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Autores Laura Panizo

Etnografía de un encuentro desafortunado.

Etnografía de un encuentro desafortunado.

Las capuchas reclaman y las sirenas suenan en la universidad. Los manifestantes incendian cosas y cortan la circulación. En el apuro de sacar el auto que había quedado entre las barricadas dejo en la oficina todas mis pertenencias. Corro el auto de lugar y cuando quiero volver a entrar, ya no nos dejan. Nos quedamos en la puerta con otros profesores buscando la oportunidad de recoger lo nuestro. Marinka y su cara de preocupación nos pide que nos alejemos. Entrar a la facultad es un desafío. Desafiar las normas del protocolo y exponerse a “caer detenido”. Nos alejamos sólo un poco sin saber qué hacer. Adriana ya en el primer piso nos había anticipado “Vienen los capuchas, hay que prevenir”. Yo no previne lo suficiente y me encuentro en plena vacilación. Correr o no correr, esperar o no esperar. Me acuerdo de Clifford Geertz y la riña de gallos, eso de ser ajeno en un mar de guiños y señales culturales.

Sigo entonces a mis colegas y esperamos a una cuadra de distancia para que todo pase. Vemos una oportunidad y decidimos entrar. Atravieso el patio invertido por el gas. Entro a la oficina apresurada, acelerada, torpe. Trato de desconectar el cable de mi computadora. Me tropiezo con el cable mío y me enredo con otros cables. Cables de la conexión que me retienen. Logro desconectarme. Tomo todo lo del escritorio y lo vierto en el bolso. Lo vierto como cuando se recogen los desechos de la mesa después del almuerzo y se tiran al tacho de la basura. Computadora, anteojos, mate, yerba, bombilla, lapicera. Todas las cosas juntas habitando su propia revolución. La manifestación también, en la mochila. Salgo. Corro, pero sin correr. Hay que apresurarse pero que no nos confundan con ellos. ¿Y quiénes son ellos? ¿Quién es ese otro que no me incluye? ¿Los “capuchas”? ¿Los “pacos”? ¿Los “estudiantes”? Paradoja de la identidad. Cuando salgo, al tiempo que lo hacen unas chicas de primer año, advierto firmemente que son lo pacos quienes representan mi otredad. Escucho como las chicas relatan su experiencia. Les lagrimean los labios de indignación y hablan los ojos irritados. Otra vez las cosas que se ceden los lugares. “Se llevaron a una amiga”, dicen. “Pero ella no tenía nada que ver”. ¿Nada con qué? ¿Nada entre quienes?

Ya la calle está casi desolada. Ni pacos ni capuchas parecen circular. Quedan restos de una bicicleta calcinada. Los profesores no están ni en las aulas ni en las oficinas. Los alumnos no están con los libros ni en los pasillos de la universidad. Todo fuera de lugar. Y siguiendo esa lógica de lo desubicado, viene un “Guanaco” que parece querer sorprenderme solamente a mí. No tengo que correr, pienso. Tampoco tengo que mirar. Sale el chorro de agua sobre la sombra de mi último paso. Me había estado salvando del gas lacrimógeno todo el tiempo y ahora no puedo evitar exponerme. No hay que fregarse los ojos con agua, dice Claudio. El agua, ese “algo” en el agua, los ojos, la piel, la irritación. La experiencia, el roce hiriente de lo desconocido.
Los cuerpos que caminan a mi alrededor lo hacen también al ritmo de una respiración intervenida. Pienso en mi bolso, en mi escape, en el auto, en el fuego, en la performance de la bicicleta calcinada. Pienso en la universidad vacía, en las calles contaminadas, en mis hijos que me esperan del otro lado de la ciudad. Hablo por teléfono con Seba que entiende poco, igual que yo.

Pienso en las revueltas y en cuánto se crece con el movimiento. Llego a Colina sabiendo que en las últimas horas me había incorporado a Santiago con una intensidad que estuvo ausente en los 10 meses anteriores después de mi desplazamiento trasandino. Los ojos dejan de arder. “Claro que sí” digo con algo de alivio recordando a mi querida Argentina: “acá en Chile también brilla el encanto de lo desordenado”. Con una sutil sonrisa entro a la casa y pienso: casi siempre, a través de algún ritual, uno empieza a pertenecer.

Laura Marina Panizo
Santiago de Chile, 2019