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Sobre Nubia, y “Una mujer en Villa Grimaldi”

Columna de Laura Panizo, publicada en The Clinic

“Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él”.

“Yo no puedo leer este libro. Soy cobarde, no me atrevo aún a abrirlo y leer lo que está ahí escrito, a pesar de que han pasado más de cuarenta años de los que en Una Mujer en Villa Grimaldi se cuenta”. Así empieza la edición 2018 del libroque Betzie Jaramillo no había podido leer. No había podido porque la tortura y el exterminio en la dictadura de Pinochet había cambiado su vida para siempre. Cambió su vida, porque Betzie, es hija de Nubia Becker. Y Nubia Becker es esa mujer de Villa Grimaldi.

Leí esas íntimas palabras de Betzie y dudé sobre avanzar con la lectura. Sentía temor en hacerlo. Lo sentía porque sabía que en el libro iba a encontrar dolor por sobre todas las cosas. Dolor y sufrimiento iban a ser inevitablemente los estados que debía atravesar la lectura. Entonces decidí, antes de continuar, volver a la imagen de Nubia cuando la conocí. Hicimos un conversatorio organizado por los chicos del Museo de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi. Fui a contar mi trayectoria de investigación sobre la experiencia de familiares de desaparecidos bajo la última dictadura militar en la Argentina y las preguntas e hipótesis que guiaban el proyecto de investigación en Chile. Fui muy agradecida por estar escoltada de Paloma, Nico, y Mati, los estudiantes que desde que se unieron al proyecto han acompañado en este difícil y enriquecedor recorrido. Estábamos los cuatro, muy inquietados por cómo podía resultar esta experiencia de “conversar” con familiares de desaparecidos y ex detenidos. Y el resultado para nosotros fue tan asombroso como alentador. No podía haber sucedido en un contexto mejor. Con el exquisito desayuno que prepararon los chicos del museo. Con la cálida y sumamente grata presencia de familiares y sobrevivientes que compartieron sus experiencias, se conocieron, re conocieron, lloraron y se rieron también. Pero sobre todo, el encuentro había sido en ese espacio simbólicamente denso: el lugar de la tortura y exterminio. El lugar de los temblores, los gritos, los dolores, los miedos, la muerte y la supervivencia.

Nubia estaba ahí, en el conversatorio.  Recuerdo cuando la vi llegar, esbelta y con un caminar pausado. Se sentó silenciosamente para escuchar y compartir. Y con la misma delicadeza y armonía de su cuerpo, se fue. Recuerdo que su figura se fue perdiendo lentamente en ese espacio habitado. Tiempo después con Nubia tuvimos una conversación desde nuestras computadoras. Recordarla a Nubia en Villa Grimaldi y recordarla después de nuestra charla me dio muchas fuerzas para continuar con la lectura del libro. Decidí avanzar a pesar del temor porque Nubia estaba ahí, tenía todavía su lugar en el mundo. Había sobrevivido a las detenciones y las torturas y había sobrevivido a los años que le siguieron a esa experiencia traumática. Nubia había sobrevivido y escribió su historia, editada tres veces bajo un seudónimo. Pero finalmente, en el 2018, aparece la primera edición en la que sale del anonimato. Si en palabras de la autora, el amor fue lo que hizo que ella se ofreciera a la vida cuando no quería otra cosa que morir para dejar de sufrir, me di cuenta de que su escritura fue una vía adecuada también para renacer del sufrimiento en vez de abandonarse en él.

Como dice Raúl Zurita, en el prólogo del libro, la escritura de Nubia es una prueba irrefutable, de que a pesar de la “portentosidad del mal”, de lo inconsolable de la muerte y el asesinato, de lo asfixiante de la tortura, la “fragilidad de nuestros cuerpos golpeados” es “indestructible” porque es “solidaria de todas las fragilidades de esta tierra”. La escritura de Nubia, da cuenta de la capacidad de aquello que llamamos “humano”, dice Zurita, la capacidad de levantar en medio del suplicio y la muerte las increíbles imágenes del amor. Este miércoles un día para recordar y resistir la violencia contra la mujer. Y por eso, nada mejor que dar cuenta, a través del libro, de los comportamientos “crueles” del hombre torturador “excitado por la violencia”.  Nada mejor para mí, que escribir en este día sobre este libro. La escritura desde una mujer y su cuerpo torturado y violentado. La escritura después de las situaciones límite, la escritura del trauma, del sacrificio y la resistencia. La escritura a través de la cual Nubia desentierra la humanidad del pozo en el cual se la había sumergido. La levanta tirando del hilo de la ternura de ese “hombre milagroso”, Osvaldo, de quien se aferró en el encierro y se aferra hasta el día de hoy. Nubia saca a la humanidad del pozo y su escritura nos demuestra una vez más que sí puede haber poesía después de Auschwitz. Porque ella, esbelta, silenciosa, dulce, delicada y mujer, se transformó en poema, para poder caminar después de la tortura por el parque de Villa Grimaldi. Nubia transformó el dolor, más allá del sufrimiento y, como todo poema, llegó al conversatorio con extraordinaria elocuencia y se fue de él dejando en mí, múltiples sensaciones.

* Laura Marina Panizo es investigadora del CONICET (IDAES-Argentina), directora del proyecto FONDECYT “Cuerpos ausentes/cuerpos presentes” (https://lamuerteyelmorir.com/, Escuela de Antropología, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile) y docente colaboradora del Magíster en Antropologías Latinoamericanas de la Universidad Alberto Hurtado  (Chile).

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Tejiendo redes: Mujeres, rondas y nudos de resistencia frente a la violencia en familiares y víctimas de la represión

Por Camila I. Cataldo, Camila Maulén R., Laura Panizo, Nicolás Valenzuela, Nicolás Riquelme, Matías Restelli, Paloma Vargas y Paulo Cuadra del Proyecto de Investigación “Cuerpos ausentes, cuerpos presentes”, Escuela de Antropología Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Publicado en Le Monde Diplomatique

En cada reunión que tenemos como equipo de investigación nos preguntamos por la forma adecuada de abordar la violencia. Cómo preguntar, acompañar, “atender”, entender y producir conocimiento cuando lo que atraviesa cada palabra, cada gesto, cada intervención artística, cada política de las memorias, cada manifestación, cada ritual de recuperación de cuerpo, es el sentir de la experiencia traumática. Nos preguntamos cómo seguir, cuando ya estamos en el camino, porque cuando tratamos de conocer y entender las experiencias de los familiares de los detenidos desaparecidos de la dictadura de Pinochet, sentimos que el dolor mueve las agujas del reloj de cada encuentro. ¿Para qué? También nos preguntamos ¿De qué sirve llegar, entrar a lo sensible, conocer, describir, interpretar si no generamos al menos un puente entre sus historias, las otras y las nuestras? 

Este 25 de noviembre se conmemora un nuevo aniversario del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En este pequeño homenaje intentamos responder algunos de esos por qué y para qué. Porque hoy el puente, que lleva de cuerpo en cuerpo dolores arrastrados, pretende proyectar la sensibilidad acumulada en el trabajo de campo para que, las que “se juegan” como nos dijo Nubia Becker (una de las mujeres víctimas de tortura y vejaciones en los centros clandestinos de detención), lo sigan haciendo, sabiendo que “son muchas” en “esta ronda”. Muchas con conciencia política y voluntad de acción, que a pesar de las diferencias sociales interpelan el negacionismo y la impunidad. Muchas son las que resignifican la historia familiar de las víctimas del Estado, permaneciendo alejadas de la conformidad y la resignación.

El 25 de noviembre se conmemora la fecha en que las hermanas Mirabal fueron asesinadas por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. El motivo de esta conmemoración comienza reconociendo el carácter político de la violencia contra la mujer ante el aleccionamiento de las tres hermanas Mirabal, quienes eran activistas sociales. Las nombramos a ellas y vienen las imágenes de las ejecutadas, ex detenidas, esposas, hermanas, hijas y madres de desaparecidos y ejecutados de la dictadura de Pinochet.

Pensamos en ellas porque en Chile, la dictadura de Pinochet aleccionó a las mujeres activistas sociales y militantes bajo la tortura sexual, la violación, la ejecución y la desaparición forzada. Un tipo de violencia específica, sistemática, dirigida e intencionada: la violencia política sexual contra la mujer disidente, la que contravino la norma de la mujer-doméstica y se convirtió en mujer-política, mujer-comandanta, mujer del pueblo. Mujer castigada, torturada por la dictadura. Mujer sobreviviente, presente.

Violencia y violación de la integridad corporal y sexualidad de las mujeres, dirigidas por agentes del Estado (especialmente la DINA) en los distintos centros clandestinos de Detención Selectiva (periodo 1974-1977), como Londres 38, Tres y Cuatro Álamos y la Venda Sexy o “la discoteca”. Este último el más doliente, donde la tortura sexual con perros amaestrados y violación por parte de los torturadores, también tuvieron rostro y nombre de mujer: Ingrid Olderock. Ella, siniestra, ex mayor de carabineros, se hizo conocida por la forma de torturar y violentar político-sexualmente a las prisioneras con su perro Volodia, entrenado para violar a las presas políticas.

Pensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunPensamos entonces en las presas políticas y hacemos puente con el castigo y la humillación hacia las madres y compañeras que buscaban a sus detenidos en las comisarías o centros de detención. Compartimos entonces el recuerdo de un hijo de un detenido desaparecido, que ahora adulto nos cuenta cuando de niño perdió a su madre por un día, en las intersecciones terroríficas de una comisaría. Llora con lágrimas de niño/adulto al relatar que esperaba aterrado y confundido a su madre, en soledad. Le tiembla la voz cuando cuenta que, después de muchos años, supo el porqué de tanta espera: “por preguntar” y “ser mujer” ella había recibido tortura y violencia sexual. Hilamos las historias con los hilos performativos del investigador y no hacemos más que reafirmar, que el Estado no sólo ha ejercido violencia, sino también ha generado una tradición de impunidad durante los 30 años de transición de una democracia cuestionable.

Traemos a ellos, nuestros interlocutores en el trabajo de campo, y recordamos las historias otras víctimas de público conocimiento: la de Lumi Videla, militante del MIR, cuyo cuerpo torturado fue arrojado a la embajada de Italia en noviembre de 1974; la de Marta Neira, detenida desaparecida por reivindicar los derechos sexuales y reproductivos con la promoción de la píldora anticonceptiva en la portada de la revista Ramona; la de Carmen Gloria Quintana, quien sufrió graves quemaduras tras ser rociada con gasolina por patrullas de militares en una protesta nacional contra la dictadura en 1986; la de la profesora militante del Partido Comunista, Marta Ugarte, a quien la prensa empresarial encubría su muerte llamando su asesinato un “crimen pasional”, mientras que su cuerpo hablaba de los terroríficos vuelos de la muerte. Todas ellas, mujeres activistas y militantes junto a quienes tomaron la “militancia de la búsqueda” verdad y justicia han sido de alguna y otra manera violentadas por agentes estatales e institucionales.

Hilamos “historias” y seguimos construyendo puentes, cuando leemos las duras palabras de Nubia Becker en su libro[1] cuando describe a los guardias en su detención clandestina. Los relata riéndose brutal y cruelmente de ella al verla desnuda, débil, totalmente manipulada, mientras le chorreaban entre sus piernas la sangre de su menstruación. No lo vivimos nosotros “en carne propia” pero somos capaces de evocar esa imagen de piernas de mujer. Hasta podemos, las mujeres del proyecto, sentir la humedad entre nuestras propias piernas, tras las vendas de la historia en el pasillo de la humillación. Nos empoderamos entonces con esa imagen de mujer, golpeada, violentada, despreciada, pero sosteniéndose de ese hilo que teje la ronda.

Y entonces, al tiempo que retenemos esa y tantas imágenes que no podemos soltar, engrandecemos y visualizamos la lista de las múltiples formas en que el Estado ejerció una violencia especifica contra las mujeres en su condición de mujer. Reproducimos la lista con imágenes y experiencias y nos volvemos a preguntar, cómo entrar y salir de la violencia. Y seguimos entonces generando puentes.

Lo hacemos porque hoy, la misma violencia que denunció el movimiento feminista latinoamericano de la década de los ochenta y que llevó a reivindicar el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer en la ONU, se refleja en los motores del MEMCH-83 con la demanda contra la precarización de la vida tras la crisis económica de 1982 y la exigencia de una democracia en Chile. A esto último se sumó la exigencia a la democracia desde las casas, aludiendo al término de la violencia machista en ámbitos privados.

La lucha contra la violencia estructural que visibilizó el movimiento internacional de mujeres con la performance “Un violador en tu camino” del colectivo Las Tesis, en noviembre del año pasado, hace referencia a la discusión contra los discursos culturales de la violencia machista, la cual no se traduce solamente con la violencia individualizada, sino también a la violencia estatal con represión, torturas, lesiones y asesinatos hacia activistas sociales; la precarización de las condiciones de vida con la inestabilidad laboral, los bajos salarios y la crisis de los cuidados junto con la permanente cifra de femicidios y la violencia interior del hogar que se prolonga como una respuesta de parte de este sistema de doble explotación y opresión.

Tomamos así, el dolor de nuestro registro etnográfico y buscamos reproducir la consigna “No estamos todas, faltan las asesinadas”. Alzamos en este texto, entonces, las demandas de medidas de protección por parte del Estado que hoy no son suficientes ya que van aumentando los casos de femicidios consumados y frustrados. Seguimos haciendo puentes porque no dejamos de preguntarnos cómo acompañar, “atender” y producir conocimiento, cuando lo que atraviesa cada registro es el sentir de las experiencias traumáticas. En Chile, la demanda por la liberación de las y los presos políticos nuevamente cae en manos de familiares y activistas, muchas de ellas son las madres quienes vieron por última vez salir a sus hijos a las calles el 18 de octubre del 2019. Ellas, a causa de la persecución sistemática hacia la protesta y lucha social, y de la privación de la libertad, son distorsionadas de su flujo cotidiano dando origen a un cambio en el ambiente familiar. Nuevamente con el ejercicio ilegítimo del poder hegemónico, como consecuencia del arresto, el Estado somete a un amplio sector de la población y se debe asumir la adaptación a un proceso condensado de pena, rabia y de contención en el que las actividades del hogar se transforman y suscitan bajo el sufrimiento, la angustia y por, sobre todo, la esperanza.

Nos preguntamos por la violencia y damos cuenta de que la intención de quebrar, romper, fraccionar, las identidades y comunidades genera por el contrario la construcción de nuevos lazos, nuevas banderas de lucha, que se asientan con fines de corromper las condenas y cadenas de la prisión, la tortura y la muerte. Entonces nos sostenemos en la red de relaciones para seguir generando nudos de resistencia que tiendan puentes y las nombramos a todas ellas para abrazarlas en la misma ronda. Las traemos aquí para que sigan tejiendo el movimiento colectivo de sangre, memoria y amor, ese de hacerse fuerte por y a pesar de la silla vacía, el clavel rojo y la humedad entre las piernas.

[1] Nubia Becker, “Una Mujer en Villa Grimaldi”, El Garaje Ediciones, 2020, Madrid.

Agradecemos la valiosa lectura de Francisca Fernández antes de su publicación.