de sus prácticas rituales de memoria y denuncia, es el baile de la “Cueca sola”, donde la mujer baila “La cueca”, pero sola, expresando la ausencia de su compañero. Otra práctica que hace también a la identidad de muchos familiares es la realización de arpilleras. Con el bordado, las mujeres tramitan su pérdida, expresan sus emociones, cuentas sus historias y las llevan a la esfera pública. Pero también, como en todos los casos, muchos familiares no se integran en grupos de identidad ni encuentran espacios colectivos en los cuales estén acompañados y atendidos, y que brinden herramientas para expresar sus emociones colectivamente y tramitar las pérdidas.

Entre héroes y caídos

-En el caso de los caídos en Malvinas, ¿cómo fueron tramitadas esas muertes por los familiares? ¿Observás similitudes y/o diferencias con los familiares de los detenidos-desaparecidos?

-En ambos casos, estamos hablando de muertes violentas en el marco de una dictadura militar, donde la ausencia del cuerpo obstaculiza los rituales tradicionales y los familiares se enfrentan a ciertas ambigüedades respecto a la información sobre lo acontecido. Pero el reconocimiento o legitimidad social sobre las muertes es muy distinto. No solamente desde el Estado, sino también desde diferentes sectores de la sociedad. Entonces, las herramientas y los recursos para tramitar las muertes son diferentes. En el caso de Malvinas, las figuras de héroe y del sacrificio fueron fundamentales para que los familiares se enfrenten a la muerte, a pesar de la ausencia del cuerpo, a través de diferentes prácticas.

-¿Cómo es la relación con los caídos por parte de los familiares y de los excombatientes?

-En ambos casos son relaciones muy importantes, pero que se construyen a partir de hitos diferentes. En el caso de los familiares, estamos hablando de una relación que se construyó antes de la guerra y en donde esa historia de vida previa jugó un rol fundamental, también, para el entendimiento de la muerte. El caso de los excombatientes, se trata de una relación de camaradería con los caídos que se construyó en el campo de batalla. Ellos vieron morir a sus compañeros, a quienes en muchos casos tuvieron que enterrar. No hay historia previa, pero sí un querer contar a partir de la guerra. Por otro lado, está la relación que el excombatiente tiene con su propia muerte, porque después de la experiencia de guerra los sentidos sobre la vida y la muerte cambiaron.

Tenemos una cantidad muy grande de excombatientes que, sin haber sido familiares, han impulsado las identificaciones de los caídos, movidos por el lazo de camaradería. Se trata de un reclamo fundamentado en la búsqueda de la verdad y la dignidad. Más allá de que para muchos familiares y excombatientes la dignidad refiere a los cuidados que se hicieron en el cementerio en general y a prácticas que rinden culto a los caídos en la vida cotidiana, para otros la dignidad requiere reconvertir las muertes que entienden como violentas, injustas o evitables, porque el sacrificio no se concibe como voluntario, sino impuesto. Entonces, una de las mejores formas de reconvertir eso es a través del derecho a la verdad y la identidad.

“La ausencia del cuerpo no solo impide u obstaculiza los rituales de muerte, sino que también imposibilita un claro reconocimiento, social e individual, de la muerte en sí y todo lo relacionado con ella”.

-¿La pandemia de covid-19 introdujo cambios en la forma de enfrentar la “mala muerte”?

-Como dijimos con mi colega Valerie Robin Azevedo, quienes no formábamos parte de esa comunidad que se ha venido enfrentando a las muertes extraordinarias y duelos dificultosos, u otros casos de muertes cercanas, sentimos por primera vez que la muerte podía tocar la puerta de nuestra casa. Y el miedo o indignación frente a la soledad, o la muerte indigna en el morir, pasó a ocupar un lugar central en los imaginarios y representaciones de quienes vemos ese tipo de muerte como realidad posible.

Los profesionales de salud, en este sentido, sumaron al objetivo de salvar vidas, las preocupaciones por el cuidado digno en los procesos del morir.

Así, también los cientistas sociales y varios sectores de la sociedad comenzaron a poner en agenda el tema del derecho de la muerte digna y los cuidados paliativos, sumándose a las preocupaciones que hace años vienen teniendo muchos profesionales. En ese sentido, vale destacar el trabajo realizado por la Red de Cuidados, Derechos y Decisiones en el final de la vida del CONICET.

Un abordaje poético

-¿De qué modo tus experiencias en el trabajo de campo dialogan con tu producción poética?

-Desde que inicié la carrera, mi producción poética se vio influenciada por mi experiencia antropológica que es, por sobre todas las cosas, corporal. El trabajo de campo me enseña constantemente, me sorprende, me desestructura, me cuestiona. Se mete en mí cuerpo y de ahí no sale. Llevo en mi vida cotidiana mis angustias y la de los otros. Es inevitable. Y la poesía me permite expresar ese mar de emociones y experiencias de una forma que es imposible hacerlo en el escrito académico. La poesía, como todo lo simbólico, condensa múltiples significados y emociones. Es sintética e inabarcable a la vez. Tal vez para mí sea catártica, como muchas veces lo es el ritual. Y también, como el ritual, transformadora e inacabada, ya que incluso en la poesía no dejo de preguntarme.

-En tanto expresión artística, ¿la poesía contribuye a reparar las heridas que tenemos como sociedad en relación con nuestra historia reciente?

-Claro que sí, y en varias dimensiones. Primero, a nivel más colectivo. Es otra forma de comunicación que nos acerca, en mi caso, al pasado reciente. Pero también a nivel más personal. En mi época de estudiante, a punto de iniciar mi investigación sobre los desaparecidos, leí la tesis doctoral de Ludmila da Silva Catela sobre los desaparecidos de La Plata y recogí, entre muchas de sus contribuciones, el hecho de trascribir las entrevistas en su totalidad y pasárselas a los familiares para que ellos objetivasen su discurso. Fue algo que nunca dejé de hacer. Entendí la importancia del texto, de la puesta de la experiencia en la escritura, como herramienta de reconstrucción de identidades, al igual que el acto de testimoniar. La poesía también juega ese rol, aunque trate al mismo tiempo de la experiencia mía y la del otro.

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Nunca más bailando solas: A 43 años del 8 de marzo de 1978 que visibilizó la lucha de las mujeres contra los crímenes de la Dictadura.

Por Equipo de Investigación Fondecyt de iniciación 2019 “CUERPOS AUSENTES / CUERPOS PRESENTES: EXPERIENCIAS DE FAMILIARES DE DETENIDOS- DESAPARECIDOS EN CHILE», radicado en la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Publicado: 8 de marzo 2021

http://www.academia.cl/comunicaciones/noticias/nunca-mas-bailando-solas-a-43-anos-del-8-de-marzo-de-1978-que-visibilizo-la-lucha-de-las-mujeres-contra-los-crimenes-de-la-dictadura

Desde el equipo de investigación queremos saludar a todas las mujeres que se han enfrentado a distintos episodios de violencia. A quienes dentro de la acción colectiva y desde el movimiento de mujeres y por los derechos humanos han mantenido la memoria viva de nuestro pasado y presente.

Un 8 de marzo de 1978 en el Teatro Caupolicán, el grupo folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) da a conocer por primera vez la manifestación de la cueca sola en señal de protesta por la aparición con vida de sus seres queridos. El acto organizado por la Asociación Nacional de Empleadas Particulares junto con los Departamentos Femeninos de las distintas Federaciones de Trabajadores puso en evidencia la lucha de las mujeres en marco al año por los derechos humanos convocado por la Iglesia Católica de Santiago.

Con esta manifestación y tantas otras, desde los orígenes del Golpe de Estado de 1973 y hasta la actualidad, las mujeres sobrevivientes, familiares, amigas y compañeras de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, han puesto su cuerpo, espíritu y energías, contra el negacionismo e impunidad del régimen heredado por la dictadura militar.

Detrás de la extensa búsqueda se tejieron redes, rondas y nudos de resistencias que se pueden evidenciar en la conformación de lazos de solidaridad a través de la integración de ellas en diversos grupos de identidad (comités de cesantes, grupos folclóricos y arpilleristas) en dónde se evidencian las experiencias vividas durante la Dictadura.

Yo lo que más siento es que la familia se desintegró de sobremanera”, señala la hermana de un detenido desaparecido recordando el dolor de su madre durante las noches de toque de queda. Otro relato de una hermana de un detenido desaparecido relata la experiencia que tuvo desde pequeña en una “ratonera” conviviendo algunos días con los agentes del Estado, mientras su madre era obligada a ofrecerles comida y lavado de ropa a los represores.

También recordamos a las mujeres sobrevivientes, militantes y compañeras que testimonian su experiencia, quienes fueron carne de ajusticiamientos brutales, donde el juez y parte muchas veces fue la cicatriz patriarcal por “involucrarse donde no debían”. A las terceras generaciones, quienes escuchando los relatos de ellas y otros prisioneros volvimos a patear las piedras en octubre del 2019 y continuamos exigiendo el juicio y castigo para los responsables políticos y materiales de las violaciones a los derechos humanos de ayer y hoy.

La palabra resiliencia queda pequeña para estas mujeres. Ellas, las luchadoras del duelo, las que vieron sus núcleos familiares destruirse y trabajaron para reconstruir/construir viejos/nuevos lazos. Ellas, las que continúan la búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia, a pesar de los 50 años de pacto de silencio.  Ellas, las de la primera, segunda, y tercera generación, que han crecido en la sublime herencia de esta búsqueda tripartita. Queremos saludarlas y apoyar su huelga, su grito o su silencio.  Acunamos el hilo de la historia que están tejiendo con los nombres de sus compañeras que han fallecido en la lucha y en la espera. Paro, arte, memoria, duelo. Acompañamos una vez más el movimiento transcendente de la ronda y nos sumamos a las diversas manifestaciones para el día internacional de la mujer:  las recordamos, nos recordamos y continuamos tejiendo, para que nunca más, bailen solas.

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Sobre Nubia, y “Una mujer en Villa Grimaldi”

Columna de Laura Panizo, publicada en The Clinic

“Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él”.

“Yo no puedo leer este libro. Soy cobarde, no me atrevo aún a abrirlo y leer lo que está ahí escrito, a pesar de que han pasado más de cuarenta años de los que en Una Mujer en Villa Grimaldi se cuenta”. Así empieza la edición 2018 del libroque Betzie Jaramillo no había podido leer. No había podido porque la tortura y el exterminio en la dictadura de Pinochet había cambiado su vida para siempre. Cambió su vida, porque Betzie, es hija de Nubia Becker. Y Nubia Becker es esa mujer de Villa Grimaldi.

Leí esas íntimas palabras de Betzie y dudé sobre avanzar con la lectura. Sentía temor en hacerlo. Lo sentía porque sabía que en el libro iba a encontrar dolor por sobre todas las cosas. Dolor y sufrimiento iban a ser inevitablemente los estados que debía atravesar la lectura. Entonces decidí, antes de continuar, volver a la imagen de Nubia cuando la conocí. Hicimos un conversatorio organizado por los chicos del Museo de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi. Fui a contar mi trayectoria de investigación sobre la experiencia de familiares de desaparecidos bajo la última dictadura militar en la Argentina y las preguntas e hipótesis que guiaban el proyecto de investigación en Chile. Fui muy agradecida por estar escoltada de Paloma, Nico, y Mati, los estudiantes que desde que se unieron al proyecto han acompañado en este difícil y enriquecedor recorrido. Estábamos los cuatro, muy inquietados por cómo podía resultar esta experiencia de “conversar” con familiares de desaparecidos y ex detenidos. Y el resultado para nosotros fue tan asombroso como alentador. No podía haber sucedido en un contexto mejor. Con el exquisito desayuno que prepararon los chicos del museo. Con la cálida y sumamente grata presencia de familiares y sobrevivientes que compartieron sus experiencias, se conocieron, re conocieron, lloraron y se rieron también. Pero sobre todo, el encuentro había sido en ese espacio simbólicamente denso: el lugar de la tortura y exterminio. El lugar de los temblores, los gritos, los dolores, los miedos, la muerte y la supervivencia.

Nubia estaba ahí, en el conversatorio.  Recuerdo cuando la vi llegar, esbelta y con un caminar pausado. Se sentó silenciosamente para escuchar y compartir. Y con la misma delicadeza y armonía de su cuerpo, se fue. Recuerdo que su figura se fue perdiendo lentamente en ese espacio habitado. Tiempo después con Nubia tuvimos una conversación desde nuestras computadoras. Recordarla a Nubia en Villa Grimaldi y recordarla después de nuestra charla me dio muchas fuerzas para continuar con la lectura del libro. Decidí avanzar a pesar del temor porque Nubia estaba ahí, tenía todavía su lugar en el mundo. Había sobrevivido a las detenciones y las torturas y había sobrevivido a los años que le siguieron a esa experiencia traumática. Nubia había sobrevivido y escribió su historia, editada tres veces bajo un seudónimo. Pero finalmente, en el 2018, aparece la primera edición en la que sale del anonimato. Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él.

Como dice Raúl Zurita, en el prólogo del libro, la escritura de Nubia es una prueba irrefutable, de que a pesar de la “portentosidad del mal”, de lo inconsolable de la muerte y el asesinato, de lo asfixiante de la tortura, la “fragilidad de nuestros cuerpos golpeados” es “indestructible” porque es “solidaria de todas las fragilidades de esta tierra”. La escritura de Nubia, da cuenta de la capacidad de aquello que llamamos “humano”, dice Zurita, la capacidad de levantar en medio del suplicio y la muerte las increíbles imágenes del amor. Este miércoles un día para recordar y resistir la violencia contra la mujer. Y por eso, nada mejor que dar cuenta, a través del libro, de los comportamientos “crueles” del hombre torturador “excitado por la violencia”.  Nada mejor para mí, que escribir en este día sobre este libro. La escritura desde una mujer y su cuerpo torturado y violentado. La escritura después de las situaciones límite, la escritura del trauma, del sacrificio y la resistencia. La escritura a través de la cual Nubia desentierra la humanidad del pozo en el cual se la había sumergido. La levanta tirando del hilo de la ternura de ese “hombre milagroso”, Osvaldo, de quien se aferró en el encierro y se aferra hasta el día de hoy. Nubia saca a la humanidad del pozo y su escritura nos demuestra una vez más que sí puede haber poesía después de Auschwitz. Porque ella, esbelta, silenciosa, dulce, delicada y mujer, se transformó en poema, para poder caminar después de la tortura por el parque de Villa Grimaldi. Nubia transformó el dolor, más allá del sufrimiento y, como todo poema, llegó al conversatorio con extraordinaria elocuencia y se fue de él dejando en mí, múltiples sensaciones.

* Laura Marina Panizo es investigadora del CONICET (IDAES-Argentina), directora del proyecto FONDECYT “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes” (https://lamuerteyelmorir.com/, Escuela de Antropología, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile) y docente colaboradora del Magíster en Antropologías Latinoamericanas de la Universidad Alberto Hurtado  (Chile).

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Tejiendo redes: Mujeres, rondas y nudos de resistencia frente a la violencia en familiares y víctimas de la represión

Por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”, Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Publicado en Le Monde Diplomatique

En cada reunión que tenemos como equipo de investigación nos preguntamos por la forma adecuada de abordar la violencia. Cómo preguntar, acompañar, “atender”, entender y producir conocimiento cuando lo que atraviesa cada palabra, cada gesto, cada intervención artística, cada política de las memorias, cada manifestación, cada ritual de recuperación de cuerpo, es el sentir de la experiencia traumática. Nos preguntamos cómo seguir, cuando ya estamos en el camino, porque cuando tratamos de conocer y entender las experiencias de los familiares de los detenidos desaparecidos de la dictadura de Pinochet, sentimos que el dolor mueve las agujas del reloj de cada encuentro. ¿Para qué? También nos preguntamos ¿De qué sirve llegar, entrar a lo sensible, conocer, describir, interpretar si no generamos al menos un puente entre sus historias, las otras y las nuestras? 

Este 25 de noviembre se conmemora un nuevo aniversario del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En este pequeño homenaje intentamos responder algunos de esos por qué y para qué. Porque hoy el puente, que lleva de cuerpo en cuerpo dolores arrastrados, pretende proyectar la sensibilidad acumulada en el trabajo de campo para que, las que “se juegan” como nos dijo Nubia Becker (una de las mujeres víctimas de tortura y vejaciones en los centros clandestinos de detención), lo sigan haciendo, sabiendo que “son muchas” en “esta ronda”. Muchas con conciencia política y voluntad de acción, que a pesar de las diferencias sociales interpelan el negacionismo y la impunidad. Muchas son las que resignifican la historia familiar de las víctimas del Estado, permaneciendo alejadas de la conformidad y la resignación.

El 25 de noviembre se conmemora la fecha en que las hermanas Mirabal fueron asesinadas por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. El motivo de esta conmemoración comienza reconociendo el carácter político de la violencia contra la mujer ante el aleccionamiento de las tres hermanas Mirabal, quienes eran activistas sociales. Las nombramos a ellas y vienen las imágenes de las ejecutadas, ex detenidas, esposas, hermanas, hijas y madres de desaparecidos y ejecutados de la dictadura de Pinochet.

Pensamos en ellas porque en Chile, la dictadura de Pinochet aleccionó a las mujeres activistas sociales y militantes bajo la tortura sexual, la violación, la ejecución y la desaparición forzada. Un tipo de violencia específica, sistemática, dirigida e intencionada: la violencia política sexual contra la mujer disidente, la que contravino la norma de la mujer-doméstica y se convirtió en mujer-política, mujer-comandanta, mujer del pueblo. Mujer castigada, torturada por la dictadura. Mujer sobreviviente, presente.

Violencia y violación de la integridad corporal y sexualidad de las mujeres, dirigidas por agentes del Estado (especialmente la DINA) en los distintos centros clandestinos de Detención Selectiva (periodo 1974-1977), como Londres 38, Tres y Cuatro Álamos y la Venda Sexy o “la discoteca”. Este último el más doliente, donde la tortura sexual con perros amaestrados y violación por parte de los torturadores, también tuvieron rostro y nombre de mujer: Ingrid Olderock. Ella, siniestra, ex mayor de carabineros, se hizo conocida por la forma de torturar y violentar político-sexualmente a las prisioneras con su perro Volodia, entrenado para violar a las presas políticas.

Pensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunPensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunidad durante los 30 años de transición de una democracia cuestionable.

Traemos a ellos, nuestros interlocutores en el trabajo de campo, y recordamos las historias otras víctimas de público conocimiento: la de Lumi Videla, militante del MIR, cuyo cuerpo torturado fue arrojado a la embajada de Italia en noviembre de 1974; la de Marta Neira, detenida desaparecida por reivindicar los derechos sexuales y reproductivos con la promoción de la píldora anticonceptiva en la portada de la revista Ramona; la de Carmen Gloria Quintana, quien sufrió graves quemaduras tras ser rociada con gasolina por patrullas de militares en una protesta nacional contra la dictadura en 1986; la de la profesora militante del Partido Comunista, Marta Ugarte, a quien la prensa empresarial encubría su muerte llamando su asesinato un “crimen pasional”, mientras que su cuerpo hablaba de los terroríficos vuelos de la muerte. Todas ellas, mujeres activistas y militantes junto a quienes tomaron la “militancia de la búsqueda” verdad y justicia han sido de alguna y otra manera violentadas por agentes estatales e institucionales.

Hilamos “historias” y seguimos construyendo puentes, cuando leemos las duras palabras de Nubia Becker en su libro[1] cuando describe a los guardias en su detención clandestina. Los relata riéndose brutal y cruelmente de ella al verla desnuda, débil, totalmente manipulada, mientras le chorreaban entre sus piernas la sangre de su menstruación. No lo vivimos nosotros “en carne propia” pero somos capaces de evocar esa imagen de piernas de mujer. Hasta podemos, las mujeres del proyecto, sentir la humedad entre nuestras propias piernas, tras las vendas de la historia en el pasillo de la humillación. Nos empoderamos entonces con esa imagen de mujer, golpeada, violentada, despreciada, pero sosteniéndose de ese hilo que teje la ronda.

Y entonces, al tiempo que retenemos esa y tantas imágenes que no podemos soltar, engrandecemos y visualizamos la lista de las múltiples formas en que el Estado ejerció una violencia especifica contra las mujeres en su condición de mujer. Reproducimos la lista con imágenes y experiencias y nos volvemos a preguntar, cómo entrar y salir de la violencia. Y seguimos entonces generando puentes.

Lo hacemos porque hoy, la misma violencia que denunció el movimiento feminista latinoamericano de la década de los ochenta y que llevó a reivindicar el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer en la ONU, se refleja en los motores del MEMCH-83 con la demanda contra la precarización de la vida tras la crisis económica de 1982 y la exigencia de una democracia en Chile. A esto último se sumó la exigencia a la democracia desde las casas, aludiendo al término de la violencia machista en ámbitos privados.

La lucha contra la violencia estructural que visibilizó el movimiento internacional de mujeres con la performance “Un violador en tu camino” del colectivo Las Tesis, en noviembre del año pasado, hace referencia a la discusión contra los discursos culturales de la violencia machista, la cual no se traduce solamente con la violencia individualizada, sino también a la violencia estatal con represión, torturas, lesiones y asesinatos hacia activistas sociales; la precarización de las condiciones de vida con la inestabilidad laboral, los bajos salarios y la crisis de los cuidados junto con la permanente cifra de femicidios y la violencia interior del hogar que se prolonga como una respuesta de parte de este sistema de doble explotación y opresión.

Tomamos así, el dolor de nuestro registro etnográfico y buscamos reproducir la consigna “No estamos todas, faltan las asesinadas”. Alzamos en este texto, entonces, las demandas de medidas de protección por parte del Estado que hoy no son suficientes ya que van aumentando los casos de femicidios consumados y frustrados. Seguimos haciendo puentes porque no dejamos de preguntarnos cómo acompañar, “atender” y producir conocimiento, cuando lo que atraviesa cada registro es el sentir de las experiencias traumáticas. En Chile, la demanda por la liberación de las y los presos políticos nuevamente cae en manos de familiares y activistas, muchas de ellas son las madres quienes vieron por última vez salir a sus hijos a las calles el 18 de octubre del 2019. Ellas, a causa de la persecución sistemática hacia la protesta y lucha social, y de la privación de la libertad, son distorsionadas de su flujo cotidiano dando origen a un cambio en el ambiente familiar. Nuevamente con el ejercicio ilegítimo del poder hegemónico, como consecuencia del arresto, el Estado somete a un amplio sector de la población y se debe asumir la adaptación a un proceso condensado de pena, rabia y de contención en el que las actividades del hogar se transforman y suscitan bajo el sufrimiento, la angustia y por, sobre todo, la esperanza.

Nos preguntamos por la violencia y damos cuenta de que la intención de quebrar, romper, fraccionar, las identidades y comunidades genera por el contrario la construcción de nuevos lazos, nuevas banderas de lucha, que se asientan con fines de corromper las condenas y cadenas de la prisión, la tortura y la muerte. Entonces nos sostenemos en la red de relaciones para seguir generando nudos de resistencia que tiendan puentes y las nombramos a todas ellas para abrazarlas en la misma ronda. Las traemos aquí para que sigan tejiendo el movimiento colectivo de sangre, memoria y amor, ese de hacerse fuerte por y a pesar de la silla vacía, el clavel rojo y la humedad entre las piernas.

[1] Nubia Becker, “Una Mujer en Villa Grimaldi”, El Garaje Ediciones, 2020, Madrid.

Agradecemos la valiosa lectura de Francisca Fernández antes de su publicación.

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El salto estudiantil: etnografía de un despertar anunciado

Por: Equipo «Cuerpos Ausentes, cuerpos presentes» / Publicado: 17.10.2020 en Radio U.Chile

Viernes 18 de octubre del 2019: Los estudiantes  secundarios  evadieron los molinetes del metro en protesta del alza de tarifas y a ese gesto le siguió una toma masiva de los accesos para que los ciudadanos  usaran el servicio de manera gratuita. “A evadir, no pagar, otra forma de luchar” cantan masivamente y el sonido de cada canto acompañaba el vaivén de las piernas que elevaban con entusiasmo los cuerpos y con el mismo énfasis los dejaban caer. El salto estudiantil.

Ese mismo 18 de octubre en la estación de Santa Ana, los usuarios que traspasaron la línea de los molinetes fueron recibidos con aplausos por los estudiantes que los cuidaban con aprehensión. Así, los usuarios entraron al acceso al metro por la alfombra roja de la lucha popular. La toma duró lo que tardaron los carabineros en llegar y esa juventud se esfumó de la mirada de los teléfonos celulares con la misma rapidez con que se esparcieron los gases lacrimógenos en el aire habitado. Pero algo se percibía en aquel aire que escapaba de los sentires cotidianos del santiaguino. Algo estaba por venir. La acción evasiva se comienza a replicar casi sin control por varias estaciones más del metro. Fueron cientos de jóvenes los que adhirieron al llamado, muchos de ellos menospreciados y apartados del tejido social. Pero, esta vez no se les apartaría, quizás nunca más se les aparte en el devenir como sociedad. Ese día el estudiantado chileno da cuenta de su capacidad organizativa y vinculante.  Entró en movimiento una fuerza no comandada por sus dirigentes, una fuerza mucho más amplia surgida desde la injusticia social. Una fuerza imparable.

“Quien madrugue puede ser ayudado a través de una tarifa más baja”, había expresado el ministro de economía en una rueda de prensa el 8 de octubre. Así también, en un restaurante de los barrios de clase alta del Gran Santiago, Sebastián Piñera celebra una cena familiar totalmente ajena a la realidad de millones el 18 de octubre. “Chile se quema y él está comiendo pizza”, indicaban los comentarios de ciber activistas.

Tan sólo es cosa de tiempo para que las escenas de acción y reacción represiva se esparcieran ferozmente por la ciudad. Mientras, a primera hora, los programas de la TV abierta chilena cuestionan las acciones de los estudiantes por perjudicar la locomoción de los trabajadores santiaguinos, los mismos trabajadores no dejan de repetir: “Felices caminando, porque Chile está despertando”.  Y entonces, la imagen de los niños del metro se propagó en cada rincón apremiado por una historia de injusticia, violencia sistémica y represión. Y en esa imaginación de cada lucha, se expande también la imagen del kvri trewa (perro negro) Matapacos. Símbolo de la precarización y el abandono, que había ladrado a un Estado violento y represivo durante las primeras movilizaciones estudiantiles del año 2011, ahora vuelve a las calles con su pañuelo rojo: “Todos somos unos quiltros de la calle, que vuelve a renacer” repetía un estudiante universitario, una y otra vez.

Al tiempo que el Estado militarizó prácticamente toda la red de metro de Santiago y reprimió brutalmente con palos, detenciones, bombas lacrimógenas y gases sobre el conjunto de la población, se gestó una nueva lucha escoltada por el perro callejero. Escoltada por kvri trewa, pero impulsada también por el eco del salto del estudiante. El pueblo va creciendo sobre ese salto inicial con tanta velocidad, que parece ir empujando las agujas del reloj para reescribir la historia.  Empieza a transformar su angustia en una lucha colectiva que no deja de acontecer. Se reproduce en sí misma porque el aumento del metro fue sólo un símbolo, que condensó millones de dolores cotidianos.  Fueron  los carteles en la plaza los que liberaban cada dolor.  Dolores en el cuerpo del trabajador oprimido, dolores de muertes injustas y derechos históricamente denegados. Dolores por la educación, las pensiones, la salud. En la mercantilización y la privatización de autopistas. Dolores en la luz. Dolor del agua.

De ahí en más, acontecen las 24 horas más extrañas de los últimos años para los santiaguinos. Circular por las calles céntricas de la ciudad era como estar en una zona de guerra. El caos comenzó a incrustarse en la retina. Humo, fuego, barricadas, lacrimógenas, balines de goma. Se estaba dando una escalada de gestos de acción/reacción entre el pueblo y las autoridades. A mayor represión, mayor respuesta de la gente y viceversa.

Varias estaciones del metro ardieron durante el día. Ataques incendiarios que parecían salidos de un plan de ataque terrorista, con un aparente gran nivel de organización en su ejecución. La ciudadanía sospecha, ¿quién quemó el metro?, es la pregunta que comienza a calar profundo por aquel entonces. El presidente sabía que esta vez era distinto, no era una marcha estudiantil cualquiera, no era una marcha NO+AFP exigiendo el fin de las pensiones burdas. Irónicamente era algo más simple, hasta simbólico, como lo fue el alza en los pasajes. Muchos piensan “Pero si son sólo 30 pesos”. Pero la respuesta represiva fue brutal y, por consecuencia, fue la chispa perfecta para encender la revuelta popular contra los 30 años de una cuestionada democracia que  heredó la dictadura  y  la Constitución de Augusto Pinochet.

Al tiempo que se piensa que las movilizaciones y la represión se concentraban en la capital de Santiago, éstas se expandieron a lo largo del país, expresándose en menos de 24 horas en regiones como Valparaíso, La Serena, Concepción, Iquique y Punta Arenas. Paralizaron las jornadas laborales, se suspendieron los vuelos internacionales y se reprogramaron viajes nacionales por casi 24 horas. Cada sector se hizo parte del ambiente de injusticias que ha socavado en todos los rincones de las periferias y, con ello, sumado a las demandas sociales a nivel país del estallido social, también se hizo presente la exposición de sus propias problemáticas.  De manera ascendente, las asambleas y los conversatorios, conformaron el resurgimiento de la organización local por medio de las diferentes convocatorias en las plazas de las provincias y comunas.

Los días posteriores a la revuelta del 18 de octubre pasaron, pero la resistencia en las calles y poblaciones de la periferia no cesaban. El discurso subversivo de los territorios más empobrecidos y marginados del país se posicionaban con rebeldía ante el estallido de descontentos: ¡Abajo el capital, el macho, el estado y los privilegios! Las emergentes concentraciones se levantaban como respuestas frente a las situaciones de injusticia y violencia sistemática. Las poblaciones más desahuciadas con coraje y valentía salieron a las calles a hacer frente a un mandato de orden a la quietud, al olvidar y a callar.

Sábado 19 de octubreA la catarsis social, responde el gobierno con Estado de Emergencia primero y Estado de Sitio, después. Los militares en las calles clavan sus alfileres en cada herida abierta de la dictadura militar. Heridas que por largos años trataron de ser cerradas a la fuerza en base a la impunidad y el negacionismo de tantos chilenos y chilenas. Y nuevos dolores empiezan a sangrar. Los militares rondan las calles y para la sociedad chilena eso no resulta indiferente, es doloroso.  La población contesta de inmediato con cacerolazos en varias ciudades del país. “Una invasión extranjera, alienígena”, calificó asustada la primera dama, Cecilia Morel, en un audio filtrado hacia una desconocida amiga de las altas esferas de la sociedad. Entonces el presidente decreta: Estamos en Guerra. La Guerra contra las cacerolas.

Comienzan a circular los rumores de acuartelamiento militar. El gobierno chileno puso en marcha su plan de defensa y activó a las Fuerzas Armadas. No fue algo de una sola noche el ver a los militares en la calle. No. El acuartelamiento tuvo propósitos mucho mayores: toque de queda y acciones militares en plena ciudad.

Y, así, aconteció la primera semana de ese Octubre Chileno, con un despertar del pueblo unido por el dolor. El foco de cada madrugada congela la imagen de metros destruidos, supermercados incendiados y cuerpos lastimados en el marco de un gobierno con aires de Dictadura. Y como si fuese el inicio del eterno retorno, los jóvenes y trabajadores se incorporaban de las caídas por la violenta represión, para mantenerse de pie. En las imágenes retenidas en los celulares se difundió que volvieron las torturas y la violencia sexual. Se abrieron las heridas, nuevamente, a punta de fusil y volvió el dolor que tanto se buscó enterrar.

“¡¡Alerta, alerta, alerta santiaguinos!! Están matando a nuestros vecinos” fue el grito que articularon los manifestantes de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, en su vuelta 152 por la moneda. “El ministro Chadwick, es un cara dura, sigue reprimiendo igual que dictadura”Los familiares de los desaparecidos se ensamblan, así, con la lucha popular y comparten su duelo colectivamente, pero adoptando otros duelos también.  ¿Cómo no adherir al dolor latente en esta lucha? ¿Cómo no hacerlo si para muchos es el mismo dolor que hace 40 años?

Empezaron a llegar entonces las noticias de los primeros muertos. Y en diferentes rincones del mundo, proliferaron  los videos que evidencian la brutal violencia del Estado chileno hacia la población.

“Los milicos están torturando, difundan”, fue un comentario viral de una periodista por la tortura de Nicolás Laur y otros detenidos en el metro Baquedano durante la madrugada del miércoles 23 de octubre. El miedo y terror se expresan de noche mientras que, en el día, la rabia motorizaba a centenares de miles desde la periferia de Santiago hacia la Plaza de la Dignidad, ex plaza Italia.

El ex gerente del metro había respaldado al gobierno de mantener el alza y con tono burlón opinó sobre los llamados a evadir y dijo en televisión a los estudiantes secundarios: “Cabros, esto no prendió”. Pero tuvo que tragarse sus palabras al ver la marcha más grande de Chile un 25 de octubre, con más de dos millones de personas movilizándose en el territorio nacional para terminar con la represión y por la renuncia de Sebastián Piñera. “No se preocuparon de nuestra salud mental, ahora aguanten la catarsis colectiva”, señalaban los lienzos de estudiantes y trabajadores de la salud en los frontis de universidades y en las plazas.

Pero Chile ha despertado y sigue de pie. Los estudiantes dicen “no tenemos miedo”. Pero “Claro que tienen miedo”, dijo una académica en la Universidad. Lo tienen pero cargan con la responsabilidad de la lucha que sus padres no supieron ni pudieron emprender. “No hablemos del miedo”, le responde una historiadora, en la misma universidad. Hablemos de la rabia acumulada:  la detonante precarización de las vidas.

Las violentas respuestas de un Estado genocida, que solo protege sus intereses evidenciaban los abusos y las múltiples opresiones de la persistencia de un modelo económico dominante. Aquel que dispone a su ciudadanía un tipo de desarrollo antisustentable y absolutamente dañino que repercute desarmoniosamente en la vida de los ecosistemas y, por supuesto, también de las personas.

Este modelo se siente en cada cuerpo, en cada alma, en todos los espacios en los que la vulnerabilidad se presenta por medio de cada centímetro de tierra maquineada por las lógicas de los extractivismos exacerbados y depredadores.

Contaminación de los ecosistemas, de los cuerpos fluyentes de agua, los bosques nativos, la flora y la fauna. “¡No es sequía, es saqueo!”, se sembró como otra de las consignas de las marchas tanto de Santiago como también de las diferentes periferias que se ven olvidadas por el ojo mediático de la prensa nacional.

La resistencia y la lucha por las reivindicaciones territoriales y populares se encaminan a conformar un escenario imprescindible de recuperación popular en todos los sentidos. Cayeron, entonces,  estatuas, símbolos del orden y la patria.  El dominio colonialista parece a caer en los pavimentos.

Con miedo, rabia y dolor, en casi todas las comunas de Santiago, los vecinos se juntaban en cabildos para discutir propuestas y pensar en la nueva constitución. Los murales y diversas expresiones de arte, las ollas comunes y cánticos dieron lugar al resguardo y autocuidado barrial. Así, también se expresó en el paro nacional del 12 de noviembre, donde portuarios, profesores, sindicatos mineros, trabajadores de la salud y educadores llamaron  a una Asamblea Constituyente y la renuncia de Sebastián Piñera, mediante jornadas de brazos caídos y paralizaciones de faenas.

Otros sectores temerosos no discutían sobre la crisis social. Se sintieron amenazados por mensajes que hacen sus propias revueltas en los grupos de WhatsApp: “Vamos a ir a robar lo que ellos tienen, que tienen todo lo que los pobres no podemos tener”.

Ellos tienen miedo, pero no de los militares, sino de sus co-residentes, que los acusaban de su “abundancia” material. Las expresiones por whatsapp son el resultado directo del sistema social que habitamos. Fueron sólo rumores, no se llevaron a la práctica. Pero los vecinos se organizaron para defenderse del sector de la sociedad más silenciado y vulnerado por los derechos que los estudiantes habían empezado a reclamar.

Entonces, mientras una juventud llevaba a sus padres pacíficamente a la calle, por un Santiago de pie, un proporción pequeña de jóvenes se arma, también reproduciendo los temores de sus progenitores: “debemos unirnos si ocurre algo y salir con lo que tengamos”. En alguno de esos barrios, de vecinos con chalecos amarillos para diferenciarse de sus vecinos enemigos, una vecina dejó a mano un palo de golf. Un palo de golf que no pertenecen a los barrios populares. Un palo de golf que representa la enajenación de los vecinos. Entonces también proliferaron en ciertas zonas los vecinos acuartelados. No los de las juntas, no los de las cacerolas. Los vecinos de los palos de golf. Vecinos fluorescentes en las noches custodiadas también por el ejército militar.

Pero mucho más puede la asamblea barrial que el palo de golf. Porque Chile, que había empezado a ponerse de pie un viernes 18 de octubre, una semana después fue protagonista de la manifestación más masiva de su historia. “Mas de un millón de personas”, decían los medios de comunicación. Manifestantes bailando, recreando, cantando, compartiendo. La bandera wenufoye y la chilena colorean toda la manifestación. Rendir también honores al pueblo mapuche por su resistencia a formas parecidas de represión.

La marcha busca sacar a los militares de las calles, sacar el estado de guerra de cualquier posibilidad e imaginación.  Chile despierta. Lo hizo a través de un colectivo multireferencial. Variedad nunca vista desde del plebiscito del 89.

Entonces los estudiantes siguen de pie, en las calles, en las universidades y en las escuelas. Y esas piernas saltando en el metro, quedaron paralizadas posteriormente en un liceo  por los perdigones de carabineros. Y, luego de  tres semanas, en un viernes, como aquel de la propuesta inicial, a Gustavo le arrebataron los ojos.  Fue mutilado por los carabineros que pelean su propia Guerra. Una Guerra con un pueblo cuya arma más poderosa es la inquebrantable voluntad.

Entonces, al aplauso del metro, del mito de origen, le siguieron las velas en el hospital. Compañeros, docentes, vecinos y familiares acompañan a Gustavo que había perdido por completo la visión. Las denuncias sobre las mutilaciones se sumaron a las de detenciones, torturas, violaciones sexuales y muertes recogidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La performance “Un violador en tu camino” del Colectivo Las Tesis pasó de ser una denuncia contra la represión a un himno mundial contra la violencia estructural. Fue rápidamente replicada en las marchas internacionales contra la violencia hacia las mujeres. Denunciando el terrorismo de Estado, la represión estatal y la violencia sexual. “Ahora somos más, juntas nadie nos detiene”, gritaron las mujeres junto a los hinchas de las barras bravas en Plaza de la Dignidad.

Una vez más el ladrido del Matapacos viene a hablarles de solidaridad. Y una vez más, el eco de ese aplauso juvenil resiste a la violencia estatal. Chile sigue de pie, a la espera del reconocimiento de la lucha y, no menos importante, también a la espera de que vuelva el salto del estudiante y entierre definitivamente, el último palo de golf.

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Laura Panizo por detenidos desaparecidos: “La ausencia del cuerpo obstaculiza que familiares se enfrenten a la muerte a través de prácticas rituales”

Por: Laura Panizo / Publicado: en radiousach.cl

[Extraído de radiousach.cl / link al audio de la entrevista aquí]

La antropóloga señaló que las restituciones de los cuerpos con las identificaciones producen mucha apertura además de cierres, como es el reclamo de la justicia y empezar a sanar la experiencia traumática de los deudos.

La investigación «Cuerpos presentes, cuerpos ausentes» busca dar cuenta de las formas en que los familiares de los detenidos desaparecidos en Chile se enfrentaron a las pérdidas de sus seres queridos desde la desaparición de los cuerpos hasta la recuperación de los mismos en los casos en que fue posible. Estación Central conversó con la antropóloga Laura Panizo sobre esta experiencia de duelo.

La profesora de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, señaló que “la ausencia del cuerpo obstaculiza que los familiares se enfrenten a la muerte a través de las prácticas rituales establecidas por la sociedad” y que se produce una búsqueda constante de estos deudos, lo que provoca un desgate constante, “porque el calendario de la vida cotidiana está trazado por la temática” donde se reactivan las experiencias traumáticas con una justicia que no llega o lo hace de una forma no adecuada.

La antropóloga dijo que desde el proyecto han acuñado el concepto de “muerte desantendida” que explicó que es cuando se sabe que ocurrió porque que es enfrentada a través de la pérdida, pero no es atendida a nivel ritual ya que no se producen las instancias colectivas,  sociales que presten atención al muerto a través del cuerpo y a los deudos que atraviesan por esa situación.

La investigadora comentó que con los detenidos desaparecidos se produce un peso generacional del trauma mediante la transmisión de la memoria, donde hijos o nietos se hacen cargo de la búsqueda pendiente y muchos quieren revindicar la historia familiar.

“Las restituciones de los cuerpos con las identificaciones producen mucha apertura además de cierres, como es el reclamo de la justicia y el activar experiencias traumáticas que se tienen que empezar a tramitar de otra manera” dijo la experta en muerte, duelo y memoria.

Vuelve a escuchar la entrevista AQUÍ

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11 de septiembre de 1973: En Somos Memoria recordamos los 47 años del Golpe de Estado

Por: Nicolás Valenzuela / Publicado: Radio Santo Tomás

[Extraído de radiosantotomas.cl / link al audio de la entrevista aquí]

En una nueva edición de Somos Memoria, recordamos el duelo de los familiares de los miles de detenidos desaparecidos y analizamos la actual constitución de 1980 redactada en dictadura militar.

El luto y el duelo es un proceso de lucha constante para aquellos familiares de detenidos desaparecidos. Es desde aquí que nace la investigación “Cuerpo ausente y cuerpo presente” y que profundizamos con uno de los investigadores, antropólogo e historiador, Nicolás Valenzuela.

Mientras que en medio de este proceso constituyente del 2020, aprovechamos de recordar y analizar cómo se gestó y qué tan legítima es la constitución de 1980, con el académico Miguel Muñoz.

Además, sabemos sobre la resistencia de las mujeres en tiempos de dictadura militar. Cómo se organizaban y sobre una gran convocatoria a mediados de los ’80.

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El duelo colectivo en Chile: pasado, presente y futuro.

El duelo colectivo en Chile: pasado, presente y futuro.

Por: Laura Panizo* y Adriana Goñi Godoy** / Publicado: en NODAL

A 47 años del golpe de 1973 y a casi un año de la revuelta que literalmente despertó al país, Chile ha vuelto a sufrir la represión de Estado con militares en las calles armados de fusiles de guerra, toque de queda y un estado de sitio. La pandemia ha dejado la revuelta en suspenso pero la muerte ha vuelto al centro de la arena social.

En dictadura, después de las detenciones clandestinas y torturas, más de 1200 desaparecidos fueron asesinados. Muchos fueron enterrados clandestinamente en fosas comunes o tumbas NN, otros fueron quemados, explosionados o lanzados  al mar. Pasaron los años y los familiares siguen transitando las pérdidas traumáticas en la búsqueda de la verdad, la justicia y la dignidad. A través de manifestaciones públicas han dado cuenta de un duelo colectivo y prolongado.

Con las revueltas de octubre de 2019, el trauma colectivo de la desaparición y la violencia volvió a activarse en la sociedad. Los estudiantes evadieron los molinetes del metro en reclamo contra el alza de la tarifa. Le siguieron manifestaciones en denuncia de la injusticia social, a las cuales se sumaron varios sectores de la sociedad. Las manifestaciones de los días viernes en memoria por los detenidos desaparecidos, se vieron ahora engrosadas por un sector mucho más amplio de la sociedad. Nuevamente los jóvenes secundarios, universitarios, pobladores, mapuche, las mujeres y los sobrevivientes de la dictadura, los familiares y descendientes de los ejecutados, desaparecidos, presos políticos y exiliados, revivieron las antiguas luchas en las calles, plazas, aulas y en el nuevo terreno de combate: las redes sociales. Las víctimas directas de la dictadura unieron sus causas a las causas que hoy defienden sus hijos y sus nietos.

Frente a las movilizaciones de octubre, el Estado declaró la guerra a un enemigo poderoso e implacable y desplegó sus fuerzas armadas y de orden contra las multitudes desarmadas. La impunidad, la tortura, la prisión política, la violencia sexual, más de 460 casos con trauma ocular y 34 personas reportadas oficialmente como fallecidas,  ha sido el resultado de esta embestida. El Estado fue denunciado por organismos internacionales de Derechos Humanos al tiempo que la movilización, activa y multitudinaria hasta el inicio de la pandemia, logró un hito fundamental: la posibilidad del cambio de la Constitución impuesta por Pinochet en el año 1980. Se convocó entonces para octubre 2020 un plebiscito que ha radicalizado las posiciones políticas e ideológicas de todos los sectores.

Pero las voces y los cuerpos no tuvieron otra opción que replegarse por la pandemia. Las medidas preventivas del gobierno y la política del miedo a la contaminación impactaron sobre el sector movilizado y volvió la amenaza del duelo tramitado en soledad.

Ante la falta de contención social para afrontar la muerte por COVID, transitar el duelo en las redes sociales ha sido para muchos una posibilidad confortable. El espacio virtual es un nuevo espacio habitado por una diversidad de personas, comunidades, organizaciones e instituciones. Las nuevas tecnologías digitales, por medio de comentarios, imágenes, videos y canciones compartidos, devuelven al fallecido a la comunidad. Entonces, estos muertos se acoplan a los mutilados y los muertos del estallido social de 2019 y a los muertos siempre presentes víctimas de la dictadura.

En el tratamiento de los muertos hay una diferencia sustantiva. El Servicio Médico Legal, que es el mismo que se encarga de las identificaciones y restituciones de los cuerpos de detenidos-desaparecidos de la dictadura, hoy puede conservar los cuerpos identificados hasta que los familiares puedan realizar las ceremonias con el acompañamiento social presencial.

Ante situaciones dramáticas, las sociedades siempre han encontrado alternativas para socializar el dolor y la pérdida. En Chile hoy nuevas formas de lucha, creativas y eficientes, se están desarrollando de la mano de jóvenes defensores de derechos humanos sociales y ambientales. Sus rostros ya no están cubiertos con capuchas protectoras ante la represión sino con mascarillas y barbijos multicolores con los símbolos de la revuelta impresos en la tela. La solidaridad y el fortalecimiento de lo colectivo se expresan en todos los espacios como manifestación de una nueva forma de vida.

La primera línea de la resistencia en la dictadura militar se reproduce en la memoria colectiva, en las restituciones, y re-entierros. La primera línea del estallido social no está hoy en día en las plazas pero sí presente, aunque mutilada, con prácticas cotidianas de solidaridad barrial. La primera línea del COVID  también está en los hospitales y en las calles. Y todas ellas, que siguen resistiendo la violencia, interactúan en un mismo espacio social en donde pueden proyectar los duelos colectivos.

En contexto de COVID, como antes en condiciones de desastres catastróficos, guerras y terrorismo de Estado, el duelo supone la necesidad de enfrentar otras muchas pérdidas además de la ruptura en las relaciones sociales en la vida cotidiana. El duelo tiene un sentido amplio; implica la ruptura de un proyecto de vida, con una dimensión no sólo familiar, sino también social, económica y política. El “duelo colectivo” implica entonces una atmósfera emocional de sufrimiento que afecta a toda la comunidad.

*Antropóloga, Escuela de Antropología de Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile. Integrante de la “Red de Cuidados, derechos y decisiones en el final de vida” del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina. Mail: laura.m.panizo@gmail.com

** Antropóloga, Universidad de Chile. Mesa Sitios de Memoria Colegio de Arqueólogas/os de Chile. Mail adrianagonigodoy@gmail.com

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Anonimato y memoria: el Patio 29

Por: Camila Maulén / Publicado: 10.09.2020 en Eldesconcierto.cl

El Patio 29, como fosa común, era el patio de los desechables, de los no reclamados, de los NN. Y la dictadura ocupó ese discurso para hacer desaparecer los cuerpos, utilizando un espacio que, antes de ser sometido a una política de desaparición forzada, condenaba al olvido a sus primeros habitantes anonimizados.

Septiembre hay para todos los gustos (y disgustos). Es el inicio de la primavera, el mes “patrio” (harina de otro costal la crítica a la patria impuesta) y el mes aniversario del golpe de Estado. Para algunas/os, septiembre es tricolor. Para otras/os, septiembre es negro.

Septiembre nos convoca y tiene tantos colores como emociones, algunas de ellas fechables: hay quienes son del 11, otras/os del 18, y otras/os del 29, que no es fecha sino un lugar, un patio de tierra, común: una fosa. Clandestina.

El Patio 29 fue desde el año 1953 una fosa común, que luego la dictadura (1973-1990) utilizó clandestinamente para ocultar los cuerpos (e identidades) de ejecutados y detenidos desparecidos.

El actual Monumento Histórico (desde 2006), si bien no está abandonado, se enfrenta a la problemática del olvido. O viceversa: sin estar olvidado se enfrenta al problema del abandono. Aquella ex fosa común ubicada en el Cementerio General, de no ser por la solidaria y coordinada acción de recuperación y limpieza llevada a cabo los primeros sábados de cada mes, estaría tan disonante como el resto de las fosas comunes (e inclusive patios de tierra) del Cementerio General.

Disonante con la monumentalidad de los mausoleos, que hicieron del cementerio un patrimonio arquitectónico antes que patrimonio de la memoria. No es de extrañar que el destino de los pobres sea un nicho de cemento o de tierra, y que la maleza, sin querer serlo, se convierta en la mejor aliada del abandono institucional.

La dimensión de las fosas comunes nos hace pensar en los expulsados del sistema, en los primeros NN que dentro del imaginario social son los habitantes por antonomasia de una fosa común: los así llamados indigentes, pacientes siquiátricos y los, famosos sin serlo, cuerpos no reclamados, desechados. Son Los Nadies de Galeano, que cuestan menos que la bala que los mata.

Hay, si se quiere, un correlato entre la vida, la muerte, la desaparición forzada y aquellos cuerpos destinados a permanecer anónimos en una fosa común. Y cementerios como el General, en tanto ciudades de los muertos (necrópolis), se encargan de prepararnos durante el camino con inmensas construcciones para los muertos, hasta llegar sin mucho asombro a los confines de tierra.

No es casual que a los desaparecidos de la dictadura los haya recibido, en este espacio de la muerte que es el Patio 29, todo este mundo de gente valiosa cuya muerte es tan política como las otras, sólo que tal vez más marginales y anónimos, pues sus primeros habitantes habían sido ya arrebatados de su identidad. Despojo originario que marca así la esencia de una fosa común: la condena del olvido.

El Patio 29, como fosa común, era el patio de los desechables, de los no reclamados, de los NN. Y la dictadura ocupó ese discurso para hacer desaparecer los cuerpos, utilizando un espacio que, antes de ser sometido a una política de desaparición forzada, condenaba al olvido a sus primeros habitantes anonimizados.

Todo esto es septiembre. Este viernes es 11, el siguiente ya es 18. Es el mes del tiempo. Su espacio, un patio, dónde los cuerpos e identidades permanecen hijas/hijos del despojo,  arrebatados una y otra vez de su descanso eterno. Tiempo, espacio y color: donde la batalla por la memoria, lucha incansable, dignificará sus muertes.