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Camila Maulen Rebolledo

La antropología (o más bien la arqueología, pero eso ya no es asunto) ha estado presente a lo largo de mis 21 años. Buscando fósiles en Baños Morales con mi familia, o a mis 8 años en el Cajón del Maipo, cuando mi tío encontró una flecha—punta de proyectil me corregirían luego— la que, apenas me la acerca para que la mire, entre muchos ojos fascinados por el hallazgo, sentí la enorme e imperdonable necesidad de lanzarla de vuelta al río.

Entre risas y verdades, todos dicen que ese fue el momento decidor para estudiar lo que estudio. Ahora ad-portas de licenciarme como antropóloga, cursando mi cuarto año de la carrera, también encontré mi elemento decidor para el quehacer antropológico. Solo había que mirar hacia atrás, hacia la memoria.

El viaje no es tan largo y las heridas aún no cierran. Así como el fósil o la flecha son indicadores de lo que nos antecede, los pasos aun tocando mil años este sitio no borrarán la memoria de los que aquí cayeron. Y una antropología de y por los Derechos Humanos es a lo que me aferro, abordándola desde la muerte misma, lo simbólico, lo ritual y la memoria.

 

La vida llena de hallazgos y de encuentros me hizo toparme con este Fondecyt, que recoge las experiencias de los familiares de Detenidos Desaparecidos en Chile tras la Dictadura Cívico Militar (1973-1990), del cual participo como becaria y tesista, investigando acerca de las representaciones sociales en los entierros del Patio 29 en torno a la vida, la muerte y la marginalidad, durante los años 1953 y 1981.