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La muerte en casa: Sobre el genocidio y las muertes extraordinarias

La muerte en casa: Sobre el genocidio y las muertes extraordinarias

Laura Marina Panizo

Cita: “La muerte en casa: Sobre el genocidio y  las muertes extraordinarias”. Panizo 2015, en Sociales en Debate 8:65-70

Antropóloga. Doctora por la Universidad de Buenos Aires con mención en antropología social. CONICET/DAES-UNSAM.

  • “Yo tenía los huesos de mi hermano en el bolsillo de la campera”[1]. Esa fue la expresión de Hugo, haciendo referencia a un “papel” que confirmaba que el cuerpo que el Equipo Argentino de Antropología Forense había identificado era el de su hermano. Cuerpo que había desaparecido bajo la última dictadura militar en la Argentina, y había estado sin identificar durante más de veinte años. Y mientras nosotros podemos tener a la muerte en un bolsillo, muchos autores de las ciencias sociales han sostenido que la muerte en la modernidad es rechazada, prohibida, alejada. Entre estos trabajos, el atrayente estudio del historiador Philippe Aries (2007) ha demostrado que en lo que él llama  “la civilización occidental” de la Modernidad, a diferencia de la Antigüedad o la Edad Media, los muertos y las prácticas mortuorias se tratan de alejar de la vida cotidiana. La muerte no es organizada ya por las viejas costumbres,  no se espera sino que se evita. Y de tanto miedo que le tenemos, en palabras de Aries, no la queremos nombrar. En la Modernidad, la manipulación de los cuerpos y los muertos no está ya en manos de familiares como antaño, sino de los médicos y de las empresas fúnebres. Esperamos a la muerte en el hospital y no en nuestra cama. Los niños no están presentes en los rituales mortuorios, las prácticas tradicionales se rechazan y se consideran innecesarias; la continuidad de los ritos es solo aparente. La muerte actual no es ni familiar ni cercana,  no es  “domesticada” ni “propia”. Es ajena, prohibida y lejana.  Sin embargo, como intentaré demostrar a continuación, en nuestra sociedad actual también queremos darle a la muerte un lugar en nuestra casa.
  • La cita de Hugo no intenta de ninguna manera refutar el dedicado y sugerente trabajo del historiador, ya que no fue su intención  dedicar tiempo a la diversidad de muertes y sus sentidos otorgados en una misma sociedad, sino hacer un estudio que muestre los cambios a través del tiempo. Pero sí me interesa resaltar que comunidades aborígenes de la Argentina actual, diversidades religiosas, comunidades de familiares que sufrieron la muerte violenta de sus seres queridos, la muerte en la guerra o las desapariciones del gobierno dictatorial argentino, todos ellos nos llaman la atención sobre las formas en que la muerte forma parte de la vida cotidiana de los vivos. Y en la mayoría de estos casos, si la muerte no se enfrenta cara a cara por la ausencia del cuerpo, es desesperadamente buscada. Si nos detenemos en las muertes violentas y extraordinarias, las nuevas formas de enfrentarla, se vuelven habituales, resignificándose las concepciones nativas tradicionales. Cuando falta el cuerpo, las prácticas como el velatorio que requieren su presencia, se vuelven esenciales, indispensables, casi irremplazables. Quienes acostumbraban a cremar los cuerpos por tradición, pueden llegar a rechazar la cremación cuando recuperan el cuerpo de su familiar después de muchos años. El horror de la muerte violenta, y el cuerpo torturado, destrozado, o pulverizado, vuelve a la muerte natural el más sublime de los deseos. Las prácticas de duelo y luto se entienden como legítimas y necesarias. La manipulación de los cuerpos y los muertos no están en las manos de los enfermeros y profesionales de las empresas funerarias. En el caso de las masacres y genocidios, la administración de la muerte empieza con el ocultamiento de los cadáveres, o por el contrario, con la exhibición de los cuerpos mutilados por parte de sus perpetuadores. Luego, la manipulación se reconvierte con los aportes de la medicina legal o el trabajo de los antropólogos que encuentran-descubren-identifican cuerpos. Y en todos los casos, la centralidad de las prácticas mortuorias gira en torno a las disputas o sentidos otorgados a los cuerpos muertos por parte de los familiares, los testigos sobrevivientes, los activistas que fueron víctimas o lo devotos seguidores de las santificaciones populares. Las prácticas tradicionales se adaptan a las situaciones específicas y las muertes injustas no dejan de ser el centro a través del cual los vivos organizan sus actividades cotidianas.
  • Dentro del gran abanico de muertes violentas, los genocidios ocurridos en el siglo XX nos han traído una forma particular de acercamiento a la muerte. Por un lado, los muertos del genocidio como en las muertes violentas en general, hacen convertir a los muertos en muertos sagrados, y muchas veces se sienten seres omnipresentes que se manifiestan de las más diversas formas.  Y como dice Ugur Ümit Üngör, los activistas que fueron víctimas muchas veces transforman su historia en sagrada también, tienen “inmunidad moral”, convierten el recuerdo de su genocidio en una religión, y las visitas a los campos de concentración devienen en peregrinaciones (2011:12). Por otro lado, el genocidio resignifica lo que muchos autores llamaron la muerte temida en una indignación hacia la crueldad y a la muerte injusta. El problema no es ya tener que enfrentarse a la muerte. El problema es enfrentarse a la crueldad de la muerte, su arbitrariedad y magnitud. El sentimiento de temor a la muerte puede devenir en temor a las espadas decapitando los tulipanes. ¿O no nos dice Paul Celan que así crecen en Alemania los tulipanes? Y el temor a la muerte puede devenir en el temor al trazo más largo de la tortura, parafraseando a Norbet Elias (1989) a la verdadera “soledad de los moribundos”,  la oscuridad, antes siquiera de cerrar los ojos.
  • Y nos dice Aries, también, que  la “muerte domesticada”, a diferencia de la muerte en la modernidad, es una ceremonia pública y organizada. Pero la rememoración de las masacres y genocidios, resulta en una reactualización de la muerte, que se vuelve pública y organizada también. De la misma manera se realizan prácticas particulares para conservar la identidad y memoria de los muertos. Y los niños también comparten espacios con la muerte. Realizan actividades en los ex centros clandestinos de detención, como en la ex “ESMA”, o visitan junto a sus padres los campos de concentración nazis. En nuestra modernidad los rituales tienen sus formas y gestos específicos, hay un “saber como” comportarse ante esta muerte. La injusticia vuelve a la muerte pública y lo privado, lo individual, se ve rodeado por lo social. Las representaciones de las masacres invaden nuestro espacio personal. Los lamentos y las emociones que suelen hacerse en privado se expresan en manifestaciones, reclamos y rituales colectivos. Las broncas, los llantos, los procesos de duelo, y esas experiencias misteriosas, irracionales, que  “no se suelen contar”, son compartidas a los antropólogos y sociólogos en las entrevistas. Entonces la muerte es cercana, ni siquiera la ajena, es ajena. Y la claridad de su presencia depende de la magnitud de los intercambios.
  • Daniel Feierstein sostiene que el genocidio, como práctica social, intentó el aniquilamiento de grupos humanos como modo de destrucción de las relaciones sociales (2014). Pero Hugo tenía en el bolsillo  los huesos de su hermano. Y si la muerte se puede llevar en un bolsillo, tal vez la lógica del aniquilamiento se pueda contrarrestar después de la masacre. Las prácticas rituales sobre los cuerpos mutilados,  la inmensidad de los cementerios, los cenotafios sin cuerpos, las identificaciones, los “papeles burocráticos” que reconfiguran la identidad de la persona y de sus familiares, la fluida relación entre el investigador y sus interlocutores, todas son prácticas que activan y legitiman los lazos entre los vivos y los muertos. Porque después del terror, también queremos acunar la muerte. Y porque tal vez las prácticas mortuorias pueden narrar lo indescriptible después de Auschwitz, (como la poesía de Paul Celan)  podríamos aceptar el hecho de que  la muerte forma parte de la vida; que los muertos y los cuerpos siempre tienen nuestra peculiar atención, y que las manipulaciones y representaciones sobre ellos, significan más de lo que podemos imaginar.

Bibliografía

Aries, P. (2007). Morir en occidente, desde la edad media hasta nuestros días. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.

Elías, N. (1989). La soledad de los moribundos. México, FCE

Feierstein, D. (2014). El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina. Buenos Aires, FCE.

Ümit Üngör, U. (2011). “Estudio sobre violencia masiva: obstáculos, problemas y promesas”. En Revista de Estudios sobre Genocidio. Volumen 6, Buenos Aires, Universidad Nacional de Tres de Febrero.


[1] Hugo Argente, entrevista personal, 17/11/2006.